(CUENTO)

No podía
negarlo, la fiesta fue digna de la ocasión, pero toda la noche estuvo esperando
ese momento de soledad y tranquilidad para pensar. Llegó a su lujoso
apartamento, se despojó de su blusa, sirvió una copa de vino, puso algo de
música y se recostó en el sofá. Primero repasó los últimos hechos de la noche,
la celebración de su onomástico numero treinta contó con todos los lujos a los
que podría aspirar alguien de su condición, el elegante salón de un club social,
valiosos obsequios que voluminosos en su mayoría tuvo que dejar a guardar,
hombres apuestos y distinguidos haciendo lo posible por conquistarla, ofertas
de trabajo tampoco le faltaban, y en medio de sus riquezas, la amistad era otra
con la que también contaba. Pero el amor, oh, ese bribón que se oculta en todas
las preguntas sin respuesta que sobre él se formulan; ese enigma que pocos
hombres se atreven a intentar esclarecer; ese compañero tan indescifrable como
la muerte, ese que se empañaba en ocupar su sitial como lo más difícil de
alcanzar.
Sus
pensamientos se sumergían en el océano de las memorias, aquellas que al ser
tantas nos podrían ahogar, a menos claro que, sean de belleza tal como para
hacernos navegar de nuevo por sus aguas. Veía pasar frente a sus ojos los
amoríos que le acompañaron desde la infancia, los amoríos que se hicieron historia
escrita, a veces en la piel y a veces en lo que solo el alma abarca. Los
suspiros fueron liberados cuando uno a uno esos amores iban siendo recordados;
el primer hombre deseado, aunque la edad de éste fuera tal que le hiciera
parecer pecado; el primer beso depositado en los labios, y el primer beso luego
como antesala a la primera vez del amor que se practica con el cuerpo; el amor
que debió no serlo y el amor que supuso eterno; todos y cada uno de los amores
que, así como llegaron también se fueron.
Pero ésta vez,
al devolver la cinta y ver la película de su pasado, se detuvo a contemplar el
mensaje cifrado, oculto en los ojos mismos que suelen ignorarlo. Se fijó en él,
el amor que siempre estaba y al que su atención jamás prestaba. Se detuvo a
sentirlo en cada uno de aquellos momentos ya extintos, se detuvo a vivirlo aún
a costa de las tantas muertes a las que lo expuso, y comprendió, por primera
vez, que ese amor al que alguna vez creyó la más grande insensatez, ese mismo
amor, fiel y silencioso, la llenaba.
Sus
pensamientos entonces se dirigieron hacia él, así como el agua que es desviada
de su curso por un canal que quizás el hombre o la naturaleza dispusieron.
Volvió a verlo como lo vio todas aquellas veces negándose a reconocerlo, pero
le vio distinto, le vio como siempre y sin saberlo querían hacerlo sus ojos
pidiéndolo a gritos. Y de repente, casi como si le hubiera invocado con el
pensamiento, supo que él no estaba lejos. Alguna vez, presa de la más infinita
de las ignorancias le dijo que se marchara, pero ahora, con el arrepentimiento
que traen los años se propuso encontrarlo y reconquistarlo, le haría saber que
había visto la verdad. Por primera vez en tanto tiempo se dirigió a la cama sin
cerrar la ventana, quería permitir que el viento jugara con sus cortinas, y si
ocurría que él aún cruzara por allí, que esa ventana abierta fuera su forma de
invitarlo.
A la mañana
siguiente al despertar, vio distinto el cielo. De qué manera tan hermosa
perciben al mundo los sentidos cuando tenemos claro lo que sentimos. Se dispuso
a su rutina diaria, pero con la gran diferencia de que ésta vez en todo lo que
hacía, él también estaba. Eligió su ropa del día mientras cantaba, ¡sí, cantaba
como si la escucharan! Se duchó dejando la puerta del baño abierta, como
esperando que él llegara y la encontrará dedicada a amarlo con fantasías en las
que el agua eran sus manos recorriéndola con caricias.
Al llegar al
trabajo todos la vieron diferente, irradiaba junto a su belleza una dicha
distinta, hicieron comentarios bromistas acerca de su nueva edad y todo lo
bueno que consigo traía, ella asentía con su sonrisa pero callaba el a qué se
debía. Una vez en su oficina dio orden a su secretaria de no interrumpirle con
llamadas desde tan temprano en el día, los clientes podían esperar, ella lo
había hecho durante tantos años. Por primera vez en mucho tiempo se sentó al
escritorio sin pensar en juntas, balances o estrategias de mercado. Poco le
importaba en ese momento el valor alcanzado por el dólar, la proyección
comercial del euro o el desplome y repunte de las acciones. Se concentró tan
sólo en una hoja de papel en la que cual recipiente vertió todo el contenido de
sus silencios.
Al final del
día no quiso acompañar a sus amigas a ningún evento, sólo ansiaba volver a casa
y terminar de preparar su vida para él, ésta vez quería ser digna de su
confianza, no más fiestas sin sentido, no más romances pasajeros, no más
despilfarro de dinero y tiempo. Llegó a su hogar y se preparó un café, sirvió
dos tazas como teniendo la esperanza de que él llegara. Dedicó las horas de la
noche a escribir un monologo íntimo, después se retiró a su cama dejando el
cuaderno abierto en sus ultimas paginas como teniendo la esperanza de que él
pudiera leerlas durante su vigilia.
Los días fueron
pasando pero él no aparecía, sus deseos de llamarlo crecían pero no tenía un
número telefónico al cual hacerlo, ella misma era el único rastro de su paradero.
Con impotencia veía desfilar frente a sí los días, pero cada pequeño momento de
soledad lo destinaba a llamarle por su nombre, con la esperanza de que su voz
traspasara los muros de soledad edificados por la ausencia, con la esperanza de
que su voz pudiera volar tan alto como en aquel momento lo hacían sus sueños,
con la esperanza de que él quisiera oírla.
Su ritual
diario se convirtió en invitarle una taza de café que permanecía intacta hasta
el amanecer siguiente, cuando ella misma lo bebía; escribirle algo cada día y
después leerlo en voz alta con todo el amor que la invadía; rogar a Dios por
aquel encuentro con toda la fuerza y fe que brotaban de su pecho. Y cada noche
justo antes de cerrar los ojos, dedicaba una ultima mirada al cuaderno abierto y
la taza de café servida.
Transcurrieron
los meses pero él no dio señales de vida. Se volvieron frecuentes las lagrimas
en sus ojos, lloraba arrepentida del error que cometió algún día, en medio de
su llanto le pedía perdón y le juraba que si volvía ya jamás le fallaría, lo
hacía con la voz tan fuerte y con el corazón en carne viva, con la certeza de
que él la oía, sabía que lo hacía, pero debía estar guardando silencio para
castigarla por su despertar tardío. Sus noches se volvieron más largas que toda
su vida transcurrida.
Un día despertó
y se dirigió a la mesa, tomó la taza fría y la dirigió a sus labios con su ya
habitual rutina, pero la taza estaba vacía. Poco faltó para dejarla escapar de
entre sus manos, se repuso al sobre salto inicial y llena de emoción recorrió
el apartamento con la mirada, se dirigió al balcón y allí le encontró, aquel
magnifico ser al que alguna vez creyó un ingenuo sueño de su infancia, la
invención absurda en la mente de una niña era tan real como ella. La silueta altiva
que contemplaba la ciudad giró para permitirle a sus miradas encontrarse, y al
hacerlo, la mujer más feliz del mundo corrió a abrazarle. Él sonrió y le
preguntó si estaba segura del paso que seguía, un beso capaz de trascender lo etéreo
fue lo que obtuvo por respuesta. Flotó hasta quedar en pie sobre el borde del
balcón y le tendió su mano, ella la recibió mientras escuchaba acelerados los
latidos de su corazón, cerró sus ojos y se precipitó al vacío con su enamorado,
él extendió sus alas remontando el vuelo mientras ella sonreía de nuevo como
una niña, y sus siluetas desaparecieron en medio del horizonte, allá a lo
lejos.