lunes, 15 de febrero de 2021

MI DULCE COMPAÑIA

                                                                 (CUENTO)




No podía negarlo, la fiesta fue digna de la ocasión, pero toda la noche estuvo esperando ese momento de soledad y tranquilidad para pensar. Llegó a su lujoso apartamento, se despojó de su blusa, sirvió una copa de vino, puso algo de música y se recostó en el sofá. Primero repasó los últimos hechos de la noche, la celebración de su onomástico numero treinta contó con todos los lujos a los que podría aspirar alguien de su condición, el elegante salón de un club social, valiosos obsequios que voluminosos en su mayoría tuvo que dejar a guardar, hombres apuestos y distinguidos haciendo lo posible por conquistarla, ofertas de trabajo tampoco le faltaban, y en medio de sus riquezas, la amistad era otra con la que también contaba. Pero el amor, oh, ese bribón que se oculta en todas las preguntas sin respuesta que sobre él se formulan; ese enigma que pocos hombres se atreven a intentar esclarecer; ese compañero tan indescifrable como la muerte, ese que se empañaba en ocupar su sitial como lo más difícil de alcanzar.

Sus pensamientos se sumergían en el océano de las memorias, aquellas que al ser tantas nos podrían ahogar, a menos claro que, sean de belleza tal como para hacernos navegar de nuevo por sus aguas. Veía pasar frente a sus ojos los amoríos que le acompañaron desde la infancia, los amoríos que se hicieron historia escrita, a veces en la piel y a veces en lo que solo el alma abarca. Los suspiros fueron liberados cuando uno a uno esos amores iban siendo recordados; el primer hombre deseado, aunque la edad de éste fuera tal que le hiciera parecer pecado; el primer beso depositado en los labios, y el primer beso luego como antesala a la primera vez del amor que se practica con el cuerpo; el amor que debió no serlo y el amor que supuso eterno; todos y cada uno de los amores que, así como llegaron también se fueron.

Pero ésta vez, al devolver la cinta y ver la película de su pasado, se detuvo a contemplar el mensaje cifrado, oculto en los ojos mismos que suelen ignorarlo. Se fijó en él, el amor que siempre estaba y al que su atención jamás prestaba. Se detuvo a sentirlo en cada uno de aquellos momentos ya extintos, se detuvo a vivirlo aún a costa de las tantas muertes a las que lo expuso, y comprendió, por primera vez, que ese amor al que alguna vez creyó la más grande insensatez, ese mismo amor, fiel y silencioso, la llenaba.

Sus pensamientos entonces se dirigieron hacia él, así como el agua que es desviada de su curso por un canal que quizás el hombre o la naturaleza dispusieron. Volvió a verlo como lo vio todas aquellas veces negándose a reconocerlo, pero le vio distinto, le vio como siempre y sin saberlo querían hacerlo sus ojos pidiéndolo a gritos. Y de repente, casi como si le hubiera invocado con el pensamiento, supo que él no estaba lejos. Alguna vez, presa de la más infinita de las ignorancias le dijo que se marchara, pero ahora, con el arrepentimiento que traen los años se propuso encontrarlo y reconquistarlo, le haría saber que había visto la verdad. Por primera vez en tanto tiempo se dirigió a la cama sin cerrar la ventana, quería permitir que el viento jugara con sus cortinas, y si ocurría que él aún cruzara por allí, que esa ventana abierta fuera su forma de invitarlo.

A la mañana siguiente al despertar, vio distinto el cielo. De qué manera tan hermosa perciben al mundo los sentidos cuando tenemos claro lo que sentimos. Se dispuso a su rutina diaria, pero con la gran diferencia de que ésta vez en todo lo que hacía, él también estaba. Eligió su ropa del día mientras cantaba, ¡sí, cantaba como si la escucharan! Se duchó dejando la puerta del baño abierta, como esperando que él llegara y la encontrará dedicada a amarlo con fantasías en las que el agua eran sus manos recorriéndola con caricias.

Al llegar al trabajo todos la vieron diferente, irradiaba junto a su belleza una dicha distinta, hicieron comentarios bromistas acerca de su nueva edad y todo lo bueno que consigo traía, ella asentía con su sonrisa pero callaba el a qué se debía. Una vez en su oficina dio orden a su secretaria de no interrumpirle con llamadas desde tan temprano en el día, los clientes podían esperar, ella lo había hecho durante tantos años. Por primera vez en mucho tiempo se sentó al escritorio sin pensar en juntas, balances o estrategias de mercado. Poco le importaba en ese momento el valor alcanzado por el dólar, la proyección comercial del euro o el desplome y repunte de las acciones. Se concentró tan sólo en una hoja de papel en la que cual recipiente vertió todo el contenido de sus silencios.

Al final del día no quiso acompañar a sus amigas a ningún evento, sólo ansiaba volver a casa y terminar de preparar su vida para él, ésta vez quería ser digna de su confianza, no más fiestas sin sentido, no más romances pasajeros, no más despilfarro de dinero y tiempo. Llegó a su hogar y se preparó un café, sirvió dos tazas como teniendo la esperanza de que él llegara. Dedicó las horas de la noche a escribir un monologo íntimo, después se retiró a su cama dejando el cuaderno abierto en sus ultimas paginas como teniendo la esperanza de que él pudiera leerlas durante su vigilia.

Los días fueron pasando pero él no aparecía, sus deseos de llamarlo crecían pero no tenía un número telefónico al cual hacerlo, ella misma era el único rastro de su paradero. Con impotencia veía desfilar frente a sí los días, pero cada pequeño momento de soledad lo destinaba a llamarle por su nombre, con la esperanza de que su voz traspasara los muros de soledad edificados por la ausencia, con la esperanza de que su voz pudiera volar tan alto como en aquel momento lo hacían sus sueños, con la esperanza de que él quisiera oírla.

Su ritual diario se convirtió en invitarle una taza de café que permanecía intacta hasta el amanecer siguiente, cuando ella misma lo bebía; escribirle algo cada día y después leerlo en voz alta con todo el amor que la invadía; rogar a Dios por aquel encuentro con toda la fuerza y fe que brotaban de su pecho. Y cada noche justo antes de cerrar los ojos, dedicaba una ultima mirada al cuaderno abierto y la taza de café servida.

Transcurrieron los meses pero él no dio señales de vida. Se volvieron frecuentes las lagrimas en sus ojos, lloraba arrepentida del error que cometió algún día, en medio de su llanto le pedía perdón y le juraba que si volvía ya jamás le fallaría, lo hacía con la voz tan fuerte y con el corazón en carne viva, con la certeza de que él la oía, sabía que lo hacía, pero debía estar guardando silencio para castigarla por su despertar tardío. Sus noches se volvieron más largas que toda su vida transcurrida.

Un día despertó y se dirigió a la mesa, tomó la taza fría y la dirigió a sus labios con su ya habitual rutina, pero la taza estaba vacía. Poco faltó para dejarla escapar de entre sus manos, se repuso al sobre salto inicial y llena de emoción recorrió el apartamento con la mirada, se dirigió al balcón y allí le encontró, aquel magnifico ser al que alguna vez creyó un ingenuo sueño de su infancia, la invención absurda en la mente de una niña era tan real como ella. La silueta altiva que contemplaba la ciudad giró para permitirle a sus miradas encontrarse, y al hacerlo, la mujer más feliz del mundo corrió a abrazarle. Él sonrió y le preguntó si estaba segura del paso que seguía, un beso capaz de trascender lo etéreo fue lo que obtuvo por respuesta. Flotó hasta quedar en pie sobre el borde del balcón y le tendió su mano, ella la recibió mientras escuchaba acelerados los latidos de su corazón, cerró sus ojos y se precipitó al vacío con su enamorado, él extendió sus alas remontando el vuelo mientras ella sonreía de nuevo como una niña, y sus siluetas desaparecieron en medio del horizonte, allá a lo lejos.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

LA ESTRATEGIA DEL DIABLO

 

                                                        (CUENTO)


Era un muy caluroso y típico día en el infierno. Se escuchaban los gritos de las almas condenadas y las risas de los demonios encargados de impartir las torturas.

El diablo en tanto descansaba en actitud muy placida. De repente se acercan a él varios de sus discípulos, unos demonios encargados de ir a reclutar almas a la superficie.

 --- Su Malignisima Presencia, disculpe que vengamos a molestarlo.

--- ¿Qué ocurre demonios impertinentes, acaso no ven que ésta es mi hora de descanso?

--- Perdone su Oscura Majestad, pero es que necesitamos ponerlo al tanto de una situación que nos tiene preocupados.

--- Hablen pronto, ¡y más les vale que sea algo importante!

--- Le rogamos nos disculpe Bajeza Real, pero con todo respeto, estamos preocupados por el descuido en que últimamente tiene a la Tierra.

--- ¡¿A qué se refieren?! --- preguntó airado el diablo.

--- Por favor no se enfade, Oh Señor Oscuro, --- intervino asustado otro de los demonios --- pero es que en estos últimos tiempos usted ha dado demasiada tregua a los humanos, tanta que ahora encuentran varios caminos de fe con los cuales salvar sus almas, no alcanza a imaginarse la cantidad de nuevas religiones que han surgido para salvarse.

--- ¡Precisamente ignorantes! --- rugió --- ¿no se dan cuenta del excelente trabajo que estoy logrando?



lunes, 30 de noviembre de 2020

EL DIA MÁS FELIZ

 

                                                                   (CUENTO)


El joven alumno se encontraba arriba, en el escalón más alto del podio de los ganadores, su sonrisa brillaba como nunca y sus ojos irradiaban vida, suya era la gloria, y muy merecida.

Al descender hizo la respetuosa inclinación frente al maestro, y movido por la avasalladora alegría dejo aun lado los protocolos estrechando al anciano en fuerte abrazo.

--- Maestro, éste es el día más feliz de mi vida.

--- Me alegro por ti joven alumno.

--- Maestro, ¿Cuál ha sido el día más feliz de su vida?

--- Hoy.

--- ¡Muchas gracias Maestro! --- gritó el alumno mientras abrazaba de nuevo al maestro, ésta vez con más fuerza--- yo sabía que mis logros eran importantes para usted, pero nunca imagine que tanto.

Al día siguiente el alumno contaba a un compañero su anécdota con el maestro, pero su amigo se mostraba incrédulo. Entonces fueron donde el anciano y el alumno preguntó al maestro en presencia de su compañero.

--- Maestro, ¿Cuál ha sido el día más feliz de su vida?

--- Hoy.

--- Pero usted me dijo que el día más feliz fue el de ayer --- replicó el alumno avergonzado.

--- Y no mentí, el día más feliz siempre es hoy.

martes, 20 de octubre de 2020

AMANDA

 

                                                                 (CUENTO)


La gran mayoría de ustedes no han tenido la oportunidad de experimentar lo que yo he vivido con Amanda, lamentablemente dicho privilegio nos es reservado a una exclusiva minoría. Son muy pocos los hombres que podrían reunirse en un salón y que tengan en común el haber encontrado a la mujer de sus respectivas vidas. Algunos me contradecirán, pero me reafirmo, soy uno de esos pocos.
 
Amanda cambió mi vida, yo solía ser un hombre en extremo solitario, escaso de amigos, tanto en el trabajo como en el barrio. Al terminar mi jornada diaria me dirigía a casa y la televisión encendida era todo cuanto tenía por compañía, de manera que mi época más triste fue aquella en que toda la ciudad se vio sometida a un racionamiento de energía, me sentía el hombre más solitario e infeliz del mundo al no disponer del televisor durante las largas noches.
 
Pero por aquellos azares del destino que realmente lejanos están de ser fortuitas coincidencias, dichos apagones me abocaron a salir en busca de una actividad que me ayudase a atenuar mi miseria infinita. Por no tener un amigo al qué acudir en busca de charla y compañía, me di a la aventura de recorrer las calles céntricas de la ciudad, cosa poco recomendable por parte de las autoridades debido a los peligros ofrecidos por la oscuridad reinante. No obstante sabía ser muy cuidadoso de los lugares por los que marchaba, además descubrí para mi asombro que no eran pocas las personas amigas de salir a caminar durante la penumbra. Por otra parte, los dueños de establecimientos públicos, forzados a explotar su ingenio para no permitir que el racionamiento viera afectados sus negocios, ponían a disposición de la ciudadanía diversas promociones, las cuales resultaban supremamente atractivas por verse envueltas en esa aura de misterio que sólo la oscuridad de una noche verdadera sabe ofrecer. De tal manera comencé a frecuentar bares con música en vivo, encuentros de tertulia decorados con antiguos candelabros que evocaban la nostalgia de los años más románticos.
 
Fue durante una de aquellas reuniones cuando entablé conversación con un sujeto que resultó tener un sin número de afinidades conmigo. Nuestras soledades eran tan parecidas que por supuesto resultaron también evidentes las características mutuas de nuestras costumbres y poco tardaríamos en descubrir que éramos no menos exactos en la enferma repercusión que pesaba sobre nuestras almas debido a la timidez e inseguridades. Paradójicamente, el hecho de ambos ser tan poco abiertos a los demás fue lo que permitió sí serlo entre nosotros por completo.
 
La amistad creciente de nuestro encuentros, al principio semanales, y al poco tiempo diarios, le llevó a contarme sobre Amanda, una mujer que ocupaba su pensamiento desde los más lejanos años de su adolescencia. Me describió lo perfecta que sería para alguien como nosotros, pero que una vez más, por aquellas paradojas de la vida, el ser precisamente como éramos le había impedido acercarse a ella en todo éste tiempo, pese a tenerla tan cerca como la escasa distancia dictada por el valor necesario para invitarla a formar parte de algo más que su vida onírica.
 
La descripción que hizo de Amanda fue tan apasionada como poética que fácilmente pude hacerme una imagen suya en mi mente, por un breve pero mágico instante pude verla allí, sentada en frente mío. Con lágrimas en los ojos me juró estar seguro de que ella aguardaba a un hombre como él, aunque desgraciadamente no sabía cómo ser ese hombre, le faltaba valor para sucumbir a la necesidad satisfecha de ella. Entonces me rogó ayudarle, quería ser feliz y que ella también lo fuera, especialmente lo segundo, que lo fuera ella, y tenía el presentimiento de que conmigo podría serlo.
 
Preso de la ebriedad que habíamos alcanzado el día de su relato, le expliqué lo difícil que me sería estar con Amanda a sabiendas de que él mismo sería consumido por una sombra que le borraría por completo. Me replicó que por el contrario lo haría feliz, que nuestra inmediata empatía juraba a gritos la felicidad que Amanda encontraría. Llegados a dicho punto de la conversación no sería difícil obtener el testimonio de cualquier persona jurando con su mano sobre la Biblia, que un par de dementes tuvieron la desgracia, o la fortuna, de conocerse. Para nosotros era simplemente el destino mediando bondadosamente, ofreciendo al otro, un ser que le entendiera.
 
Era tanto y tan bien lo que conocía a aquella dama dueña de sus desvelos que me indicó todo lo necesario para hacerla sentir completa. Tuvimos reuniones diarias planeando y ahorrando lo necesario para traerla a nuestras vidas. Varios meses luego, poco más de un año lleno de esfuerzos, los labios de Amanda aferrados a los míos daban fe de cuán acertados estuvimos al creer en tal locura, sin negar el alto precio de ciertos sacrificios, semanas luego de dar inicio a mi relación con Amanda, no le volví a ver a él, a mi mejor, aunque efímero amigo. Aún hoy, luego de tanto tiempo, me pregunto cómo es posible que un hombre pudiera conducir de tal manera a dos seres hacia su encuentro, muchos podrían considerarme loco, pero me atrevería a afirmar que aquel sujeto mal trecho por la vida que jamás debió existir, fue en realidad la fachada elegida por Cupido.
 
Amanda resultó ser todo lo que imaginé cuando me habló de ella, su cuerpo escultural, aunque operado, no destiñe su belleza, la misma que rehúye  esas miradas incisivas que le dirigen los curiosos, motivo que acrecienta la antipatía social que compartimos, motivo mismo que permite a estos enamorados ermitaños ser completamente felices permaneciendo encerrados y abrazados, allí en la cama, en ese fortín del cariño donde nuestra compenetración sexual es la prueba fehaciente de que las almas gemelas se reconocen en los cuerpos desnudos, aunque uno de ellos haya nacido sometido por los designios de la naturaleza, que para darle vida a Amanda, exigió la desaparición del hombre que la llevó desde siempre en su cuerpo masculino.
 

jueves, 10 de septiembre de 2020

QUE DIOS NOS COJA CONFESADOS

 

                                                                    (HUMOR)


Señores y señores, llegó el día que tanto habíamos esperado y temido al mismo tiempo: la alcaldía anunció el final de la cuarentena. A lo largo de estos meses hemos atravesado por las siguientes etapas.
 
Aislamiento preventivo: hacer lo que nos diera la gana afirmando que lo hacíamos con cuidado.
 
Aislamiento obligatorio: hacer lo que nos diera la gana, pero a escondidas.
 
Aislamiento obligatorio con restricciones: hacer lo que nos diera la gana con uno que otro pero.
 
Aislamiento obligatorio sin restricciones: hacer lo que nos diera la gana, pero con más ganas.
 
Aislamiento inteligente: jaja, pónganse serios.
 
Aislamiento selectivo: hacer lo que nos diera la gana por raticos.
 
Y es así como finalmente llegamos a esta nueva etapa, la cual puede ser denominada, Aislamiento que Dios nos coja confesados.
 
Estamos a años luz de retornar a nuestras vidas, porque eso de la “nueva normalidad” suena a término inventado por Cantinflas, lo cierto es que nos dijeron, palabras más, palabras menos: “salgan, pero cuídense”; que es como decirle a un niño en Halloween “comete los dulces con moderación”.
 
Nos piden a los colombianos que nos cuidemos nosotros mismos. ¡Ojo! Le dicen eso al pueblo que cuando escucha una balacera se asoma a la ventana para ver entre quienes son los tiros. Le piden cuidarse a la misma gente que ve en las noticias cómo un bus de Transmilenio levantó a alguien por correr a la colarse a la estación y lo primero que piensa es, “es que le faltó echar pique más rápido”. Le piden cuidarse a los mismos seres que compran sin miedo un posible trago adulterado pues a ellos no les pasa nada porque “tienen fuertes las defensas”. Le piden que se cuiden a los mismos que en diciembre ven las cifras de quemados con pólvora y ahí mismo echan un volador para celebrar que a ellos sí no les ha pasado nada. Nos piden cuidarnos a nosotros mismos cuando no podemos ver una camiseta de fútbol de otro equipo porque arremetemos con más furia que el toro a la muleta, cuando vemos que el carro de adelante pone la direccional y en lugar de ceder el paso aceleramos, cuando al conductor borracho le pedimos que entregue las llaves y responde llevándose las manos al paquete “venga le entrego éste”.
 
Mejor dicho, si nuestra seguridad depende de nosotros mismos y esa capacidad innata de acatar las normas, creo que es hora de exclamar en coro: “Oh, ¿y ahora quién podrá defendernos?” Aunque ya ni el Chapulin acudirá a ayudarnos porque dejaron de emitir Chespirito a nivel mundial. Es decir, estamos solos.
 
 

 
Escrito para el periódico “Sector H”.


sábado, 15 de agosto de 2020

EL DURMIENTE

                                                     (CUENTO)


La nueva enfermera entró a la habitación con la expectativa normal de la ocasión, por fin conocería al Durmiente, como le bautizaron desde el primer momento los medios, ese hombre sin precedentes en la historia que reposaba con un indescifrable secreto adentro, aquel paciente que desde mucho tiempo atrás tenía completamente desconcertado al mundo de la ciencia. Su caso seguía siendo objeto de estudio por parte de los más renombrados doctores en todas las áreas, sobre él se habían escrito un sin número de ensayos médicos y con su cuerpo realizado todo tipo de experimentos; pero cada nueva pieza agregada al rompecabezas de éste misterio, tan sólo conseguía aumentar el asombro en todos aquellos prominentes cerebros que le investigaban llenos de desconcierto. 

Fue asignada a su cuidado gracias al sobresaliente grado con honores que acababa de recibir, producto de la dedicación constante durante todos esos años cursados. Recién culminaba su carrera y recibía ese premio, trabajar cuidando a Juan Murcia era un sueño hecho realidad, no solo para ella, prácticamente para cualquier otra enfermera. Era muy difícil precisar la cantidad de mujeres que le habían tenido bajo su cargo, todas llegaban esperanzadas en tratarlo, pero así mismo, con el paso del tiempo perdían sus esperanzas de verle en otro estado, por lo que finalmente todas, unas más tarde otras más temprano, terminaban pidiendo traslado. Pero ella quería ser distinta a las que habían pasado, aun sabiendo que la sola idea ya era un mal comienzo, pues sus antecesoras comenzaron con el mismo pensamiento.

En su memoria se conservaba fresco el recuerdo de la primera vez en que oyó hablar de Juan Murcia, tendría once años cuando su maestra de sexto grado les habló de él. Lo primero que pensó al escuchar la historia fue que su profesora menospreciaba el pensamiento de los niños por verlos pequeños, supuso que la historia era en realidad un invento, que él sería tan sólo un personaje fantástico, como El Sastrecillo Valiente, Pinocho o El Pastorcito Mentiroso. Pero al llegar a casa le contó a su papá la historia y éste le confirmó su veracidad, incluso le dio a leer algunos artículos sobre el asunto y solo entonces se convenció, obligándose a sí misma a dar crédito de cuanto aquellas revistas científicas decían. Después comenzó a conocer la literatura fantástica que fue sumándose a la leyenda, novelas de ciencia ficción en las que exploraban teorías como la de que él fuera en realidad un ser venido de otro planeta, e incluso literatura esotérica en la que le llamaron emisario del cielo, lo que dio pie a uno que otro culto religioso.

En cuanto le vio creyó sentir un dejavú, en su mente idealizó tanto aquel momento que, ya tendría que haberlo vivido por lo menos un millón de veces con su pensamiento. Obviamente sabía con qué se encontraría, pero verle en aquel estado la afectó demasiado y se apoderó de ella una repentina aprensión, le resultaba un hecho realmente triste el ver aquel ser tan especial reducido a una cama, intubado para que un ventilador respirara por él, recibiendo suero intravenoso y alimentado por nutrición enteral, expulsando liquido por una sonda uretral y sujeto a electrodos responsables de registrar su actividad cardiaca. Era en   efecto una imagen no muy alentadora, razón por la que en algún momento se suspendieron los recorridos turísticos para verlo, por eso y por el caos generado en un hospital congestionado por miles de turistas diarios, venidos desde el último rincón del mundo y quienes guiados por la excitación olvidaban que en aquel cuerpo suspendido de emoción existía un ser humano, indiscriminadamente se tomaban fotografías con él, sin detenerse por un segundo a considerar el tan denigrante hecho de estarlo reduciendo a la condición de una estatua junto a la que todos posan, porque de ser posible que en medio de su letargo El Durmiente tuviera conciencia de su entorno inmediato, seguramente así se sentiría, como una estatua a la que tan sólo falta que le caguen las palomas.

Se dio un minuto para contemplarlo, le veía hermoso a pesar de encontrarse en aquel estado, cuidadosamente dio unos cuantos pasos hacía él, y lo hizo en tan estricto silencio como si temiese despertarlo, entonces se percató del absurdo y recobró su compostura, desechó cualquier idea ajena a su oficio y dio inicio a las tareas que durante un tiempo indeterminado se convertirían en su rutina, supervisar los latidos en el monitor, remplazar las bolsas de la orina y nutrición enteral, cambiar el pañal e intentar no reír por el gracioso cuadro de verle acostado calzando los tenis que hacían las veces de férulas.

Mientras llevaba a cabo tales tareas recordó las palabras de la enfermera saliente: “El tiempo junto a él transcurre tan lento, las horas marchan sin que ocurra nada, y cuando lo adviertes, él sigue allí dormido sin que algo haya cambiado, excepto que inconscientemente has caído en el mismo sueño”. Ella se refería al triste hecho de que las enfermeras asignadas al Durmiente tienen como labor exclusiva su cuidado, su única responsabilidad es para con él, y la verdad sea dicha, un hombre en estado de coma no ofrece mucha actividad, excepto el aseo a sus ininterrumpidas excreciones.

Se encontraba dedicada precisamente a tales labores mientras pensaba en él y el misterioso origen de su condición, un hombre que inexplicablemente cae en dicho estado, sin ningún traumatismo que lo originara como tampoco un aneurisma, y desde entonces eran innumerables las biopsias que le habían practicado, pues sumado al tiempo que llevaba sumido en aquel limbo, estaba el misterio de que su cuerpo no evidenciara señal alguna de envejecimiento.

Dominada por un extraño impulso se inclinó sobre el Durmiente, y sin ser capaz de explicarse el motivo de sus acciones, empezó a susurrarle cosas al oído. Sabía que no era la primera en hacerlo, a decir verdad, suponía que todas debieron hacerlo en su momento, pero las palabras que procedió a decirle tal vez fueron las primeras que alguien le dijera a esos oídos medio muertos: “Mi amor, despierta”. Y obedeciendo a un misterioso decreto de su instinto, mucho más inexplicable que aquellas tres palabras, posó sus labios vivos sobre la mejilla fría del hombre con sus párpados caídos. En ese instante se aceleraron los latidos que el monitor leía, ella dirigió su mirada hacia la pantalla completamente sorprendida e inmediatamente debió reprimir un grito al descubrir que los ojos del Durmiente, abiertos por completo, la miraban fijamente.

Había visualizado aquel momento desde la primera vez en que pisó un aula en la escuela de enfermería, fue la más destacada de su clase y en cada cosa que aprendía sentía que se preparaba para recibir al Durmiente luego de su sueño; pero cuando sus ojos se clavaron en ella, olvidó todo lo que dictaba el procedimiento, la abandonó el dominio de sí misma y el pánico la hizo enmudecer. Mas reaccionó de nuevo al verle asustado por el tubo de respiración que entraba por su boca. Recuperó el control de la situación mientras hacía un esfuerzo por no abandonarse a la emoción, cuidadosamente le retiró el ventilador para permitirle hablar, pues al parecer era esa su intención, y en efecto lo hizo en un muy débil, casi inexistente tono de voz.

--- Eres tú. -- fueron las palabras portadas por su susurro.

--- No se esfuerce, su cuerpo se encuentra débil y debemos despertarlo poco a poco con terapias, traeré a un doctor de inmediato para que...

--- Eres tú. --- la interrumpió --- Sabía que volverías.

--- ¿Perdón?... --- exclamó la enfermera con la voz entrecortada mientras se esforzaba por contener el temblor en sus manos --- Don Juan, me confunde con otra persona, es normal debido a lo que ha vivido. Llamaré al doctor para que...

--- ¿A qué te refieres? --- dijo mientras miraba extrañado los aparatos a los que estaba conectado. --- ¿Por qué me encuentro aquí?

La enfermera en tanto tomaba un intercomunicador ubicado en el cuarto y exclamaba emocionada:

--- ¡El Durmiente ha despertado!

Él alcanzaba a escuchar cómo la voz al otro extremo de la línea respondía con enfado que allí no se toleran bromas, pero ella insistió en que era cierto, y por la manera excitada en que lo hacía la otra persona comprendió que no mentía.

--- ¿Qué me ha ocurrido? --- repitió el hombre forzando su voz con la intención de ser determinado.

--- Lo que sucede es que usted... no sé cómo decírselo... --- la enfermera vacilaba mientras hablaba --- Usted ha estado dormido... en un coma profundo.

--- ¿Cuánto tiempo? --- dijo el hombre sin perder la calma.

--- Lo mejor será esperar a los doctores --- respondió nerviosa mientras intentaba alejarse.

--- Aguarda, ¿cuánto tiempo llevo dormido?

--- No se preocupe por nada, --- dijo ella volviendo a su lado para calmarlo --- nosotros nos haremos cargo de usted y averiguaremos qué le sucedió durante todo éste tiempo.

--- ¿Cuánto tiempo he estado dormido? --- volvió a preguntar ignorando el tono evasivo de la enfermera.

--- Yo… no sé si debo…

--- Por favor… ¿cuánto?

--- Usted ha permanecido en coma a lo largo de... doscientos ochenta y cuatro años.

El hombre emitió un profundo suspiro mientras cerraba los ojos por un segundo. Le parecía imposible lo que acababa de escuchar, no por lo increíble, sino porque aquellos años que presuntamente habría dormido le parecieron tan breves como aquel segundo mismo. Los abrió de nuevo para contemplarla y asegurarse de que fuera ella. Y sí, lo era. No importa cuánto tiempo hubiera transcurrido, era ella y ninguna otra. La misma mujer a la que juró esperar todo el tiempo que fuera necesario justo antes de caer en su letargo, era ella y estaba allí para despertarlo. Don Juan, aún sin escucharle decir su nombre, estaba tan seguro de que era ella, que justo antes de ver la invasión de doctores a la habitación, la miró y atinó a decirle: “Es increíble lo que ocurre cuando me acuesto a soñar contigo”.


miércoles, 5 de agosto de 2020

A TODOS LOS DIOSES


                                                                  (CUENTO)


En el Olimpo, hogar de los dioses de la mitología griega, se encontraban reunidos varios de ellos, Zeus, Apolo y Atenea departían sentados a la mesa. Reían comentando anécdotas sobre las ocurrencias de los mortales cuando llegó Hermes, el mensajero de los dioses, se quitó el casco y descendió de su moto, se acercó a ellos y entregó a cada uno una misiva. La leyeron extrañados y descubrieron que a todos llegó exactamente la misma. Preguntaron a Hermes si se trataba de una broma, a lo cual contestó que no, agregando que lo mismo preguntó Poseidón cuando le entregó la suya en el océano.


Mientras tanto en el Walhalla, hogar de los dioses y héroes de la mitología escandinava, Odín y Thor conversaban y bebían hidromiel mientras recordaban anécdotas de batalla. Junto a ellos, su amigo Balder, dios de la luz y la verdad, dormía en la silla como efecto de la bebida. De pronto se acercó a ellos una walkiria para despertar a Balder y entregar una carta a cada uno. La nota que era igual para los tres, les dejó extrañados. Justo en ese momento, Odín recibió una llamada de Dannae, madre de la mitología celta, quien le contó sobre una extraña carta que habían recibido ella y su amiga Kalí, diosa de la venganza en mitología hindú. Odín le contó que él había recibido la misma, y mientras ellos dos hablaban Thor hacía otro tanto, conversaba telefónicamente con su amigo el dios hindú Ghanesha, a quien la misma carta le tenía intrigado.


En otro lugar mientras tanto, Camulus, dios de la muerte en mitología celta, chateaba con Bachue y Bochica, dioses de la mitología chibcha, y con Cautha, deidad solar de la mitología etrusca; todos se contaban de las cartas, y en ese momento se conectó también Anwe, dios de dioses en la literatura Tolkien, trayendo un chisme nuevo, quien envía las cartas quiere asegurarse tanto de que sean entregadas que, diligenciaba dos al dios que tuviera más de un nombre, por ejemplo, Zeus recibió una carta como dios griego y otra a nombre de Júpiter como le llamaban los romanos, también Ades recibió otra con el nombre de Plutón, así como Cronos y Saturno recibieron dos siendo el mismo.


Mientras esto ocurría en los reinos de los dioses, en el mundo de los humanos sucedía algo. Un hombre se postraba en tierra y oraba desesperado, rogando que por lo menos uno de todos aquellos dioses a los que había escrito pidiendo un milagro hiciera algo, que al menos uno de ellos escuchara su suplica, que al menos uno, cualquiera, le ayudara a conseguir el amor de ella.