jueves, 10 de septiembre de 2020

QUE DIOS NOS COJA CONFESADOS

 

                                                                    (HUMOR)


Señores y señores, llegó el día que tanto habíamos esperado y temido al mismo tiempo: la alcaldía anunció el final de la cuarentena. A lo largo de estos meses hemos atravesado por las siguientes etapas.
 
Aislamiento preventivo: hacer lo que nos diera la gana afirmando que lo hacíamos con cuidado.
 
Aislamiento obligatorio: hacer lo que nos diera la gana, pero a escondidas.
 
Aislamiento obligatorio con restricciones: hacer lo que nos diera la gana con uno que otro pero.
 
Aislamiento obligatorio sin restricciones: hacer lo que nos diera la gana, pero con más ganas.
 
Aislamiento inteligente: jaja, pónganse serios.
 
Aislamiento selectivo: hacer lo que nos diera la gana por raticos.
 
Y es así como finalmente llegamos a esta nueva etapa, la cual puede ser denominada, Aislamiento que Dios nos coja confesados.
 
Estamos a años luz de retornar a nuestras vidas, porque eso de la “nueva normalidad” suena a término inventado por Cantinflas, lo cierto es que nos dijeron, palabras más, palabras menos: “salgan, pero cuídense”; que es como decirle a un niño en Halloween “comete los dulces con moderación”.
 
Nos piden a los colombianos que nos cuidemos nosotros mismos. ¡Ojo! Le dicen eso al pueblo que cuando escucha una balacera se asoma a la ventana para ver entre quienes son los tiros. Le piden cuidarse a la misma gente que ve en las noticias cómo un bus de Transmilenio levantó a alguien por correr a la colarse a la estación y lo primero que piensa es, “es que le faltó echar pique más rápido”. Le piden cuidarse a los mismos seres que compran sin miedo un posible trago adulterado pues a ellos no les pasa nada porque “tienen fuertes las defensas”. Le piden que se cuiden a los mismos que en diciembre ven las cifras de quemados con pólvora y ahí mismo echan un volador para celebrar que a ellos sí no les ha pasado nada. Nos piden cuidarnos a nosotros mismos cuando no podemos ver una camiseta de fútbol de otro equipo porque arremetemos con más furia que el toro a la muleta, cuando vemos que el carro de adelante pone la direccional y en lugar de ceder el paso aceleramos, cuando al conductor borracho le pedimos que entregue las llaves y responde llevándose las manos al paquete “venga le entrego éste”.
 
Mejor dicho, si nuestra seguridad depende de nosotros mismos y esa capacidad innata de acatar las normas, creo que es hora de exclamar en coro: “Oh, ¿y ahora quién podrá defendernos?” Aunque ya ni el Chapulin acudirá a ayudarnos porque dejaron de emitir Chespirito a nivel mundial. Es decir, estamos solos.
 
 

 
Escrito para el periódico “Sector H”.


sábado, 15 de agosto de 2020

EL DURMIENTE

                                                     (CUENTO)


La nueva enfermera entró a la habitación con la expectativa normal de la ocasión, por fin conocería al Durmiente, como le bautizaron desde el primer momento los medios, ese hombre sin precedentes en la historia que reposaba con un indescifrable secreto adentro, aquel paciente que desde mucho tiempo atrás tenía completamente desconcertado al mundo de la ciencia. Su caso seguía siendo objeto de estudio por parte de los más renombrados doctores en todas las áreas, sobre él se habían escrito un sin número de ensayos médicos y con su cuerpo realizado todo tipo de experimentos; pero cada nueva pieza agregada al rompecabezas de éste misterio, tan sólo conseguía aumentar el asombro en todos aquellos prominentes cerebros que le investigaban llenos de desconcierto. 

Fue asignada a su cuidado gracias al sobresaliente grado con honores que acababa de recibir, producto de la dedicación constante durante todos esos años cursados. Recién culminaba su carrera y recibía ese premio, trabajar cuidando a Juan Murcia era un sueño hecho realidad, no solo para ella, prácticamente para cualquier otra enfermera. Era muy difícil precisar la cantidad de mujeres que le habían tenido bajo su cargo, todas llegaban esperanzadas en tratarlo, pero así mismo, con el paso del tiempo perdían sus esperanzas de verle en otro estado, por lo que finalmente todas, unas más tarde otras más temprano, terminaban pidiendo traslado. Pero ella quería ser distinta a las que habían pasado, aun sabiendo que la sola idea ya era un mal comienzo, pues sus antecesoras comenzaron con el mismo pensamiento.

En su memoria se conservaba fresco el recuerdo de la primera vez en que oyó hablar de Juan Murcia, tendría once años cuando su maestra de sexto grado les habló de él. Lo primero que pensó al escuchar la historia fue que su profesora menospreciaba el pensamiento de los niños por verlos pequeños, supuso que la historia era en realidad un invento, que él sería tan sólo un personaje fantástico, como El Sastrecillo Valiente, Pinocho o El Pastorcito Mentiroso. Pero al llegar a casa le contó a su papá la historia y éste le confirmó su veracidad, incluso le dio a leer algunos artículos sobre el asunto y solo entonces se convenció, obligándose a sí misma a dar crédito de cuanto aquellas revistas científicas decían. Después comenzó a conocer la literatura fantástica que fue sumándose a la leyenda, novelas de ciencia ficción en las que exploraban teorías como la de que él fuera en realidad un ser venido de otro planeta, e incluso literatura esotérica en la que le llamaron emisario del cielo, lo que dio pie a uno que otro culto religioso.

En cuanto le vio creyó sentir un dejavú, en su mente idealizó tanto aquel momento que, ya tendría que haberlo vivido por lo menos un millón de veces con su pensamiento. Obviamente sabía con qué se encontraría, pero verle en aquel estado la afectó demasiado y se apoderó de ella una repentina aprensión, le resultaba un hecho realmente triste el ver aquel ser tan especial reducido a una cama, intubado para que un ventilador respirara por él, recibiendo suero intravenoso y alimentado por nutrición enteral, expulsando liquido por una sonda uretral y sujeto a electrodos responsables de registrar su actividad cardiaca. Era en   efecto una imagen no muy alentadora, razón por la que en algún momento se suspendieron los recorridos turísticos para verlo, por eso y por el caos generado en un hospital congestionado por miles de turistas diarios, venidos desde el último rincón del mundo y quienes guiados por la excitación olvidaban que en aquel cuerpo suspendido de emoción existía un ser humano, indiscriminadamente se tomaban fotografías con él, sin detenerse por un segundo a considerar el tan denigrante hecho de estarlo reduciendo a la condición de una estatua junto a la que todos posan, porque de ser posible que en medio de su letargo El Durmiente tuviera conciencia de su entorno inmediato, seguramente así se sentiría, como una estatua a la que tan sólo falta que le caguen las palomas.

Se dio un minuto para contemplarlo, le veía hermoso a pesar de encontrarse en aquel estado, cuidadosamente dio unos cuantos pasos hacía él, y lo hizo en tan estricto silencio como si temiese despertarlo, entonces se percató del absurdo y recobró su compostura, desechó cualquier idea ajena a su oficio y dio inicio a las tareas que durante un tiempo indeterminado se convertirían en su rutina, supervisar los latidos en el monitor, remplazar las bolsas de la orina y nutrición enteral, cambiar el pañal e intentar no reír por el gracioso cuadro de verle acostado calzando los tenis que hacían las veces de férulas.

Mientras llevaba a cabo tales tareas recordó las palabras de la enfermera saliente: “El tiempo junto a él transcurre tan lento, las horas marchan sin que ocurra nada, y cuando lo adviertes, él sigue allí dormido sin que algo haya cambiado, excepto que inconscientemente has caído en el mismo sueño”. Ella se refería al triste hecho de que las enfermeras asignadas al Durmiente tienen como labor exclusiva su cuidado, su única responsabilidad es para con él, y la verdad sea dicha, un hombre en estado de coma no ofrece mucha actividad, excepto el aseo a sus ininterrumpidas excreciones.

Se encontraba dedicada precisamente a tales labores mientras pensaba en él y el misterioso origen de su condición, un hombre que inexplicablemente cae en dicho estado, sin ningún traumatismo que lo originara como tampoco un aneurisma, y desde entonces eran innumerables las biopsias que le habían practicado, pues sumado al tiempo que llevaba sumido en aquel limbo, estaba el misterio de que su cuerpo no evidenciara señal alguna de envejecimiento.

Dominada por un extraño impulso se inclinó sobre el Durmiente, y sin ser capaz de explicarse el motivo de sus acciones, empezó a susurrarle cosas al oído. Sabía que no era la primera en hacerlo, a decir verdad, suponía que todas debieron hacerlo en su momento, pero las palabras que procedió a decirle tal vez fueron las primeras que alguien le dijera a esos oídos medio muertos: “Mi amor, despierta”. Y obedeciendo a un misterioso decreto de su instinto, mucho más inexplicable que aquellas tres palabras, posó sus labios vivos sobre la mejilla fría del hombre con sus párpados caídos. En ese instante se aceleraron los latidos que el monitor leía, ella dirigió su mirada hacia la pantalla completamente sorprendida e inmediatamente debió reprimir un grito al descubrir que los ojos del Durmiente, abiertos por completo, la miraban fijamente.

Había visualizado aquel momento desde la primera vez en que pisó un aula en la escuela de enfermería, fue la más destacada de su clase y en cada cosa que aprendía sentía que se preparaba para recibir al Durmiente luego de su sueño; pero cuando sus ojos se clavaron en ella, olvidó todo lo que dictaba el procedimiento, la abandonó el dominio de sí misma y el pánico la hizo enmudecer. Mas reaccionó de nuevo al verle asustado por el tubo de respiración que entraba por su boca. Recuperó el control de la situación mientras hacía un esfuerzo por no abandonarse a la emoción, cuidadosamente le retiró el ventilador para permitirle hablar, pues al parecer era esa su intención, y en efecto lo hizo en un muy débil, casi inexistente tono de voz.

--- Eres tú. -- fueron las palabras portadas por su susurro.

--- No se esfuerce, su cuerpo se encuentra débil y debemos despertarlo poco a poco con terapias, traeré a un doctor de inmediato para que...

--- Eres tú. --- la interrumpió --- Sabía que volverías.

--- ¿Perdón?... --- exclamó la enfermera con la voz entrecortada mientras se esforzaba por contener el temblor en sus manos --- Don Juan, me confunde con otra persona, es normal debido a lo que ha vivido. Llamaré al doctor para que...

--- ¿A qué te refieres? --- dijo mientras miraba extrañado los aparatos a los que estaba conectado. --- ¿Por qué me encuentro aquí?

La enfermera en tanto tomaba un intercomunicador ubicado en el cuarto y exclamaba emocionada:

--- ¡El Durmiente ha despertado!

Él alcanzaba a escuchar cómo la voz al otro extremo de la línea respondía con enfado que allí no se toleran bromas, pero ella insistió en que era cierto, y por la manera excitada en que lo hacía la otra persona comprendió que no mentía.

--- ¿Qué me ha ocurrido? --- repitió el hombre forzando su voz con la intención de ser determinado.

--- Lo que sucede es que usted... no sé cómo decírselo... --- la enfermera vacilaba mientras hablaba --- Usted ha estado dormido... en un coma profundo.

--- ¿Cuánto tiempo? --- dijo el hombre sin perder la calma.

--- Lo mejor será esperar a los doctores --- respondió nerviosa mientras intentaba alejarse.

--- Aguarda, ¿cuánto tiempo llevo dormido?

--- No se preocupe por nada, --- dijo ella volviendo a su lado para calmarlo --- nosotros nos haremos cargo de usted y averiguaremos qué le sucedió durante todo éste tiempo.

--- ¿Cuánto tiempo he estado dormido? --- volvió a preguntar ignorando el tono evasivo de la enfermera.

--- Yo… no sé si debo…

--- Por favor… ¿cuánto?

--- Usted ha permanecido en coma a lo largo de... doscientos ochenta y cuatro años.

El hombre emitió un profundo suspiro mientras cerraba los ojos por un segundo. Le parecía imposible lo que acababa de escuchar, no por lo increíble, sino porque aquellos años que presuntamente habría dormido le parecieron tan breves como aquel segundo mismo. Los abrió de nuevo para contemplarla y asegurarse de que fuera ella. Y sí, lo era. No importa cuánto tiempo hubiera transcurrido, era ella y ninguna otra. La misma mujer a la que juró esperar todo el tiempo que fuera necesario justo antes de caer en su letargo, era ella y estaba allí para despertarlo. Don Juan, aún sin escucharle decir su nombre, estaba tan seguro de que era ella, que justo antes de ver la invasión de doctores a la habitación, la miró y atinó a decirle: “Es increíble lo que ocurre cuando me acuesto a soñar contigo”.


miércoles, 5 de agosto de 2020

A TODOS LOS DIOSES


                                                                  (CUENTO)


En el Olimpo, hogar de los dioses de la mitología griega, se encontraban reunidos varios de ellos, Zeus, Apolo y Atenea departían sentados a la mesa. Reían comentando anécdotas sobre las ocurrencias de los mortales cuando llegó Hermes, el mensajero de los dioses, se quitó el casco y descendió de su moto, se acercó a ellos y entregó a cada uno una misiva. La leyeron extrañados y descubrieron que a todos llegó exactamente la misma. Preguntaron a Hermes si se trataba de una broma, a lo cual contestó que no, agregando que lo mismo preguntó Poseidón cuando le entregó la suya en el océano.


Mientras tanto en el Walhalla, hogar de los dioses y héroes de la mitología escandinava, Odín y Thor conversaban y bebían hidromiel mientras recordaban anécdotas de batalla. Junto a ellos, su amigo Balder, dios de la luz y la verdad, dormía en la silla como efecto de la bebida. De pronto se acercó a ellos una walkiria para despertar a Balder y entregar una carta a cada uno. La nota que era igual para los tres, les dejó extrañados. Justo en ese momento, Odín recibió una llamada de Dannae, madre de la mitología celta, quien le contó sobre una extraña carta que habían recibido ella y su amiga Kalí, diosa de la venganza en mitología hindú. Odín le contó que él había recibido la misma, y mientras ellos dos hablaban Thor hacía otro tanto, conversaba telefónicamente con su amigo el dios hindú Ghanesha, a quien la misma carta le tenía intrigado.


En otro lugar mientras tanto, Camulus, dios de la muerte en mitología celta, chateaba con Bachue y Bochica, dioses de la mitología chibcha, y con Cautha, deidad solar de la mitología etrusca; todos se contaban de las cartas, y en ese momento se conectó también Anwe, dios de dioses en la literatura Tolkien, trayendo un chisme nuevo, quien envía las cartas quiere asegurarse tanto de que sean entregadas que, diligenciaba dos al dios que tuviera más de un nombre, por ejemplo, Zeus recibió una carta como dios griego y otra a nombre de Júpiter como le llamaban los romanos, también Ades recibió otra con el nombre de Plutón, así como Cronos y Saturno recibieron dos siendo el mismo.


Mientras esto ocurría en los reinos de los dioses, en el mundo de los humanos sucedía algo. Un hombre se postraba en tierra y oraba desesperado, rogando que por lo menos uno de todos aquellos dioses a los que había escrito pidiendo un milagro hiciera algo, que al menos uno de ellos escuchara su suplica, que al menos uno, cualquiera, le ayudara a conseguir el amor de ella. 


lunes, 27 de julio de 2020

TRIUNFOS Y DERROTAS


                                                      (CUENTO)



Durante toda su vida aquel hombre trabajó supremamente duro, pero en todos los trabajos por los que pasaba sólo conseguía que le pagaran con “Derrotas”, unas monedas demasiado grandes, pesadas y ordinarias. Mientras otros hombres, con menos méritos, recibían de salario “Triunfos”, unos billetes demasiado valorados y sencillos de portar.

No obstante, cada vez el hombre se empeñaba en hacer mejor las cosas, recibía su salario y lo echaba en el pesado morral donde cargaba todas sus “Derrotas”. Sin importar lo pesadas, para él no dejaban de ser valiosas si las sumaba todas.

Un buen día encontró que estaba en venta el lugar de sus sueños, una preciosa propiedad llamada “El Éxito”, pero muchos otros hombres iban también tras ella. Se inició entonces una subasta en la que los demás ofrecían uno, dos o hasta tres “Triunfos”, entonces él puso su pesado saco sobre la mesa y ofreció pagar con mil “Derrotas”.

La venta fue inmediata, el hombre obtuvo al fin “El Éxito” que tanto deseaba. Quien vendía conocía la velocidad con que se consume el valor de un “Triunfo”, en cambio jamás se pierde lo que se adquiere con una “Derrota” bien llevada.


viernes, 12 de junio de 2020

CEGUERA


                                                      (CUENTO)



Por aquellos designios divinos que no logramos comprender, él nació sin vista. Su existencia entera había estado sumida en la penumbra. Pero esos mismos designios que se manifiestan a su antojo, hicieron que fuera elegido para la primera intervención quirúrgica con que se buscaría dar la vista a un ciego de nacimiento.

El hombre fue operado y el experimentó se declaró un éxito. Aquel mundo de luz y formas maravilló al hombre y de inmediato quiso ver todo lo que le fuera posible. Lo pusieron frente al televisor para que en un instante pudiera condensar la mayor cantidad de imágenes, pero la pantalla en ese momento transmitía en las noticias el cubrimiento de la guerra. Fue así como lo primero que este hombre vio, es que al mundo tan sólo le habitan ciegos.


miércoles, 3 de junio de 2020

APOCALIPSIS

                                                                 (CUENTO)



Era una tranquila y bella mañana para el Capitán Chris McBride. Su nave se deslizaba suavemente sobre las aguas del Océano Pacifico. Desde su torre de mando era invadido por pensamientos tan cálidos como el sol que asomaba tras la lejana línea del horizonte. Algunos de sus hombres apostados en cubierta contemplaban el paisaje en medio de amenas pláticas, cuando de repente, su desarrollado instinto de experimentado marino le puso sobre aviso. Escrutó con la mirada en todas las direcciones del inmenso tapete azul que les rodeaba, pero ese primer intento de encontrar el motivo de su inquietud resultó infructuoso. Dio la voz de alarma y los entrenados hombres asumieron sus respectivos puestos sin terminar de comprender lo que pasaba. Los vigías indagaban confundidos sin precisar lo que buscaban. De pronto la voz de un hombre se alzó en medio de la confusión dirigiendo un grito mientras señalaba en dirección al sol. El desconcierto mezclado con terror se extendió velozmente entre los tripulantes, incluido McBride, quien no conseguía dar crédito a la visión en frente suyo, lo ocurrido retaba por completo a la cordura. De no ser por la idéntica expresión dibujada en el rostro de todos sus hombres, habría podido jurar que alucinaba al ver que lentamente el sol volvía sobre su curso ocultándose tras el extremo del mundo del que emergiera escasas horas antes.

Para ese mismo momento Hitoshi Inamoto experimentaba la emoción propia de los astrónomos al ver tras el lente de su potente telescopio lo que pensaba podría ser el gran descubrimiento de su carrera. Pero tan sólo unos instantes cambiaría esa sensación de felicidad por una de estupefacción total advirtiendo que su fenómeno no requería de telescopio alguno para ser avistado, todos bajo el cielo de Osaka estaban en la capacidad de observarlo, y en efecto así lo hacían, los noctámbulos primero por supuesto; para la mayor parte de la población, sumida aún en su placentero sueño, la noche lo seguía siendo. Absolutamente ninguno de los millones de seres humanos que dormían en ese momento podría estar soñando algo más sorprendente a lo que ocurría afuera, el sol ocupaba su lugar en lo alto, pero sin haber dado la vuelta al mundo para reclamarlo.

Por su parte Khamis Al-Ghamdi, debido a la mediana hora del día y a la concentración requerida por la trascendentalidad de su inmediata acción, seguía sin percatarse de mayor variante en el cielo israelí. Estaba próximo al lugar en que su condición de Fedayin le haría inmolarse para cegar cientos de vidas. Fiel creyente de su doctrina tan sólo ocupaba su mente con la idea de alcanzar la gracia tras dar la vida al cumplimento del Corán, le honraba ser un arma guiada por los mandatos de la yihad. Para algunos no basta con su devota oración hacia la Meca como tampoco su ayuno durante el Ramadán, él era de los que ansiaba hacer mucho más para demostrar su amor a Mahoma, y sólo podía lograrlo siendo uno de los caídos en pos de Jerusalén. De repente ocurrió algo tan asombroso que le hizo olvidar de su mortal empresa. La tierra seca empezó a parir extrañas plantas a una velocidad mayor de la que le toma a las aguas del río desbordado barrer con los hogares aledaños. Bajo sus pies y ante su asombro el desierto se tornaba en selva. El fanatismo confundido arrastraba a hombres de uno y otro bando hasta el mayor de los delirios traducido en agresiones superiores a las que intercambiaban casi desde el principio.

En el polo norte la familia esquimal liderada por Nanuk, el padre de ésta, caminaba en contra de las gélidas ventiscas a las que tan habituados se encontraban. Nadie percibió lo ocurrido en el cielo debido al peculiar comportamiento del sol en aquella región donde un día tiene la duración de meses. Sus trineos eran halados por el magnifico grupo de perros a los que consideraban miembros más de la familia, pero los animales detuvieron de repente su marcha de un modo tan abrupto que hicieron chocar los carruajes. Nanuk supo que algo andaba mal, sus perros no harían algo como aquello a menos de percibir un peligro verdadero, y en efecto, uno muy grande se cernía sobre ellos. El suelo comenzó a resquebrajarse sin darles tiempo a ponerse en cubierto, el viento aumentó su ímpetu impidiéndole a Nanuk escuchar los gritos de sus hijos que se confundían con los fuertes ladridos de la tan asustada jauría. Baker, el perro líder, fue arrastrado por una de las grietas que se abrían como las furiosas fauces de un gigante gélido, al precipitarse al abismo fue llevándose consigo uno a uno a los demás canes, quienes infructuosamente intentaban aferrarse al hielo, Nanuk saltó a tierra viendo cómo desaparecían para siempre sus amigos. Aterrado por la inminencia de la muerte pensó que aquella imagen de sus perros perdiéndose en las entrañas de la tierra sería su ultima visión, pero estaba equivocado. Su ultima imagen fue la de cómo esas mismas entrañas parían lo que no podía ser algo distinto a los fantasmas de todos aquellos hombres que a lo largo de los tiempos debieron ir muriendo teniendo a las montañas de hielo como único féretro.

Para los visitantes a las cataratas del Niagara el asombro no podía ser menor, la pronunciada caída de agua se había suspendido de repente como si tal espectáculo no fuese obra de la naturaleza sino una recreación por parte del hombre, quien harto ya del show hubiese decidido cerrar el grifo productor de aquella afluencia liquida. Caso similar a lo presenciado por los veraniegos turistas en las islas Hawaianas, quienes, sorprendidos no solo por la desaparición abrupta del sol, también veían las aguas del mar echarse hacia atrás haciendo ir en aumento la extensión de la arena a sus pies. Por su parte el suelo australiano comenzaba a ser inundado por el agua que al otro extremo del mundo estaban extrañando.

Alrededor del mundo el caos se reproducía con fenómenos de toda índole. El pintor Claude Sagnol, veía cómo la modelo que posaba para su pintura enderezaba su posición haciendo perder validez al nombre que le investía como Torre Inclinada de Pizza, para luego venirse abajo emulando otras gloriosas construcciones que hacían lo propio en tanto. Siberia cesaba en su característica nevada para dar paso a un infernal calor sin precedentes históricos, la gente presenciaba con dramatismo cómo ante sus miradas, despojadas ya de cualquier incredulidad, los líquidos se evaporaban como si el agua fuese la presencia maligna que el calor buscara exorcizar. Los Alpes se derretían en medio de gritos proferidos por los aterrados hombres que se disponían al sueño eterno cobijados por la avalancha y su manto frío. El pueblo New Yorkino asistía impávido a los pasos de la imponente estatua que destruía muelles haciendo uso incontrolado de su verdaderamente recién adquirida libertad. El volcán Vesubio bostezaba lava despertando de su profundo sueño e invocando otros dragones de piedra también dormidos. Los cascos polares sufrían la metamorfosis en que su gigantesca escarcha se desprendía para unirse al océano que marchaba al encuentro de las inmensas porciones de tierra que lentamente desaparecían bajo su creciente. Sobre selvas africanas se desataban tormentas eléctricas tan fuertes que los arboles explotaban arrojando esquirlas como si fuesen granadas disparadas por malignos ángeles y los animales corrían despavoridos formando las huestes encargadas de barrer las desprotegidas aldeas. En diversas regiones la tierra se sacudía con idéntico frenesí al de los arboles agitados por feroces huracanes. La faz de la existencia tronaba en la tétrica sinfonía del último día.

Todo aquello sucedía mientras muy por encima del mundo, muy por encima incluso del universo, un ser tan inmenso al que todo plural de la fe desde antaño ha venido pretendiendo, se divierte plácidamente y escucha que alguien muy superior a él le pregunta qué está haciendo, a lo que el interrogado, quien en realidad resulta ser no tan inmenso sino sólo un niño pequeño, responde ingenuamente: “Estoy jugando al Apocalipsis”.

martes, 26 de mayo de 2020

NO ENTENDÍA


                                                           (CUENTO)


 
A pesar de su inmenso conocimiento sobre las cosas, no entendía por qué. A pesar de toda la fe depositada en él, no conseguía una respuesta. La incertidumbre lo aquejaba, la naturaleza humana desconcierta.
Se hallaba allí, olvidado entre sombras a pesar de ser quien era. No entendía por qué, se sentía como la tela que la araña abandonó algún día. Repasaba una a una sus ultimas acciones, incluidas sus debidas omisiones. Se preguntaba si había hecho algo mal, ¿pero en qué podría haberse equivocado? Se consideraba a sí mismo un buen amigo, de esos que saben escuchar, e incluso en ocasiones, hacer favores, favores tan especiales que los beneficiarios de ellos los consideraban como milagros.
No entendía, y era aún mayor su desasosiego al también ignorar por qué antes de ser relegado a un rincón oscuro le infringieron el dolor de quemar sus pies, con horror los vio quemarse cual si fuera mártir resistiéndose al tirano.
No entendía por qué ella obró de tal manera. Él, esa figura de San Judas Tadeo no lo entiende, ignora el que a ella nadie le enseñó que, las velas se prenden, no tan cerca que queme santo ni tan lejos que no lo alumbre.

lunes, 18 de mayo de 2020

EL UMBRAL

                                                              (CUENTO)


Sus ojos intentaron adaptarse a la oscuridad, estaba tan solo como aterrado, quién advertiría su ausencia a tiempo, y de hacerlo, qué más daría otra víctima de la violencia enferma. Las paredes del lugar, llenas de sangre invocaban más, parecían cobrar vida para lanzarse sobre él, su respiración se agitaba tan sólo ante la idea, la fragilidad humana era puesta en evidencia. Ignoraba cuánto tiempo llevaba allí, pero aún en contra de su fe, cierto presentimiento le dictaba algo, sus minutos ya estaban contados. No podía precisar la cantidad de hombres dispuestos a hacerle daño, poco importaba si era uno o acaso varios, en dichas condiciones defenderse era tan ridículo como esperar que el becerro dé muerte al carnicero. Sentía los brazos pesados, no respondían sus piernas, y en general todo su organismo dibujaba laconismo; le era imposible no verse a sí mismo como un simple amasijo de tendones, el capricho de unos músculos desvalidos. Se sabía abandonado a su suerte, no la del destino y sus designios, sino a la suerte decidida para él por quien en breve tendría en frente.

Intentó evocar bellos recuerdos, pero sólo uno se presentó a su mente inquieta, solo tuvo memoria para ella, su madre, esa mujer a la que jamás dedicó un “Te amo”, y lamentó ese silencio que entre ellos dos parecía pactado. Intentó pensar en alguien más, otra persona  de las muchas a las que su amor nunca había expresado, pero era tal el miedo de la inminente tortura que sus pensamientos se volcaban hacia una posible fuga. La salvación se traducía en imposible; disminuido en sus fuerzas, completamente desnudo y sin saber en dónde, con solo una salida, la misma que su asesino utilizaría, la idea de sobrevivir era una locura, pero en instantes que la violenta muerte golpea a nuestra puerta la locura es bienvenida y con suma deferencia es atendida.

Sumido en la angustia pensó en gritar con desespero, pero la razón volvió a su cuerpo, ellos sabían de antemano lo que le harían, no llevarían a cabo tal sadismo  en un lugar donde se escucharan los gritos del herido. Y consiente de ello se hizo un juramento dispuesto a no romperlo, sin importar cuanto dolor le infringieran, jamás gritaría o maldeciría, si lo hiciera le habrían vencido en su alma, aquel lugar bendito. Podían privarlo uno a uno de sus miembros, podían arrebatarle hasta el ultimo aliento, pero necesitarían mucho más que abominaciones inquisidoras para quitarle su valor, su coraje de guerrero.

Absorto en aquel propósito se vio interrumpido por el momento fatídico, un rayo de luz emergió de pronto hiriendo sus también mal trechos ojos. Allí estaba el verdugo que ocultaba el rostro tras la máscara. Prefirió no mirarlo por temor a revelar el sentimiento que lo invadía, el terror de abandonar así la vida. También huyó con su mirada hacia el mundo de ilusiones que en su mente recreaba. Para qué mirar el arma si en segundos él y ella serían uno, cuando le penetrara en las entrañas llevándose lo más valioso que poseía.

Sintió deseos de llorar, pero de inmediato se lo prohibió, una sola lágrima derramada tendría el eco de una sonrisa en el rostro del emisario oscuro. La voz habló, mas él la ignoró, para qué conocer las palabras vacías que no dicen nada. Quiso interpretar una melodía en su cabeza, algo alegre distinto al tétrico sonido de los huesos desprendidos, un réquiem en su honor con el que expresaría a los ángeles el amor que siempre tuvo por la vida. Tan sólo llevaba cuatro notas de la pieza cuando sintió estremecer sus piernas, el infierno sobre su cuerpo se desataba.

Describir con palabras tal tormento es labor insulsa, y en caso de poderlo sería un pecado hacerlo. El arma desconocida le privaba de sus piernas, en sus oídos rechinaba el ruido de la carne que se aferra, la voz del cuerpo que se niega a dejar de ser mientras un grito imperceptible para el humano retumba en el infinito, donde solo las almas son testigo. Apretando los labios se despide de sus piernas, el llanto en su silencio no es tanto de perderlas como de saber que sus pasos ya no le guiaran a casa luego del trabajo, ya no podrá dirigirse a sus hijos y abrazarlos. Y en medio del dolor que sólo los mártires tienen derecho a comentar, se eleva hasta lo más alto de su alma la promesa, el verdugo no escucha de su víctima una sola queja.

Se despide de su sangre que fluye ahora a raudales, siente cada gota que lo abandona. Una punzada luego en el pecho, el calvario va en aumento. Algo frío como el metal entra en su cuerpo y algo cálido como la vida está de salida. Se abandona a su tragedia y con las fuerzas que le restan ve pasar en un segundo frente a sus ojos, no las cosas que hizo como la película que se rebobina, sino las cosas que juro algún día haría. Le pide a Dios la oportunidad de no fallarle, es muy pronto para marcharse, antes de ver apagada la luz de su existencia le ruega a Dios clemencia, no es demasiado tarde para salvarle, quiere seguir viviendo, aunque ya sin brazos y sin piernas, una sola oportunidad le basta para demostrar que la vida es bella cuando se quiere hacer tal de ella. Quizá en el más allá la oportunidad le sea concedida, aquí en cambio, el aborto había terminado

lunes, 11 de mayo de 2020

NAUFRAGO


                                                            (CUENTO)




Transcurridos cuatro días desde el accidente ya consideraba al sol como su compañero de viaje; los rayos ultravioletas se derramaban sobre su piel tatuándola con el dolor ardiente de su constancia, y tal abrazo ininterrumpido lo conducía velozmente a través de los cruentos padecimientos de la deshidratación. Aun así, aquel astro luminoso que tan orgulloso se inclinaba con garbo tras el poniente, era también su único guía en aquella travesía. Sólo en él podía confiar para indicarle alguna cardinalidad, y sólo él parecía prestar completa atención a los soliloquios con que se esforzaba por mantener la cordura. No le bastaba sumergirse en laberintos dubitativos para considerarse a sí mismo poseedor de la razón suficiente capaz de llevarlo a la supervivencia, sentía también la necesidad de escuchar su voz formulando los discernimientos de su mente. Y para no ser víctima de la opresiva soledad causada por saberse orador sin escucha, atribuyó al siempre expectante sol la capacidad de asimilar sus palabras con el interés propio de un interlocutor animado. Excepto aquella locura misma, su lucidez mental se conservaba intacta a pesar de los fatídicos sucesos que le condujeron al naufragio.

El cómo llegó a ser aquel hombre ínfimo en la inmensidad del océano era un recuerdo que su mente no se esforzaba por evocar, al contrario, canalizaba sus pensamientos hacia el sentido temporal contrario, sólo el futuro ocupaba lugar en su cerebro. Flotando a la deriva sobre aquella frágil barca fantaseaba ilusionando el momento de su llegada a la playa, le verían como a un verdadero héroe, los seres humanos siempre consideran héroe a quien sobrevive cualquier tragedia, aunque la razón de su supervivencia no obedezca a los méritos propios del heroísmo; pero tal no era su caso, había sabido comportarse como una persona merecedora de llegar hasta el final para contar la historia.

Por momentos cerraba los ojos teniendo a bien el olvidar que su frágil humanidad se hallaba sujeta a los caprichos de las olas, y aprovechando ser Poseidon único de las corrientes marítimas en su imaginación, aquella barca era llevada al sitio requerido por su heroico destino. Podía ver tan claramente como si fuera una pantalla de cine el momento en que con prodigioso equilibrio se ponía de pie sobre la embarcación, luego, utilizando su mano derecha protegía sus ojos del sol para poder escrutar con la vista el horizonte, descubriendo así la aparición magnifica de una playa atestada de personas, las cuales no dando crédito a lo ocurrido se arrojaban a socorrerlo dándole la bienvenida a tierra firme. Le extendían todo tipo de bebidas y alimentos mientras ansiosos aguardaban escuchar de primera fuente los pormenores de su hazaña. Los niños lo observaban admirados y las mujeres le profesaban el deseo propio del que son dueños los héroes. Los medios acudirían copiosamente para lograr la preciada entrevista con el protagonista de una verdadera odisea, saldría en todos los noticieros alrededor del mundo contando su historia, escritores le solicitarían el privilegio de llevar a la inmortalidad de un libro su aventura, y así como la de Luis Alejandro Velasco fue contada por Gabriel García Marquez, quizá algún nuevo Nobel sería el encargado de describir con magia retórica uno a uno los instantes de su epopeya. O podría ser incluso que algún productor de Hollywood viera en él una mina de oro, siempre es bueno llevar a la pantalla una historia épica que hable de la determinación humana por alzarse con la victoria frente a las pérfidas intenciones de la muerte, sería interpretado por un actor importante como Tom Hanks, sin importar el que ya hubiera sido nominado al Oscar por estar en la piel de otro naufrago cuando fue Chuk Nolan en Castle Rock, pero ese era un personaje ficticio, no como él, un verdadero naufrago, uno de carne y hueso.

De repente, un rumor extraño que parecía viajar en el viento le trajo de nuevo a la realidad, se incorporó de inmediato mientras su corazón latía fuertemente al verse poseído de un poderoso presentimiento. Sus ojos rasgaron las tonalidades azules predominantes de la inmensidad y descubrió a lo lejos una línea divisoria entre el cielo y el mar, era la tan añorada tierra, lo había logrado, escasas horas dividían lo que fuera una tragedia de lo que sería la incuestionable gloria de la vida cuando se perpetúa. Levantó la mirada hacia el sol y agradeció a aquel silencioso amigo su fiel compañía, en poco tiempo viviría en carne propia lo ya vivido en su mundo de fantasía.

Treinta minutos luego podía apreciar detalles exactos de su lugar de arribo, era una playa hermosa con presencia humana y unos cuantos yates que reposaban en sus inmediaciones, todo estaba saliendo de acuerdo a su predicción. Tal y como ocurrió en el sueño se incorporó sobre la balsa mientras su brazo derecho agitaba una camiseta para atraer la atención de las personas. Las más cercanas a él, unos jóvenes que descansaban en su yate, se incorporaron violentamente de los asientos dirigiendo sus miradas hacia el lugar del que provenían los gritos del naufrago, éste sonrió al saberse descubierto, pero de repente advirtió en el rostro de los jóvenes una incomprensible expresión de terror, acto seguido sintió que las tranquilas aguas se agitaban en medio de un fuerte sonido que iba en aumento, la barca se desestabilizó haciéndole perder el equilibrio de manera que cayo de rodillas, de inmediato desvió la mirada en dirección al camino que hasta hace un momento dictara su recorrido. El raudal de pensamientos que acudieron a su mente fue tan inmenso como el tamaño de la ola marítima que inexorable avanzaba hacia su encuentro.

Lo último que vio fue aquella muralla de agua que lo barría todo a su paso arremetiendo con ira. 24 horas luego, parte de su sueño se había cumplido, estaba en los noticieros, su imagen recorría el mundo entero junto a otros miles de cadáveres que inmortalizarían la historia acerca del tsunami que depositó su besó mortal sobre las costas asiáticas.


lunes, 4 de mayo de 2020

EL ENCIERRO



                                                           (CUENTO)



¿Cuánto tiempo ha durado este encierro? La verdad lo ignoro, hace rato dejé de llevar la cuenta de los días. Qué sentido tiene hacerlo si los viernes se disfrazan de miércoles, los lunes se ponen pijamas y sudaderas propias de los domingos; los días en general son un batido que se vierte en la licuadora del tiempo, una que irónicamente gira a velocidad tan lenta que termina mezclándolos hasta confundirlos.

Es increíble descubrir cómo puedes extrañar cosas que antes ni advertías, o lo que es peor, incluso despreciabas. Hoy mi piel extraña el sol del que tantas veces renegué por sentir que me había quemado, extraño incluso el hecho de alzar la vista al cielo y verlo nublado. Extraño, por más increíble que suene, los tumultos del transporte público y el tráfico que dificultaba llegar a nuestro destino en las horas pico.

Recuerdo con vergüenza las tantas ocasiones en que algún vecino o compañero del trabajo me saludaban con un abrazo y yo incomodo por el gesto me limitaba a imitarlos con desgano. Cuando todo esto pase juro que saludaré a los demás expresando de manera física mi afecto. ¿Por qué a veces el ser humano necesita ser privado de algo para valorarlo?

Algunas personas lidian con el encierro mejor que otras, quisiera creer que me cuento entre quienes saben manejarlo, pero empieza a preocuparme este punto en que ya los pensamientos se reiteran una y otra vez en un bucle que pareciera no tener nada más por ofrecer. Alguna vez leí que tan solo basta un mal día para ser arrojado a la locura, pero jamás mencionaron cuántos malos días puede soportar quien se rehúsa a caer en brazos de ella. Cada amanecer me llega con el temor de que tal sea en el que por fin sucumba, pero 72 horas después, que es el tiempo que parecen durar ahora los días, me duermo con la promesa de seguir postergando el adiós a la cordura.

Tan solo una vez desde que estoy aquí sentí que realmente podría enloquecer. Fue esta mañana, cuando José, como se hace llamar el hombre de la capucha que me trae la comida, me contó que allá afuera está ocurriendo algo que nadie habría imaginado. Se desató una pandemia que tiene a todos en cuarentena, según me cuenta cerraron los colegios, centros comerciales, teatros, incluso el aeropuerto, todos afuera comparten de alguna manera este encierro. Casi enloquezco de pensar que el mundo allí afuera puede estar acercándose a su fin y yo me lo perdería por estar aquí, víctima de un secuestro.


lunes, 20 de abril de 2020

ADIOS SEÑOR DONOSO


                                                  (CUADERNO PERSONAL)



Hace pocos días falleció Carlos Donoso, el ventrílocuo venezolano que tantas sonrisas arrancó a toda Latinoamérica. No puedo mentir y decirles que tengo un montón de anécdotas vividas junto a él, a decir verdad, son muy pocas, pero el día de su deceso vino a mi mente un recuerdo muy especial que quiero compartirles al final de estas líneas.

Primero les cuento que él venía padeciendo un cáncer que fue el que terminó con su vida. Lamentablemente si situación económica al final de sus días no era la mejor, motivo por el que un par de meses antes la Gordita Fabiola nos contactó a varios humoristas para que hiciéramos una función a beneficio de Carlos y ayudarlo a pagar su tratamiento. Un importante grupo respondió al llamado y la función se realizaría a principios de abril, lamentablemente por el coronavirus el show tuvo que suspenderse, pero estábamos pendientes de realizarlo en cuanto se levantara la cuarentena, dicha función por su puesto ya jamás podrá ser. Lo primero que pensé fue en lo desafortunado que había sido que coincidiera con este aislamiento impidiéndonos ayudarlo, pero al poco tiempo reflexioné que él terminó yéndose el mismo mes en que estaba programada originalmente la presentación, es decir, aun llevándola a cabo, poco habríamos podido hacer para cambiar su destino.

La primera vez que lo vi en persona me hallaba en los inicios de mi carrera y coincidimos en la función de otro artista que ambos íbamos a ver. Ese día simplemente nos presentaron, me dio la mano, nos dimos el popular “mucho gusto” y ya. Un año después mi primera manager lo invitó para que fuera a verme en el R101, un pequeño teatro en el que tuve mi primera temporada. Ese día yo estaba muy nervioso porque quería sorprender a unos de los humoristas más reconocidos, me parecía increíble que fuera yo quien estuviera a punto de actuar para él.

Ese día el show salió muy bien. Las pocas veces que miré en dirección hacia él lo vi sonreír. Al terminar lo busqué para preguntarle cómo le había parecido, todos al empezar buscamos la aprobación de nuestros ídolos, cosa que, sin decir que esté necesariamente mal, con el tiempo comprendí que es un error. Fue amable en decirme que le había parecido chévere, pero su respuesta fue así de escueta, se despidió y allí quedó el pasaje, con mi sin sabor de sus palabras. Ahí es donde radica el error que les comentaba, pues al no recibir la reacción esperada puede ocurrir que, nos deprimamos pensando “no le gustó, por ende, no soy tan bueno”, cosa que no necesariamente es así; o podemos pensar también, “qué tipo tan creído, le costó admitir lo bueno que soy”, cosa que puede estar igual de alejada a la realidad. Sinceramente no recuerdo cuál de las dos opciones vino a mi mente, pero sé que estuve equivocado en la que haya sido.

Unos buenos años después viajé a presentarme por primera vez en Miami durante dos noches junto a otros 7 humoristas en un festival de humor hispano. Para ese momento yo ya era un poquito menos don nadie, pero seguía igual de emocionado por alternar con tan grandes nombres como los que lo hice, entre ellos por supuesto, Donoso. Pero ocurrió que las dos noches tuve que presenciar cómo tres de los comediantes, artistas muchísimo más grandes en reconocimiento y trayectoria, terminaron peleando entre ellos por quién debía ir primero que el otro, y por qué fulanito se había demorado en el escenario 5 minutos más que sutanito. Uno de los indispuestos, nuestro ventrílocuo favorito, motivo por el que este recuerdo terminó volviéndose gracioso, pero tampoco me dio mayor oportunidad de estrechar un fuerte vínculo con él.

Acabo de relatarles las que fueron mis experiencias más cercanas con él. como pueden ver, ninguna presenta un pasaje excepcional, ¿entonces por qué lloré el día que falleció? Tuve que escarbar en mi memoria para desentrañar la razón de algo que yo mismo no tenía presente.

Cuando era niño crecí viendo el Festival internacional del humor organizado por Alfonso Lizarazo, fue allí donde los de mi generación conocimos a los Midachi, Julio Sabala, Moreno Michael, Micky McPhantom, Virulo, el colectivo Maski, Lucho Navarro, entre muchos otros. Sus talentos eran muy variados y todos excepcionales, pero entre ellos destacaba un señor que no hacía absolutamente nada, simplemente se sentaba a hablar con un miquito llamado Kini. Yo no entendía por qué don Alfonso anunciaba con bombos y platillos a ese tal Donoso si el gracioso era el mico. Este carismático primate arrugaba la trompa, escupía y decía “me saca la piedra”, y todos nos moríamos de risa, pero los aplausos eran para el señor que lo sentaba en sus piernas. Incluso el mono tenía otro amigo, un muñequito amanerado llamado Lalo, al que Kini se refería como “cabeza de incendio”. Este segundo personaje también era más gracioso que el señor que simplemente se limitaba a meter la cucharada de vez en cuando en la divertida conversación de los otros dos. Solo vine a comprender cuando mi tío Fernando me explicó que era aquel señor quien les daba vida haciéndolos hablar sin mover sus labios. Quede alucinado.

El Festival del humor se convirtió en toda una institución de la televisión colombiana y en una ocasión convencí a mis primos de que jugáramos a ser esos humoristas que me tenían fascinado. Las personas que me siguen de tiempo atrás quizá conozcan la historia de un osito de peluche llamado Grillo, el cual me acompaña desde los 8 años, si no la conocen, ya dedicaré otra columna a hablarles de él. Lo cierto es que, esa noche de juego con mis primos, interpreté a Carlos Donoso y mi osito era Kini. Obviamente cuando el oso hablaba mis labios se movían más que si estuviera almorzando, pero recuerdo haber hecho carcajear a Juan Felipe, José Alejandro y Cristian Camilo. Hoy por fin logro comprender la tristeza que me dejó su partida, aquella fue la primera vez en la vida que actué para un público. Mis primos fueron las primeras sonrisas que arranqué, y ese señor con su mico, mi primer intento de ser humorista ignorando que años después dedicaría mi vida a ello. Gracias por tan bello recuerdo señor Donoso.

lunes, 13 de abril de 2020

DESCENSO SOBRE NORMANDIA


                                                       (CUENTO)



Su descenso era ininterrumpido, la inmensidad del vasto cielo a su alrededor se hallaba inundada por miles de sus compañeros, mientras unos cuantos kilómetros abajo les aguardaba el suelo de Normandía. Descendían inexorablemente sobre las bases dominadas por el ejercito nazi, tantos bastiones de poder apostados en lugares estratégicos para hacer frente a cualquier insurrección aliada. Desde la altiva y móvil ubicación ofrecida por su salto al vacío, podían dominarse por completo de una forma visual las disposiciones alemanas en cuanto a formación de tropas y desplazamiento de unidades. Se dice que desde arriba todo se ve mejor, y era cierto, allí, a kilómetros sobre su objetivo, se hacía invisible la vívida crueldad de la que se es testigo con los pies en tierra mientras se camina entre pilas de cadáveres y el aroma putrefacto de sus vidas ausentes.

Oleadas de miedo le recorrían por dentro, se sabía completamente vulnerable estando al descubierto. ¿Y qué sentido tenía correr tan inmenso riesgo? Estaba seguro de que poco o nada podrían hacer en contra de aquellos hombres tan dispuestos a la barbarie, en absolutamente nada podrían cambiar el curso de la guerra con aquella incursión descabellada. Para nadie era un secreto el inmenso poderío del ejército alemán, aquella legión simbolizada por una cruz esvástica y capaz de expandir sus dominios por toda Europa, replegándose como una colonia de langostas que lo devoraba todo a su paso. Las paginas de la historia se escriben en la piel de quien la sufre, y su sangre derramada se convierte en esa tinta imborrable capaz de perpetuar la historia de manera tal que todas las generaciones futuras deban leerla. Y si de algo habían demostrado ser capaces los nazis, era precisamente de escribir volúmenes y volúmenes sobre su régimen de terror, tomos enteros sobre cómo la generalidad del ser humano jamás podrá dominar a cabalidad el significado de la palabra “civilización”.

El terror que acometía su entereza obedecía precisamente a esa infausta realidad, la de tener que admitir, muy a su pesar, que las tropas nazis eran excelentes no sólo en el arte de la tortura sino también de la estrategia militar. De qué otra forma podía entenderse que un solo país, entre comillas, pudiera doblegar a tantas naciones en tan corto periodo de tiempo. Cómo era posible que los dedos de un movimiento absurdo, acunado en una nación específica, hubiesen sufrido metamorfosis tal, al punto de traducirse en el largo alcance de unos brazos con los que el monstruo del holocausto se hizo a un continente. En qué comprensión podía caber la idea de que un fundamento descabellado lograra conjugar millones y millones de almas en un pérfido acontecimiento titulado Segunda Guerra Mundial.

Le asustaban demasiado aquellas reflexiones que bien podrían ser llamadas a significar meras divagaciones motivadas por el peligro inminente, la locura fugaz inmediatamente predecesora a la no más cuerda realidad de un padecimiento; pero fiel a tales disertaciones, en su pensamiento se obraban las irrefrenables mitologías con que inconscientemente se investía al enemigo. ¿Podría ser cierto acaso que la raza aria estuviese destinada a la supremacía? ¿Eran los demás pueblos tan inferiores que sólo uniéndose podían hacer frente al colosal adversario? ¿Era Hitler la personificación de una maldad tan pura y consumada que parecía haberse gestando durante siglos en el silencio de un vaticinio infernal y aquella guerra no era otra cosa que el cumplimiento del destino pronunciado por un designio superior, aunque maldito?

Sin importar la angustia motivada por aquellos interrogantes de los cuales resultaba presa, lo real de su misión por más insulsa que ésta pudiera parecer, era algo irrefutable, tanto que, se encontraba allí en medio de la brisa, descendiendo sobre Normandía en compañía de otros tantos, miles que como él quizá llevaban en sus entrañas los mismos dilemas y temores, miles que como él no podían hacer algo distinto a ver correr unos cuantos soldados alemanes, mientras otros, con la sangre fría tan característica de sus costumbres, tan sólo se limitaban a levantar la mirada de una forma impávida, restando toda importancia a esas tropas descendentes de las que formaba parte, las sabían tan innocuas como ellas mismas debían admitirse, nuestro protagonista lo sabía y tal verdad le dolía, el gran sufrimiento producido ante el hecho de no poder hacer absolutamente nada para ayudar a derrotar las hordas nazis asentadas en aquellas tierras, quisiera poder hacer mucho más, quisiera no ser tan sólo esa gota de lluvia que desciende sobre Normandía.


lunes, 30 de marzo de 2020

DIATRIBA DE RENTON



                                                              (CUENTO)




Antes de que leer el cuento permítanme contextualizarlos acerca del mismo. Hace muchos años, una de las revistas culturales a las cuales me hallaba suscrito, no recuerdo si Arcadia o Mal Pensante, traería por primera vez a Colombia a Irvien Welsh, escritor escoces que saltó a la fama por su novela Trainspotting, adaptada luego al cine por Danny Boyle. Dicha publicación realizó un concurso para conocer a la celebridad literaria, consistía en escribir un cuento de tan solo una página basado en algún personaje de su obra; yo lo hice eligiendo al más obvio, Renton, interpretado en la pantalla por Ewan McGregor. Por supuesto no gané, pero hoy, tanto tiempo después, quiero compartirles mi cuento perdedor.


DIATRIBA DE RENTON
Hola, soy Renton. ¿Me recuerdas? Qué pregunta tan estúpida. Claro que me recuerdas, cómo podrías olvidarme si el silencio es utopía entre nosotros… ¿Cómo?, ¿que no quieres hablar en éste momento?... Ohhh, Irvine, Irvine, Irvine. Me temo que esta conversación no depende en lo absoluto de que quieras tenerla o no… No me hagas reír, ¿crees que al dejar de escribir me silencias? Déjame ilustrarte al respecto. Muchos piensan que los escritores hablan a través de sus personajes; se equivocan, somos los personajes quienes tomamos prestados a los escritores para hablar a través de ellos… Lo siento, pero es así. No fueron tus dedos sobre el teclado los que hicieron expresarse a mis labios sobre cuánto apesta Escocia. No. Fueron mis labios deambulando por tu pensamiento quienes te hicieron mover los dedos para que expresaran cuánto apesta ser escocés… Sí, porque ser escocés apesta, incluso siendo un héroe, William Wallace murió por serlo; cuán larga y placentera existencia habría tenido naciendo italiano, holandés, o incluso ingles; podría haberse dedicado al noble oficio del verdugo, actuando en el drama teatral de la decapitación, pero con un rol mucho mejor del que debió interpretar… En efecto, también fui yo quien decidió volverse adicto. No me digas que te atribuías la autoría de mi adicción. Siempre me ha causado gracia ese desvarío de los escritores que los lleva a creerse el dios regidor de los destinos en sus cuentos y novelas. No fue Shakespeare quien llevó el veneno a los labios de Romeo, fue él quien le anticipó que lo haría. No fue García Márquez quien imaginó un Macondo, fueron los Buendía quienes lo invitaron a vacacionar durante años a su pueblo. No fue Cervantes quien desquició a don Alonso Quijano, fue el Quijote quien en un acto bondadoso permitió al manco acompañarle en sus andanzas como silencioso y fantasmal testigo. Pero dejemos el parloteo y demos paso a mi sucinto mensaje. Irving Welsh, con la fama de escritor que bien supe darte, quiero que transmitas un mensaje avizor a las actuales generaciones: en ésta dimensión por la que me muevo hay varios amigos míos, personajes que en tu mundo no han nacido. ¿Por qué? Porque los seudo escritores se han quedado sordos a nuestras palabras. Cuéntales que millones de personajes con sus respectivas historias estamos agazapados en la inexistencia… Tu pregunta es lógica. ¿Quieres saber por qué es que tú sí logras escucharme? Muy sencillo, porque alzo la voz para ser escuchado. ¿Y por qué lo hago? Porque como dije al final de Trainspotting: elegí la vida.

jueves, 26 de marzo de 2020

25 AÑOS



                                                (CUADERNO PERSONAL)





Hace escasos días cumplí 40 años. Así es, ¡Hijueputa, ya 40! Pero tranquilos, no voy a compartirles nada que haya escrito para esta fecha, no tendrán que leer reflexiones de un tipo de mediana edad. El texto que leerán a continuación corresponde a lo que escribí cuando cumplí 25 años, nada más y nada menos que la medio bobadita de 15 años de añejamiento tiene la presente. Durante el aislamiento preventivo me he dado a la tarea de releer viejos textos míos y me encontré con éste. Confieso que buena parte del mismo me da cierta pena, se nota mi pretensión de aquel entonces por ser un escritor serio, pero lo comparto tal cual, sin editarlo o modificarle nada, allí está la gracia de compartirlo, que todos escuchemos lo que tenía por decir el Iván de aquel entonces. Disfruten, o padezcan a mi Yo joven, como quieran verlo.

25 AÑOS

Si el almanaque mintiera, cosa que nunca hace por respeto al pasado que reclama su fecha a diario, hoy no sería sábado 19 de marzo del año 2.005, lo cual me exoneraría de éste onomástico que se empeña en afirmar mi existencia a pesar de mi propia negación; el siempre tan acertado horóscopo no me daría consejos basados en lo presupuestado por mi regente astro; tampoco me vería obligado por un impulso extraño, como todos los que me dominan, a sentarme frente al computador en la hora precedente al día 20, para escribir esto cuya finalidad ignoro.

25 años golpean a mi puerta, y no con la decencia de quien fue invitado a nuestro hogar para departir un rato. Es un cuarto de siglo que en mí se estrella con violencia, en ese impacto brutal tan similar a los accidentes de auto, quizá sin latas torcidas, pero con no menos víctimas. Colección de años sumados en una porción de tiempo desperdiciado. ¿Qué ha sido de la legión de días que marcharon tras mis pasos? ¿Qué ha ocurrido con el batallón de meses que yacen derrotados en el sacrosanto campo del pasado? ¿Qué destino les mereció a esas furtivas guerrillas, de momentos?, las que poco lograron al grabar el nombre de su causa en algún recuerdo ajeno.

Qué masacre la que debo presenciar al mirar atrás, descubrir los inertes cuerpos de actos que se omitieron. Amores que tan solo uno fueron, y que no por imposible pierde el rótulo de verdadero. Victorias no obtenidas por ser cobarde y emprender la huida cuando las hordas enemigas recién venían. Besos no dados por ignorar el cómo convertirme en labios. Lágrimas conjugadas en el océano de una almohada. Poemas que, al ser escritos por mi mano, les fui impuesto como padre negándoles la oportunidad de triunfar en condición de huérfanos. Horas que yacen muertas en el féretro del arrepentimiento, ese al que le es imposible arrepentirse para no reiterar su desacierto.

25 años. ¿Qué diferencia el de hoy al día anterior en que mi piel conociera su primer rayo de sol? Por aquel remoto entonces me encontraba recluido en un oscuro útero, limitado por la imposibilidad de mis miembros para batirse en duelo con el pasivo desespero, casi tan limitado como hoy me veo en éste claustrofóbico universo. En aquel otrora me estigmatizaba un amor por encontrar y hoy lo hace el mismo por haberlo hallado.

¿Qué he hecho desde aquel remoto primer día en que me di a la vida? Recordarlo todo sería pretender demasiado, pero decir que recuerdo todo lo importante sería verme obligado a inventarlo. Por tal que, si esta autoimpuesta necesidad de rendirme cuentas exige algún hecho relevante como tributo a la oportunidad recibida, aquella negada a las almas sentenciadas cuyo verdugo adquiere tantos rostros, pero sólo se presenta con el titulo de aborto, haré entonces lo posible por encontrar ese algo que porte en sí la complacencia, y no sabiendo cómo, arrojaré ideas sueltas sobre el papel en espera de reconocer aquel mérito que me haga bien.

Y así comienza la exageradamente breve odisea, con teclas presionadas por mis dedos índices debido a la habilidad no adquirida en clases de mecanografía. Un frenético typear que reflexiona sobre cómo 25 años comprimen tantas tonterías escritas, tal como la presente, que en lo absoluto les es más lista. Una época de escritos casi blasfematorios que parecen ofender las letras con cada intento; pretensiones de poesía, ensayo, novela y cuento, que hacen de mí un heresiarca por completo.

Películas vistas sin escatimar asombro, risa y lágrimas; obedeciendo siempre las necesidades de esta alma, que parece conocer el lecho del amor eterno cada vez que las luces se apagan para ver iluminarse la pantalla; bebiendo cada gota de fantasía y realidad que en tan amadas obras haya; aprendiendo del séptimo arte, que no existe película más bella que ésta de la que somos protagonistas día a día.

Lecturas tan disímiles como innumerables: un millar de poesías, Ficciones que Borges hizo realidad, 100 años de soledad y muchas otras soledades que ni todos los años podrían abarcar, textos ingeniosos de Woody Allen y otros no menos brillantes comediantes, historias de la vida que Reader´s Digest recopila, aventuras que Frank Miller junto a Stan Lee y otros grandes nos animan, complejidades que Nietzsche proponía y obviedades que Paulo Cohelo no omitía, sordidez en que Allan Poe era un maestro y posibilidades infinitas que Asimov traía al pensamiento. Prensa, ciencia, religión, literatura, banalidad, tanto que he leído, logrando conservar muy poco en el recuerdo.

Canciones que he escuchado y en mis silencios apadrinado. Juegos compartidos con amigos, de quienes me alejé en un silencioso pero mutuo acuerdo. Rivalidades preñadas de victorias efímeras y derrotas merecidas. Actos cómicos para hacer reír a otros mientras lloro en tanto. Deseos reprimidos, bien por el rechazo o mal por no intentarlo. Declaraciones de amor tan asertivas en lo equivocado. Traumas de los que soy su inquilinato. Contactos con otras bocas, en un número tan escaso que me sobran dedos para contarlos. Orgasmos suicidados en el baño, fotografías rehuidas, perezas postergadas, tristezas propugnadas, sonrisas lacrimógenas. Y valga citar de nuevo aquel amor, ese amor tatuado en la piel de cuanto me fue negado.

Parece increíble, pero es cierto: cabe tanto en nada y existe tanto en mí, pese a ser inexistente la mayor parte del tiempo. Y sí, quizás algo he hecho, pero todo cabe en el calificativo de intentos que pretenden aquello que aún no puedo. Por el contrario, aquello en lo que he obrado posee tintes verdaderos de ser todo cuanto jamás debí haber hecho. Más aún, pareciera que toda acción ejercida me precipitara al extremo opuesto de cuanto pretendo al hacerlo. Peor incluso, me doy cuenta de ello y no me detengo. Se aplican en mí los pensamientos expresados por Wlliam Defoe a través del sorprendente Robinson Crusoe: “Parece existir un secreto destino que nos precipita a convertirnos en objetos de nuestra propia destrucción, a pesar de que nos demos cuenta de ello y marchemos hacia el futuro con los ojos abiertos”.

Heme aquí, con plena conciencia de mis fallos y mis aciertos, pero siendo mucho más el reflejo de los primeros. Mi soledad es digno escenario dantesco, rondan por mi silencio los murmullos de quienes por amor murieron, y su gentil consejo es que no les imite en ello, mas sordo a su dialecto en éste fatídico amor mantengo. Amo los 43 segundos registrados hace un instante por mi teléfono celular, el tiempo exacto que duró la llamada de quien pretendí mi amada, aunque hoy en día su hermosísima intención para mí no valga nada. Prefiero dejar caer los párpados con la idea fija en mi cabeza de que tal llamada fue lo que jamás será y dormir con total tranquilidad, convencido de que el mundo es aquello a lo que me dirijo en sueños y no ese ruido de fiestas que se queda afuera.

Mañana abriré los ojos a un día más; otro que a esta colección se agrega, y excepto mi edad, nada cambiará. Aún veré algún hombre jugando ajedrez con la muerte; todavía serán mis pies la balsa que se desliza sobre la estigia; mis chistes serán el Cancerbero de la amargura que ocultan; las baladas en la radio serán el abrazo que reciba cuando llore a oscuras en mi cuarto. Sentado frente a éste computador seré el Caronte que me conduzca a esos mundos que estuvieron inhabitados hasta que mi imaginación llegó a colonizarlos. Almorzando a solas rendiré homenaje a Prometo Encadenado; y cada lágrima que de mi ojo penda, será esa espada de Damocles que amenace con dar fin a mi existencia.

Absolutamente nada cambiará, seré ese retrato que permanece inamovible una vez pintado. No obstante, me aferraré a la vida que todavía se me depare, lo haré aún sin entender por qué, imploraré cumplir otros 25 años, y no una vez, quiero que en total sean tres, sumar no menos que tres cuartos de siglo. Envejecer, realmente envejecer, sin importar las consecuencias que siga trayéndome ese amor que nunca habrá de fallecer. Perpetuarme el tiempo que sea posible, para hacer de mí lo sugerido por los versos de Alma Fuerte, el poema de Piú Avanti, que, con toda convicción, culmina instando a “¡Que muerda y vocifere vengadora, ya rodando en el polvo tu cabeza!”. Pero perpetuarme, sobre todo para defender la más ciega y hermosa de las ideas, esa misma con que Roberto Benigni tituló su obra maestra: La Vida es Bella. Perpetuarme para decirlo, aunque sea en escritos que quizá jamás sean leídos, fiel reflejo mío, quien no por no ser amado, reprimo el hermoso grito de agradecimiento infinito: ¡¡Estoy Vivo!!



martes, 17 de marzo de 2020

DIAGRAMAS DE UN INSTANTE



                                                          (CUENTO)




Sentado frente al computador digitaba las últimas palabras de su propuesta, el documento se encontraba listo con anterioridad, pero considerando todo cuanto de él dependía, una última depuración del texto no estaba de más. Repasó minuciosamente todo su contenido, y al considerarse completamente satisfecho con la versión final, ejecutó la orden de impresión. Exhausto se reclinó en su asiento mientras veía cómo las páginas en blanco se introducían en la impresora para aparecer al otro extremo conteniendo ya grabadas las palabras y números en las que tenía depositada toda su esperanza de recuperar la estabilidad de sus finanzas.

El casi mudo sonido de la impresora láser servía como música de fondo a sus pensamientos. Se encontraba sumergido en el nerviosismo por la reunión a realizarse el día siguiente. A primera hora del día debía tomar un avión que le condujera a la ciudad en que algunos de los inversionistas más importantes de la nación se reunirían en torno suyo para escuchar lo que prometía ser el proyecto de mayor envergadura en los últimos años. Si lograba convencerlos no sólo estaría salvándose de la quiebra absoluta a la que lo arrojó el riesgo corrido en su ultimo negocio, uno al que le apostó la casi totalidad de su capital; en caso de disuadirlos sobre la viabilidad de ganancia en la pretensiosa empresa, también estaría garantizado el futuro económico de sus hijos.

Guardó los papeles en su maletín prestando suma atención a no olvidar alguno que pudiera afectar la exposición empresarial. Luego se dirigió a la cama en que su amorosa esposa lo aguardaba, se tendió a su lado y ella lo rodeó con sus brazos mientras susurraba cuánto lo amaba, le decía que confiaba en él y que con seguridad todo saldría bien. Fue la voz de su pareja lo último que escuchó esa noche justo antes de cerrar los ojos y sumergirse en el océano de sueños donde la reunión se llevaba a cabo con el éxito esperado; fue también aquella voz lo primero que escuchó al amanecer, anticipándose cinco minutos al despertador depositó un cálido beso en la mejilla del hombre que sentía llevar el peso del mundo sobre sus hombros, le instó a bañarse mientras ella preparaba el desayuno. Cinco minutos luego el despertador sonaba en tanto el hombre se miraba fijamente al espejo repitiendo en voz alta lo capaz que era de llevar a cabo tan imperiosa labor que se había propuesto.

Durante la ducha y el desayuno el hombre repasaba mentalmente todos los argumentos que presentaría a la junta y se formulaba a sí mismo los seguros interrogantes con que le acometerían una vez culminada su exposición. Sus pequeños hijos, ignorantes del relevante acontecimiento, acosaban a su padre con los juegos y preguntas acostumbradas de cada mañana, él los veía así como a su espléndida esposa y le aterraba la idea de fallarles nuevamente, sentía haberlo hecho al perder todo su dinero en la inversión errada, pero ahora el destino le daba la oportunidad de corregir su error, y no era una oportunidad cualquiera, era la idónea para mejorar con creces no sólo su situación actual sino también la privilegiada en que hasta hace poco estuvieran.

Dijo a sus hijos lo mucho que los amaba, les besó y se dirigió a la puerta acompañado por su esposa, frente a la casa ya aguardaba el taxi que habría de conducirle hasta el aeropuerto. Cruzaron unas últimas palabras de aliento y un último te amo, luego, ella lo vio ingresar al vehículo y partir hacia el gran negocio que les devolvería la tranquilidad. El chofer tenía sintonizada una estación musical adulto contemporánea muy propicia para la ocasión, canciones relajantes brotaban de la radio para sosegar su intranquilidad, se dejó llevar por las melodías mientras las cantaba por lo bajo intentando alejar de su mente la inmensa cantidad de cifras que había estando memorizando desde muchos días atrás. De repente, como despertando de un sueño, advirtió que el edificio a su costado derecho había permanecido estático a lo largo de toda una canción, entonces miró a su alrededor descubriendo el inmenso trancón vehicular en que estaban atrapados. Miró su reloj de pulsera y lo comparó de inmediato con el que reposaba en la parte delantera del vehículo, aún estaba bien de tiempo, pero la completa inmovilidad del tráfico comenzó a despertar su nerviosismo. Transcurridos quince minutos se habían movido escasos metros y el pánico se apoderó de él. Preguntó al chofer si no conocía alguna ruta alterna para eludir tal congestión, pero éste le explico que de poco o nada servía puesto que aún faltaba un gran trayecto para encontrarse con el desvío requerido, se hallaban completamente sujetos a la reanudación del tránsito, hasta entonces no podían hacer algo distinto a esperar.

Lo que en un principio fuera música relajante sufrió la metamorfosis en que las melódicas voces de los cantantes se le antojaron la burla del destino ante su desespero, pidió al chofer sintonizar otra emisora, preferiblemente una de esas en las que dan informes del tráfico desde un helicóptero para orientar a las personas justo antes de verse atrapadas en su situación actual. Efectivamente los informantes aéreos reportaban la congestión sugiriendo a los conductores tomar vías alternas que por supuesto ellos ya habían dejado atrás. Su alarma interna se disparó al máximo haciéndole considerar la usual idea que asalta a quienes son presas de un afán semejante, descender del auto y emprender el recorrido a pie, pero la poca cordura que aún conservaba le hizo evidente la magnitud de estupidez que significaría hacer caso a aquel impulso.

Veinte minutos luego alcanzaban el punto en que el chofer lograba tomar la desviación esperada para continuar su trayecto. La tranquilidad fue volviendo a su semblante al ver la velocidad que el taxi alcanzaba, pero no dejaba de mirar constantemente su reloj para cerciorarse del tiempo. Una vez llegaron a su destino el hombre respiró aliviado y ofreció toda su gratitud al conductor como si éste en lugar de prestarle un servicio de transporte acabase de salvarle la vida. Descendió del vehículo, una vez más consultó su reloj, y aunque no era tan temprano como le hubiera gustado estar evitando cualquier percance de última hora lo cierto era que ya se encontraba allí. Se dirigió a la aerolínea para reportar su equipaje, aguardó a su turno en la fila y posteriormente se acercó a la hermosa joven que le atendería, le dirigió una sonrisa mientras su mano derecha buscaba el pasaje de avión en el interior de su chaqueta, de inmediato la sonrisa se nubló y apareció en su rostro la expresión de horror más evidente.

Su esposa hacía el intento de comprender los ininteligibles gritos proferidos por su marido al otro lado de la línea, cuando finalmente entendió de qué se trataba, el pánico se apoderó también de ella. En ocasiones el deseo ferviente sobre una cosa es el mismo culpable de hacernos olvidar lo evidente en relación con la obtención de ésta, tal ocurrió con él, quien concentrado en todos los elementos de la reunión pasó por alto que lo más importante era estar presente en ella.

Debido a su precaria situación económica le era imposible comprar otro tiquete, realmente estaban tan mal que incluso debieron sacrificar algunos gastos del mes para poder realizar aquel viaje, les avergonzaba que sus amigos supieran lo mal que se encontraban luego de haber sido tan prestigiosa familia, un pecado muy común entre la gente con dinero que repentinamente se ve privada de él. Por lo que su esposa, quien afortunadamente ya había enviado los niños al colegio, vistió lo primero que tuvo a su alcance y emprendió la decisiva carrera. El documento de identificación que le permitiría abordar el avión se encontraba en la primera gaveta del escritorio, lugar evidente para evitar cualquier olvido, y ahora que ella lo apretaba entre sus manos no lograba comprender cómo se veían envueltos en aquella situación, la misma pregunta que se formularan unos meses atrás luego del fracaso que los llevó a la ruina.

La congestión en el tráfico de la que él fue víctima había desaparecido por completo, pero la enorme distancia no era algo tan fácil de salvar con el simple hecho de no encontrar obstrucción vehicular. Mientras tanto él se llevaba las manos al cabeza escuchando por el altoparlante el llamado para los pasajeros entre los cuales tendría que hallarse. Por su mente cruzaban sin cesar todas las palabras contenidas en el discurso que al cabo de unas horas debería estar ofreciendo a los hombres que ahora tan sólo se encontrarían con un salón de juntas repleto, pero sin alguien que les explique el motivo de su asistencia.

Tanto la mente de él como la de ella parecían reproducir las mismas escenas dantescas en su cabeza, la oleada de acreedores a los que habían estado eludiendo valiéndose de su intachable reputación, pero que ahora tendrían que enfrentar con la vergüenza de no poder responder, el embargo al que seguramente se verían sometidos por los bancos cuyas tarjetas habían excedido el crédito, la burla de los otros niños a sus pequeños hijos cuando se supiera la morosidad en que habían incurrido sus padres, esa nefasta burla, otro pecado típico de las altas esferas.

El hombre rogaba a los funcionarios de la aerolínea que retrasaran el despegue, mientras ella rogaba al conductor del taxi que acelerara excediendo el límite de velocidad, pero a uno y otro les fueron negados sus ruegos. Él presenció con impotencia cómo su avión rodaba por la pista de despegue en el momento mismo que su esposa hacía la dramática aparición corriendo por el pasillo.

A pesar de la ira y la frustración se fundieron en un abrazo mudo, sentían que el mundo bajo sus pies temblaba con la violencia del más fuerte terremoto, y sólo asidos el uno al otro eran capaces de soportar la sacudida. Sabían que lo perderían todo y ese abrazo representaba su fuerte deseo de no perder lo único que era verdaderamente suyo, lo único que nadie jamás podría quitarles a menos que ellos mismos lo decidieran.

Permanecieron abrazados durante un tiempo tan difícil de precisar como la cantidad lágrimas que rodaron por sus mejillas. Luego se sentaron a intentar pensar, ella le decía que podían cambiar el tiquete para el próximo vuelo y llamar a solicitar que aplacen la junta durante algunas horas, pero ambos sabían que las posibilidades de que ocurriera eran mínimas, bastante difícil había sido hacer coincidir a tantos empresarios en una sola reunión, y el tercer pecado de los adinerados es pensar que su tiempo es tan valioso como sus chequeras, impidiéndoles conceder un pequeño crédito horario a los necesitados de él.

De nuevo se abrazaron mientras preguntaban al cielo por qué lo injusto del destino, por qué los dioses se divierten con los humanos cuál si fueran juguetes sin alma, por qué les llenan los bolsillos de esperanza tan sólo para descubrir que están rotos y lo puesto en ellos se pierde sin falta. Eran miles las preguntas que se hacían cuando se desató la conmoción a su alrededor, guardias de seguridad gritaban, la gente corría y los altavoces transmitían mensajes que hacían un llamado a guardar la compostura. Sin terminar de comprender lo que ocurría y olvidándose por un instante de su drama personal se pusieron en pie para unirse a las masas agolpadas en torno a las pantallas de televisión. Nadie podía dar crédito a aquella visión, mucho menos él, su avión, el mismo que le conduciría al gran negocio que sería su salvación, el mismo que al despegar sin él se convertía en su perdición, ese mismo, acababa de estrellarse contra la primera de las torres gemelas.