martes, 20 de octubre de 2020

AMANDA

 

                                                                 (CUENTO)


La gran mayoría de ustedes no han tenido la oportunidad de experimentar lo que yo he vivido con Amanda, lamentablemente dicho privilegio nos es reservado a una exclusiva minoría. Son muy pocos los hombres que podrían reunirse en un salón y que tengan en común el haber encontrado a la mujer de sus respectivas vidas. Algunos me contradecirán, pero me reafirmo, soy uno de esos pocos.
 
Amanda cambió mi vida, yo solía ser un hombre en extremo solitario, escaso de amigos, tanto en el trabajo como en el barrio. Al terminar mi jornada diaria me dirigía a casa y la televisión encendida era todo cuanto tenía por compañía, de manera que mi época más triste fue aquella en que toda la ciudad se vio sometida a un racionamiento de energía, me sentía el hombre más solitario e infeliz del mundo al no disponer del televisor durante las largas noches.
 
Pero por aquellos azares del destino que realmente lejanos están de ser fortuitas coincidencias, dichos apagones me abocaron a salir en busca de una actividad que me ayudase a atenuar mi miseria infinita. Por no tener un amigo al qué acudir en busca de charla y compañía, me di a la aventura de recorrer las calles céntricas de la ciudad, cosa poco recomendable por parte de las autoridades debido a los peligros ofrecidos por la oscuridad reinante. No obstante sabía ser muy cuidadoso de los lugares por los que marchaba, además descubrí para mi asombro que no eran pocas las personas amigas de salir a caminar durante la penumbra. Por otra parte, los dueños de establecimientos públicos, forzados a explotar su ingenio para no permitir que el racionamiento viera afectados sus negocios, ponían a disposición de la ciudadanía diversas promociones, las cuales resultaban supremamente atractivas por verse envueltas en esa aura de misterio que sólo la oscuridad de una noche verdadera sabe ofrecer. De tal manera comencé a frecuentar bares con música en vivo, encuentros de tertulia decorados con antiguos candelabros que evocaban la nostalgia de los años más románticos.
 
Fue durante una de aquellas reuniones cuando entablé conversación con un sujeto que resultó tener un sin número de afinidades conmigo. Nuestras soledades eran tan parecidas que por supuesto resultaron también evidentes las características mutuas de nuestras costumbres y poco tardaríamos en descubrir que éramos no menos exactos en la enferma repercusión que pesaba sobre nuestras almas debido a la timidez e inseguridades. Paradójicamente, el hecho de ambos ser tan poco abiertos a los demás fue lo que permitió sí serlo entre nosotros por completo.
 
La amistad creciente de nuestro encuentros, al principio semanales, y al poco tiempo diarios, le llevó a contarme sobre Amanda, una mujer que ocupaba su pensamiento desde los más lejanos años de su adolescencia. Me describió lo perfecta que sería para alguien como nosotros, pero que una vez más, por aquellas paradojas de la vida, el ser precisamente como éramos le había impedido acercarse a ella en todo éste tiempo, pese a tenerla tan cerca como la escasa distancia dictada por el valor necesario para invitarla a formar parte de algo más que su vida onírica.
 
La descripción que hizo de Amanda fue tan apasionada como poética que fácilmente pude hacerme una imagen suya en mi mente, por un breve pero mágico instante pude verla allí, sentada en frente mío. Con lágrimas en los ojos me juró estar seguro de que ella aguardaba a un hombre como él, aunque desgraciadamente no sabía cómo ser ese hombre, le faltaba valor para sucumbir a la necesidad satisfecha de ella. Entonces me rogó ayudarle, quería ser feliz y que ella también lo fuera, especialmente lo segundo, que lo fuera ella, y tenía el presentimiento de que conmigo podría serlo.
 
Preso de la ebriedad que habíamos alcanzado el día de su relato, le expliqué lo difícil que me sería estar con Amanda a sabiendas de que él mismo sería consumido por una sombra que le borraría por completo. Me replicó que por el contrario lo haría feliz, que nuestra inmediata empatía juraba a gritos la felicidad que Amanda encontraría. Llegados a dicho punto de la conversación no sería difícil obtener el testimonio de cualquier persona jurando con su mano sobre la Biblia, que un par de dementes tuvieron la desgracia, o la fortuna, de conocerse. Para nosotros era simplemente el destino mediando bondadosamente, ofreciendo al otro, un ser que le entendiera.
 
Era tanto y tan bien lo que conocía a aquella dama dueña de sus desvelos que me indicó todo lo necesario para hacerla sentir completa. Tuvimos reuniones diarias planeando y ahorrando lo necesario para traerla a nuestras vidas. Varios meses luego, poco más de un año lleno de esfuerzos, los labios de Amanda aferrados a los míos daban fe de cuán acertados estuvimos al creer en tal locura, sin negar el alto precio de ciertos sacrificios, semanas luego de dar inicio a mi relación con Amanda, no le volví a ver a él, a mi mejor, aunque efímero amigo. Aún hoy, luego de tanto tiempo, me pregunto cómo es posible que un hombre pudiera conducir de tal manera a dos seres hacia su encuentro, muchos podrían considerarme loco, pero me atrevería a afirmar que aquel sujeto mal trecho por la vida que jamás debió existir, fue en realidad la fachada elegida por Cupido.
 
Amanda resultó ser todo lo que imaginé cuando me habló de ella, su cuerpo escultural, aunque operado, no destiñe su belleza, la misma que rehúye  esas miradas incisivas que le dirigen los curiosos, motivo que acrecienta la antipatía social que compartimos, motivo mismo que permite a estos enamorados ermitaños ser completamente felices permaneciendo encerrados y abrazados, allí en la cama, en ese fortín del cariño donde nuestra compenetración sexual es la prueba fehaciente de que las almas gemelas se reconocen en los cuerpos desnudos, aunque uno de ellos haya nacido sometido por los designios de la naturaleza, que para darle vida a Amanda, exigió la desaparición del hombre que la llevó desde siempre en su cuerpo masculino.
 

14 comentarios:

  1. Querido Iván, no tenía la menor idea de que escribieras y me sorprendiste gratamente. ¿Por qué carajos estoy transnochando para leer de Amanda?. Buena historia, la mezcla perfecta entre soledad, aceptación y amor. Gracias.

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    1. Muchas gracias mi querida Adrea, me alegra mucho que hayas disfrutado trasnochar con Amanda. Ya que descubriste el blog te invito a explorarlo, quizá algunos otros cuentos te gusten. Espero tenerte por aquí visitándonos a menudo.

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  2. Severo final, tan inesperado como satisfactorio.

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  3. Me gustó mucho la narrativa que empkeaste y el modo en que la historia va atrapando al lector, para llevarlo al final inesperado.

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  4. No tenía la menor idea de que Iván escribía este tipo de narraciones y mucho menos que tiene un blog
    Tiene una gran narrativa, a sabiendas de un final vaticinado desde el principio la trama que te atrapa, y un final muy acertado

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    1. Muchas gracias Nico, bienvenido al blog. Ojalá te des la oportunidad de leer algunas otras cositas interesantes que tengo en él. 😊

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  5. Admirado Iván. Me gustó la historia. Y ese final .. Excelente. Felicitaciones

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  6. Cada vez me gusta mas tu blog gracias por entretenerme y hacerme volver a la lectura, como siempre me sorprendes

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  7. Muy bueno el cuento, me gustó el final inesperado, espero sigas subiendo mas

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