lunes, 30 de marzo de 2020

DIATRIBA DE RENTON



                                                              (CUENTO)




Antes de que leer el cuento permítanme contextualizarlos acerca del mismo. Hace muchos años, una de las revistas culturales a las cuales me hallaba suscrito, no recuerdo si Arcadia o Mal Pensante, traería por primera vez a Colombia a Irvien Welsh, escritor escoces que saltó a la fama por su novela Trainspotting, adaptada luego al cine por Danny Boyle. Dicha publicación realizó un concurso para conocer a la celebridad literaria, consistía en escribir un cuento de tan solo una página basado en algún personaje de su obra; yo lo hice eligiendo al más obvio, Renton, interpretado en la pantalla por Ewan McGregor. Por supuesto no gané, pero hoy, tanto tiempo después, quiero compartirles mi cuento perdedor.


DIATRIBA DE RENTON
Hola, soy Renton. ¿Me recuerdas? Qué pregunta tan estúpida. Claro que me recuerdas, cómo podrías olvidarme si el silencio es utopía entre nosotros… ¿Cómo?, ¿que no quieres hablar en éste momento?... Ohhh, Irvine, Irvine, Irvine. Me temo que esta conversación no depende en lo absoluto de que quieras tenerla o no… No me hagas reír, ¿crees que al dejar de escribir me silencias? Déjame ilustrarte al respecto. Muchos piensan que los escritores hablan a través de sus personajes; se equivocan, somos los personajes quienes tomamos prestados a los escritores para hablar a través de ellos… Lo siento, pero es así. No fueron tus dedos sobre el teclado los que hicieron expresarse a mis labios sobre cuánto apesta Escocia. No. Fueron mis labios deambulando por tu pensamiento quienes te hicieron mover los dedos para que expresaran cuánto apesta ser escocés… Sí, porque ser escocés apesta, incluso siendo un héroe, William Wallace murió por serlo; cuán larga y placentera existencia habría tenido naciendo italiano, holandés, o incluso ingles; podría haberse dedicado al noble oficio del verdugo, actuando en el drama teatral de la decapitación, pero con un rol mucho mejor del que debió interpretar… En efecto, también fui yo quien decidió volverse adicto. No me digas que te atribuías la autoría de mi adicción. Siempre me ha causado gracia ese desvarío de los escritores que los lleva a creerse el dios regidor de los destinos en sus cuentos y novelas. No fue Shakespeare quien llevó el veneno a los labios de Romeo, fue él quien le anticipó que lo haría. No fue García Márquez quien imaginó un Macondo, fueron los Buendía quienes lo invitaron a vacacionar durante años a su pueblo. No fue Cervantes quien desquició a don Alonso Quijano, fue el Quijote quien en un acto bondadoso permitió al manco acompañarle en sus andanzas como silencioso y fantasmal testigo. Pero dejemos el parloteo y demos paso a mi sucinto mensaje. Irving Welsh, con la fama de escritor que bien supe darte, quiero que transmitas un mensaje avizor a las actuales generaciones: en ésta dimensión por la que me muevo hay varios amigos míos, personajes que en tu mundo no han nacido. ¿Por qué? Porque los seudo escritores se han quedado sordos a nuestras palabras. Cuéntales que millones de personajes con sus respectivas historias estamos agazapados en la inexistencia… Tu pregunta es lógica. ¿Quieres saber por qué es que tú sí logras escucharme? Muy sencillo, porque alzo la voz para ser escuchado. ¿Y por qué lo hago? Porque como dije al final de Trainspotting: elegí la vida.

jueves, 26 de marzo de 2020

25 AÑOS



                                                (CUADERNO PERSONAL)





Hace escasos días cumplí 40 años. Así es, ¡Hijueputa, ya 40! Pero tranquilos, no voy a compartirles nada que haya escrito para esta fecha, no tendrán que leer reflexiones de un tipo de mediana edad. El texto que leerán a continuación corresponde a lo que escribí cuando cumplí 25 años, nada más y nada menos que la medio bobadita de 15 años de añejamiento tiene la presente. Durante el aislamiento preventivo me he dado a la tarea de releer viejos textos míos y me encontré con éste. Confieso que buena parte del mismo me da cierta pena, se nota mi pretensión de aquel entonces por ser un escritor serio, pero lo comparto tal cual, sin editarlo o modificarle nada, allí está la gracia de compartirlo, que todos escuchemos lo que tenía por decir el Iván de aquel entonces. Disfruten, o padezcan a mi Yo joven, como quieran verlo.

25 AÑOS

Si el almanaque mintiera, cosa que nunca hace por respeto al pasado que reclama su fecha a diario, hoy no sería sábado 19 de marzo del año 2.005, lo cual me exoneraría de éste onomástico que se empeña en afirmar mi existencia a pesar de mi propia negación; el siempre tan acertado horóscopo no me daría consejos basados en lo presupuestado por mi regente astro; tampoco me vería obligado por un impulso extraño, como todos los que me dominan, a sentarme frente al computador en la hora precedente al día 20, para escribir esto cuya finalidad ignoro.

25 años golpean a mi puerta, y no con la decencia de quien fue invitado a nuestro hogar para departir un rato. Es un cuarto de siglo que en mí se estrella con violencia, en ese impacto brutal tan similar a los accidentes de auto, quizá sin latas torcidas, pero con no menos víctimas. Colección de años sumados en una porción de tiempo desperdiciado. ¿Qué ha sido de la legión de días que marcharon tras mis pasos? ¿Qué ha ocurrido con el batallón de meses que yacen derrotados en el sacrosanto campo del pasado? ¿Qué destino les mereció a esas furtivas guerrillas, de momentos?, las que poco lograron al grabar el nombre de su causa en algún recuerdo ajeno.

Qué masacre la que debo presenciar al mirar atrás, descubrir los inertes cuerpos de actos que se omitieron. Amores que tan solo uno fueron, y que no por imposible pierde el rótulo de verdadero. Victorias no obtenidas por ser cobarde y emprender la huida cuando las hordas enemigas recién venían. Besos no dados por ignorar el cómo convertirme en labios. Lágrimas conjugadas en el océano de una almohada. Poemas que, al ser escritos por mi mano, les fui impuesto como padre negándoles la oportunidad de triunfar en condición de huérfanos. Horas que yacen muertas en el féretro del arrepentimiento, ese al que le es imposible arrepentirse para no reiterar su desacierto.

25 años. ¿Qué diferencia el de hoy al día anterior en que mi piel conociera su primer rayo de sol? Por aquel remoto entonces me encontraba recluido en un oscuro útero, limitado por la imposibilidad de mis miembros para batirse en duelo con el pasivo desespero, casi tan limitado como hoy me veo en éste claustrofóbico universo. En aquel otrora me estigmatizaba un amor por encontrar y hoy lo hace el mismo por haberlo hallado.

¿Qué he hecho desde aquel remoto primer día en que me di a la vida? Recordarlo todo sería pretender demasiado, pero decir que recuerdo todo lo importante sería verme obligado a inventarlo. Por tal que, si esta autoimpuesta necesidad de rendirme cuentas exige algún hecho relevante como tributo a la oportunidad recibida, aquella negada a las almas sentenciadas cuyo verdugo adquiere tantos rostros, pero sólo se presenta con el titulo de aborto, haré entonces lo posible por encontrar ese algo que porte en sí la complacencia, y no sabiendo cómo, arrojaré ideas sueltas sobre el papel en espera de reconocer aquel mérito que me haga bien.

Y así comienza la exageradamente breve odisea, con teclas presionadas por mis dedos índices debido a la habilidad no adquirida en clases de mecanografía. Un frenético typear que reflexiona sobre cómo 25 años comprimen tantas tonterías escritas, tal como la presente, que en lo absoluto les es más lista. Una época de escritos casi blasfematorios que parecen ofender las letras con cada intento; pretensiones de poesía, ensayo, novela y cuento, que hacen de mí un heresiarca por completo.

Películas vistas sin escatimar asombro, risa y lágrimas; obedeciendo siempre las necesidades de esta alma, que parece conocer el lecho del amor eterno cada vez que las luces se apagan para ver iluminarse la pantalla; bebiendo cada gota de fantasía y realidad que en tan amadas obras haya; aprendiendo del séptimo arte, que no existe película más bella que ésta de la que somos protagonistas día a día.

Lecturas tan disímiles como innumerables: un millar de poesías, Ficciones que Borges hizo realidad, 100 años de soledad y muchas otras soledades que ni todos los años podrían abarcar, textos ingeniosos de Woody Allen y otros no menos brillantes comediantes, historias de la vida que Reader´s Digest recopila, aventuras que Frank Miller junto a Stan Lee y otros grandes nos animan, complejidades que Nietzsche proponía y obviedades que Paulo Cohelo no omitía, sordidez en que Allan Poe era un maestro y posibilidades infinitas que Asimov traía al pensamiento. Prensa, ciencia, religión, literatura, banalidad, tanto que he leído, logrando conservar muy poco en el recuerdo.

Canciones que he escuchado y en mis silencios apadrinado. Juegos compartidos con amigos, de quienes me alejé en un silencioso pero mutuo acuerdo. Rivalidades preñadas de victorias efímeras y derrotas merecidas. Actos cómicos para hacer reír a otros mientras lloro en tanto. Deseos reprimidos, bien por el rechazo o mal por no intentarlo. Declaraciones de amor tan asertivas en lo equivocado. Traumas de los que soy su inquilinato. Contactos con otras bocas, en un número tan escaso que me sobran dedos para contarlos. Orgasmos suicidados en el baño, fotografías rehuidas, perezas postergadas, tristezas propugnadas, sonrisas lacrimógenas. Y valga citar de nuevo aquel amor, ese amor tatuado en la piel de cuanto me fue negado.

Parece increíble, pero es cierto: cabe tanto en nada y existe tanto en mí, pese a ser inexistente la mayor parte del tiempo. Y sí, quizás algo he hecho, pero todo cabe en el calificativo de intentos que pretenden aquello que aún no puedo. Por el contrario, aquello en lo que he obrado posee tintes verdaderos de ser todo cuanto jamás debí haber hecho. Más aún, pareciera que toda acción ejercida me precipitara al extremo opuesto de cuanto pretendo al hacerlo. Peor incluso, me doy cuenta de ello y no me detengo. Se aplican en mí los pensamientos expresados por Wlliam Defoe a través del sorprendente Robinson Crusoe: “Parece existir un secreto destino que nos precipita a convertirnos en objetos de nuestra propia destrucción, a pesar de que nos demos cuenta de ello y marchemos hacia el futuro con los ojos abiertos”.

Heme aquí, con plena conciencia de mis fallos y mis aciertos, pero siendo mucho más el reflejo de los primeros. Mi soledad es digno escenario dantesco, rondan por mi silencio los murmullos de quienes por amor murieron, y su gentil consejo es que no les imite en ello, mas sordo a su dialecto en éste fatídico amor mantengo. Amo los 43 segundos registrados hace un instante por mi teléfono celular, el tiempo exacto que duró la llamada de quien pretendí mi amada, aunque hoy en día su hermosísima intención para mí no valga nada. Prefiero dejar caer los párpados con la idea fija en mi cabeza de que tal llamada fue lo que jamás será y dormir con total tranquilidad, convencido de que el mundo es aquello a lo que me dirijo en sueños y no ese ruido de fiestas que se queda afuera.

Mañana abriré los ojos a un día más; otro que a esta colección se agrega, y excepto mi edad, nada cambiará. Aún veré algún hombre jugando ajedrez con la muerte; todavía serán mis pies la balsa que se desliza sobre la estigia; mis chistes serán el Cancerbero de la amargura que ocultan; las baladas en la radio serán el abrazo que reciba cuando llore a oscuras en mi cuarto. Sentado frente a éste computador seré el Caronte que me conduzca a esos mundos que estuvieron inhabitados hasta que mi imaginación llegó a colonizarlos. Almorzando a solas rendiré homenaje a Prometo Encadenado; y cada lágrima que de mi ojo penda, será esa espada de Damocles que amenace con dar fin a mi existencia.

Absolutamente nada cambiará, seré ese retrato que permanece inamovible una vez pintado. No obstante, me aferraré a la vida que todavía se me depare, lo haré aún sin entender por qué, imploraré cumplir otros 25 años, y no una vez, quiero que en total sean tres, sumar no menos que tres cuartos de siglo. Envejecer, realmente envejecer, sin importar las consecuencias que siga trayéndome ese amor que nunca habrá de fallecer. Perpetuarme el tiempo que sea posible, para hacer de mí lo sugerido por los versos de Alma Fuerte, el poema de Piú Avanti, que, con toda convicción, culmina instando a “¡Que muerda y vocifere vengadora, ya rodando en el polvo tu cabeza!”. Pero perpetuarme, sobre todo para defender la más ciega y hermosa de las ideas, esa misma con que Roberto Benigni tituló su obra maestra: La Vida es Bella. Perpetuarme para decirlo, aunque sea en escritos que quizá jamás sean leídos, fiel reflejo mío, quien no por no ser amado, reprimo el hermoso grito de agradecimiento infinito: ¡¡Estoy Vivo!!



martes, 17 de marzo de 2020

DIAGRAMAS DE UN INSTANTE



                                                          (CUENTO)




Sentado frente al computador digitaba las últimas palabras de su propuesta, el documento se encontraba listo con anterioridad, pero considerando todo cuanto de él dependía, una última depuración del texto no estaba de más. Repasó minuciosamente todo su contenido, y al considerarse completamente satisfecho con la versión final, ejecutó la orden de impresión. Exhausto se reclinó en su asiento mientras veía cómo las páginas en blanco se introducían en la impresora para aparecer al otro extremo conteniendo ya grabadas las palabras y números en las que tenía depositada toda su esperanza de recuperar la estabilidad de sus finanzas.

El casi mudo sonido de la impresora láser servía como música de fondo a sus pensamientos. Se encontraba sumergido en el nerviosismo por la reunión a realizarse el día siguiente. A primera hora del día debía tomar un avión que le condujera a la ciudad en que algunos de los inversionistas más importantes de la nación se reunirían en torno suyo para escuchar lo que prometía ser el proyecto de mayor envergadura en los últimos años. Si lograba convencerlos no sólo estaría salvándose de la quiebra absoluta a la que lo arrojó el riesgo corrido en su ultimo negocio, uno al que le apostó la casi totalidad de su capital; en caso de disuadirlos sobre la viabilidad de ganancia en la pretensiosa empresa, también estaría garantizado el futuro económico de sus hijos.

Guardó los papeles en su maletín prestando suma atención a no olvidar alguno que pudiera afectar la exposición empresarial. Luego se dirigió a la cama en que su amorosa esposa lo aguardaba, se tendió a su lado y ella lo rodeó con sus brazos mientras susurraba cuánto lo amaba, le decía que confiaba en él y que con seguridad todo saldría bien. Fue la voz de su pareja lo último que escuchó esa noche justo antes de cerrar los ojos y sumergirse en el océano de sueños donde la reunión se llevaba a cabo con el éxito esperado; fue también aquella voz lo primero que escuchó al amanecer, anticipándose cinco minutos al despertador depositó un cálido beso en la mejilla del hombre que sentía llevar el peso del mundo sobre sus hombros, le instó a bañarse mientras ella preparaba el desayuno. Cinco minutos luego el despertador sonaba en tanto el hombre se miraba fijamente al espejo repitiendo en voz alta lo capaz que era de llevar a cabo tan imperiosa labor que se había propuesto.

Durante la ducha y el desayuno el hombre repasaba mentalmente todos los argumentos que presentaría a la junta y se formulaba a sí mismo los seguros interrogantes con que le acometerían una vez culminada su exposición. Sus pequeños hijos, ignorantes del relevante acontecimiento, acosaban a su padre con los juegos y preguntas acostumbradas de cada mañana, él los veía así como a su espléndida esposa y le aterraba la idea de fallarles nuevamente, sentía haberlo hecho al perder todo su dinero en la inversión errada, pero ahora el destino le daba la oportunidad de corregir su error, y no era una oportunidad cualquiera, era la idónea para mejorar con creces no sólo su situación actual sino también la privilegiada en que hasta hace poco estuvieran.

Dijo a sus hijos lo mucho que los amaba, les besó y se dirigió a la puerta acompañado por su esposa, frente a la casa ya aguardaba el taxi que habría de conducirle hasta el aeropuerto. Cruzaron unas últimas palabras de aliento y un último te amo, luego, ella lo vio ingresar al vehículo y partir hacia el gran negocio que les devolvería la tranquilidad. El chofer tenía sintonizada una estación musical adulto contemporánea muy propicia para la ocasión, canciones relajantes brotaban de la radio para sosegar su intranquilidad, se dejó llevar por las melodías mientras las cantaba por lo bajo intentando alejar de su mente la inmensa cantidad de cifras que había estando memorizando desde muchos días atrás. De repente, como despertando de un sueño, advirtió que el edificio a su costado derecho había permanecido estático a lo largo de toda una canción, entonces miró a su alrededor descubriendo el inmenso trancón vehicular en que estaban atrapados. Miró su reloj de pulsera y lo comparó de inmediato con el que reposaba en la parte delantera del vehículo, aún estaba bien de tiempo, pero la completa inmovilidad del tráfico comenzó a despertar su nerviosismo. Transcurridos quince minutos se habían movido escasos metros y el pánico se apoderó de él. Preguntó al chofer si no conocía alguna ruta alterna para eludir tal congestión, pero éste le explico que de poco o nada servía puesto que aún faltaba un gran trayecto para encontrarse con el desvío requerido, se hallaban completamente sujetos a la reanudación del tránsito, hasta entonces no podían hacer algo distinto a esperar.

Lo que en un principio fuera música relajante sufrió la metamorfosis en que las melódicas voces de los cantantes se le antojaron la burla del destino ante su desespero, pidió al chofer sintonizar otra emisora, preferiblemente una de esas en las que dan informes del tráfico desde un helicóptero para orientar a las personas justo antes de verse atrapadas en su situación actual. Efectivamente los informantes aéreos reportaban la congestión sugiriendo a los conductores tomar vías alternas que por supuesto ellos ya habían dejado atrás. Su alarma interna se disparó al máximo haciéndole considerar la usual idea que asalta a quienes son presas de un afán semejante, descender del auto y emprender el recorrido a pie, pero la poca cordura que aún conservaba le hizo evidente la magnitud de estupidez que significaría hacer caso a aquel impulso.

Veinte minutos luego alcanzaban el punto en que el chofer lograba tomar la desviación esperada para continuar su trayecto. La tranquilidad fue volviendo a su semblante al ver la velocidad que el taxi alcanzaba, pero no dejaba de mirar constantemente su reloj para cerciorarse del tiempo. Una vez llegaron a su destino el hombre respiró aliviado y ofreció toda su gratitud al conductor como si éste en lugar de prestarle un servicio de transporte acabase de salvarle la vida. Descendió del vehículo, una vez más consultó su reloj, y aunque no era tan temprano como le hubiera gustado estar evitando cualquier percance de última hora lo cierto era que ya se encontraba allí. Se dirigió a la aerolínea para reportar su equipaje, aguardó a su turno en la fila y posteriormente se acercó a la hermosa joven que le atendería, le dirigió una sonrisa mientras su mano derecha buscaba el pasaje de avión en el interior de su chaqueta, de inmediato la sonrisa se nubló y apareció en su rostro la expresión de horror más evidente.

Su esposa hacía el intento de comprender los ininteligibles gritos proferidos por su marido al otro lado de la línea, cuando finalmente entendió de qué se trataba, el pánico se apoderó también de ella. En ocasiones el deseo ferviente sobre una cosa es el mismo culpable de hacernos olvidar lo evidente en relación con la obtención de ésta, tal ocurrió con él, quien concentrado en todos los elementos de la reunión pasó por alto que lo más importante era estar presente en ella.

Debido a su precaria situación económica le era imposible comprar otro tiquete, realmente estaban tan mal que incluso debieron sacrificar algunos gastos del mes para poder realizar aquel viaje, les avergonzaba que sus amigos supieran lo mal que se encontraban luego de haber sido tan prestigiosa familia, un pecado muy común entre la gente con dinero que repentinamente se ve privada de él. Por lo que su esposa, quien afortunadamente ya había enviado los niños al colegio, vistió lo primero que tuvo a su alcance y emprendió la decisiva carrera. El documento de identificación que le permitiría abordar el avión se encontraba en la primera gaveta del escritorio, lugar evidente para evitar cualquier olvido, y ahora que ella lo apretaba entre sus manos no lograba comprender cómo se veían envueltos en aquella situación, la misma pregunta que se formularan unos meses atrás luego del fracaso que los llevó a la ruina.

La congestión en el tráfico de la que él fue víctima había desaparecido por completo, pero la enorme distancia no era algo tan fácil de salvar con el simple hecho de no encontrar obstrucción vehicular. Mientras tanto él se llevaba las manos al cabeza escuchando por el altoparlante el llamado para los pasajeros entre los cuales tendría que hallarse. Por su mente cruzaban sin cesar todas las palabras contenidas en el discurso que al cabo de unas horas debería estar ofreciendo a los hombres que ahora tan sólo se encontrarían con un salón de juntas repleto, pero sin alguien que les explique el motivo de su asistencia.

Tanto la mente de él como la de ella parecían reproducir las mismas escenas dantescas en su cabeza, la oleada de acreedores a los que habían estado eludiendo valiéndose de su intachable reputación, pero que ahora tendrían que enfrentar con la vergüenza de no poder responder, el embargo al que seguramente se verían sometidos por los bancos cuyas tarjetas habían excedido el crédito, la burla de los otros niños a sus pequeños hijos cuando se supiera la morosidad en que habían incurrido sus padres, esa nefasta burla, otro pecado típico de las altas esferas.

El hombre rogaba a los funcionarios de la aerolínea que retrasaran el despegue, mientras ella rogaba al conductor del taxi que acelerara excediendo el límite de velocidad, pero a uno y otro les fueron negados sus ruegos. Él presenció con impotencia cómo su avión rodaba por la pista de despegue en el momento mismo que su esposa hacía la dramática aparición corriendo por el pasillo.

A pesar de la ira y la frustración se fundieron en un abrazo mudo, sentían que el mundo bajo sus pies temblaba con la violencia del más fuerte terremoto, y sólo asidos el uno al otro eran capaces de soportar la sacudida. Sabían que lo perderían todo y ese abrazo representaba su fuerte deseo de no perder lo único que era verdaderamente suyo, lo único que nadie jamás podría quitarles a menos que ellos mismos lo decidieran.

Permanecieron abrazados durante un tiempo tan difícil de precisar como la cantidad lágrimas que rodaron por sus mejillas. Luego se sentaron a intentar pensar, ella le decía que podían cambiar el tiquete para el próximo vuelo y llamar a solicitar que aplacen la junta durante algunas horas, pero ambos sabían que las posibilidades de que ocurriera eran mínimas, bastante difícil había sido hacer coincidir a tantos empresarios en una sola reunión, y el tercer pecado de los adinerados es pensar que su tiempo es tan valioso como sus chequeras, impidiéndoles conceder un pequeño crédito horario a los necesitados de él.

De nuevo se abrazaron mientras preguntaban al cielo por qué lo injusto del destino, por qué los dioses se divierten con los humanos cuál si fueran juguetes sin alma, por qué les llenan los bolsillos de esperanza tan sólo para descubrir que están rotos y lo puesto en ellos se pierde sin falta. Eran miles las preguntas que se hacían cuando se desató la conmoción a su alrededor, guardias de seguridad gritaban, la gente corría y los altavoces transmitían mensajes que hacían un llamado a guardar la compostura. Sin terminar de comprender lo que ocurría y olvidándose por un instante de su drama personal se pusieron en pie para unirse a las masas agolpadas en torno a las pantallas de televisión. Nadie podía dar crédito a aquella visión, mucho menos él, su avión, el mismo que le conduciría al gran negocio que sería su salvación, el mismo que al despegar sin él se convertía en su perdición, ese mismo, acababa de estrellarse contra la primera de las torres gemelas.

lunes, 25 de noviembre de 2019

VELORIO DE UN PASADO PRESENTE


                                                            (CUENTO)



Aún me cuesta demasiado recordarlo sin que mis ojos humedezcan por la vívida sensación de entonces.  Por aquellos días se acercaba mi cumpleaños número 16, pero el inexorable paso del tiempo que funge de distintos modos en las personas, había hecho de mí todo un hombre algunos años atrás.

El escenario, la escuelita pública de nuestra vereda, único lugar en kilómetros a la redonda con el que contábamos para nuestros partidos de fútbol, en los pueblos le llamamos fútbol al microfútbol.  Único lugar también, al que podía atribuírsele la facultad de hacernos coincidir a todos en un sitio que no fuese la tienda de Doña Hortensia, a la cual acudíamos copiosamente a liberar nuestros bolsillos del risible peso significado por el salario de nuestros duros jornales.

El pequeño y ya trajinado balón parecía haberse quedado suspendido en el aire, como si poseyendo vida propia tuviese conocimiento previo del fuerte golpe de pierna derecha que le aguardaba al momento en que decidiera abandonar la seguridad brindada por su posición.  Todos los ojos se hallaban fijos en él, y siendo guiados por el recorrido de su descenso se encontraron con mi cuerpo dispuesto en posición de impactarle con una media volea que prometía vencer la custodia hecha por Gabriel a su arco.  Sucedió lo primero, que el balón fue recibido de primera instancia por mi botín derecho; pero la segunda intención, la de batir a mi hermano, se vio frustrada por la influencia que mi pierna ejerció sobre el esférico haciéndolo elevarse a una altura tal que todos los ojos que venían persiguiéndole habrían de ver cómo se perdía tras la humilde construcción que constituía la escuelita. Un sartal de burlas y abucheos se arrojaron hacia éste servidor, el cual jamás logró ocupar un alto lugar en la estima deportiva de los entendidos en el complejo arte del balompié aficionado.

Como hombre acatador de las informales leyes impuestas por nosotros, me di al cumplimiento de la primera y más importante de todas: “El que la bota, la trae”. Hube de pagar mi incompetencia yendo hasta donde la ladera tras la escuelita me indicara que había ido a parar el protagonista de nuestra contienda. En tanto tardaba trayendo el balón, sabía que tardaría un poco más en recobrar la aprobación de los miembros de mi equipo para seguir formando parte del mismo.

Al conquistar nuevamente la cima en que se hallaban aguardando mi regreso, me encontré con extrañeza que todos estaban en perfecto silencio y con la mirada fija en mí. “¿Qué ocurre?”, exclamé creyendo ser presa segura de una broma que se avecinaba; pero no era una broma con lo que me aguardaban.

Sólo entonces reparé en la presencia de mi hermana, y que junto a ella habían ido a reunirse mis hermanos, Gabriel y Jeremías. “¿Qué ocurre?”, pregunté de nuevo en distinto tono de voz, esperando algo que no me agradaría escuchar.  Fue Nicolás quien contestó pues Angela no se sintió capaz de repetir la noticia que acababa de darles.  “Jacinto ha muerto, lo están velando en el pueblo”. 

Jacinto era mi padre, si es que acaso cabía darle aquel inmerecido título.  No sé que razón me movió, pero emprendí por aquel camino sin pavimentar que conducía al pueblo.  Iba seguido por mis hermanos, de los cuales también ignoro la razón que los llevó a hacer lo propio.  Y en tanto mis pasos acortaban la distancia que se interponía entre mi cuerpo con vida y el cuerpo inerte del que fuera mi progenitor, comencé a escarbar en mi memoria, en busca de algún recuerdo que me hiciera sentir a tal hombre como alguien distinto del ser al que hubimos de abandonar por causa de sus malos tratos.

La primera imagen que yo tenía de él era cuanto me había sido referido por mis hermanas mayores, tan solo ellas podían asegurar haberle conocido pues vivieron con él hasta una edad en la que ya poseían conciencia plena, paralelo a la tierna edad de 5 años que yo tenía, fecha misma en que de común acuerdo mis hermanas y madre, con ayuda de algunos parientes, decidieron desterrarlo para siempre del hogar. 

Ellas debieron vivir en carne propia las golpizas y los aberrados acosos sexuales de los cuales fueron víctimas en silencio durante mucho tiempo.  Cuentan que llegaba tarde en la noche, y contrario a lo que se podría pensar, lo hacía en completo estado de sobriedad, pues justo sea decirlo, la bebida jamás fue uno de sus defectos.  Pero a falta del olor a tufo llegaba impregnado de olor a putas, las cuales sí fueron su gran defecto en la vida; no demás está decir que mi santa madre fue la única buena mujer con la que pudo haber tenido trato alguno. Al instante en que aquella abnegada esposa le hacia sus merecidos reclamos, él estallaba en cólera destrozando las cosas, olvidando de momento que sus hijas no podían ser contadas como cosas más. Era tal aquella necesidad de hembra que lo consumía, que mi madre debió estar siempre atenta a lo que pudiera acontecer del contacto de sus lascivas manos con la piel de mis hermanas, pues fue así que sólo supo tocarlas con golpes, o con sucios manoseos que no alcanzaban a recibir el calificativo de caricias. Pero la mayor crueldad era recibida por mi madre, quien al intervenir en defensa de sus hijas terminaba recibiendo todos los azotes que les correspondían, además de los ya destinados para ella.

Fue así como un día, luego de quince años de penurias que incluían doce embarazos, de los cuales prodigiosamente tan solo seis no fueron abortados a causa del salvajismo, mi madre tomó la valiente decisión de enfrentarlo. Ese día, siguiendo su sagrado ritual de cada ocho días, mi padre ataba un alambre al extremo del cable que unía a su radio de onda corta, en busca de recepcionar las emisoras de la ciudad y así seguir las narraciones de Lalo Sarmiento y Gustavo Amor, en lo que constituía su mayor esperanza para salir de la pobreza, eso, junto a la carta enviada años antes a Rockefeller pretendiendo hallar la gracia económica del magnate; pero en tanto aguardaba respuesta a su carta, sus ilusiones de dinero fácil se cifraban en la hípica, por lo que cada domingo se sentaba frente al radio con su formulario de “Cinco y Seis”, juego en el que todos los apostadores veían ir sus ilusiones tras cada carrera que no coincidía con sus designios. Él gritaba los graciosos nombres de los caballos como si en verdad tales vociferaciones pudiesen alentar al animal que corría; en tanto al interior de nuestra humilde casa, la cual no era distinta de tantas otras, con su estructura en guadua y el estucado producto de barro y boñiga, el piso en tierra, y el cuarto que con un fogón en la mitad fungiendo como cocina, tenia sus paredes y techo cubiertos del hollín que no alcanzaba a huir por la pequeña chimenea. Allí, en esa habitación se encontraba mi madre cuando escuchó el colérico grito proferido por mi padre al haber perdido hasta la última carrera del día, tras lo cual se lanzó sobre ella para descargar su ira y le gritaba que era su culpa aquella ruina. Y de repente, en medio de los golpes que le estaban siendo infringidos, cayó sobre la espalda del agresor un barillazo propinado por su hija mayor, acto seguido las otras dos grandes niñas, o por qué no decirlo, pequeñas mujercitas, dieron de palos al hombre que hasta entonces las había subyugado infamemente.

A partir de ese momento la imagen que mis hermanos y yo tuvimos de un padre fue representada por el coraje de nuestras hermanas mayores. Sería muy difícil para mí recordar algo de lo vivido en mis cinco años con ese hombre, más aún lo sería para Gabriel y Jeremías, quienes eran menores. Pero fue así que camino al lugar en que su cuerpo reposaba pasamos frente al río, y el rumor de sus aguas trajo a mí un suceso del cual solo hasta entonces puede decirse enteramente yo haya sido conocedor.

Debió ocurrir algunos meses antes del grito de independencia proferido por las mujeres de la casa. El recuerdo era demasiado difuso como para reproducir las palabras con que se dirigió a mí, también resultaba utópico reconocer en el pasado los pasos que dimos antes de llegar al río, la única certeza que me era transmitida por aquel remoto recuerdo consistía en que alguna noche casi once años atrás, mi padre reparó en el mayor de sus pequeños hijos y lo llevo consigo a lo que fue tal vez el único instante que compartirían: me llevo a pescar con él; y algunos destellos confundidos en la perdida memoria de mi infancia comenzaron a hacerse manifiestos por primera vez sólo años después, cuando el dador de ellos había muerto.

Aquella noche de plenilunio nos sentamos sobre algunas rocas en un recodo de las mansas aguas, que venidas desde lejos traían en su seno el precioso alimento constituido por el nicuro y la mojarra. Recuerdo el modo en que tomó una lombriz y la ensartó en la punta metálica al extremo del nailon que ataba a nuestras cañas caseras hechas con guadua finamente pulida. No recuerdo la gran cantidad de recomendaciones que me hizo para conducir la pesca a un final satisfactorio, tan solo recuerdo el inmenso silencio que reinó durante las largas horas en que permanecimos allí sentados a la espera de sentir que tiraran de mi caña. Y recuerdo cómo mi voz emocionada rompió el silencio gritando que algo había picado, tampoco recuerdo las palabras que él me dirigía en tanto yo enrollaba el nailon para ver cómo en el extremo de mi caña un pequeño pez se movía frenéticamente obligándome a utilizar toda mi fuerza para no permitir que se escapara. Recuerdo cómo las escamas de aquel pez eran bañadas por la intensa luz de la luna llena, haciéndole adquirir un color que se me antojó mágico, haciéndome creer que acababa de atrapar él más hermoso pez que hubiese nadado en aquellas aguas. Recordé cómo lo arrojé a mi canasta y volvimos a casa teniendo como único testigo de mi hazaña a aquel compañero, mi padre, y sólo entonces recordé algo de lo que él me hubiera dicho, cuando posando su mano sobre mi cabeza y desordenando mis cabellos exclamó, “muy bien hecho campeón”.

En tanto mi mente repasaba aquel pasaje, llegamos al lugar en que su cuerpo reposaba rodeado de sus amigos que no eran pocos, y al encontrarme frente al marco de la puerta que me separaba del hombre al cual ya habían separado de mí los años, revivió una emoción que sintiera cuatro años atrás, cuando tras discutir con mi madre sobre el hecho de no querer deshacerme de lo que, tanto ella como mis hermanas consideraban basura, me indicó que guardara entonces mi colección de revistas animadas y recortes de las tiras cómicas en un viejo baúl que había en la parte trasera de la casa como algo que perteneció a mi padre y que  yacía aún allí, tan olvidado como los deseos de recordarlo. Lo encontré en efecto, en un rincón al que jamás prestábamos atención de forma alguna que no fuese la de arrojar allí las cosas consideradas inservibles. Era un baúl rojo, hecho en fina madera, su apariencia me hizo recordar los cofres descritos en las historias de piratas, y en tanto le quitaba de encima toda la chatarra y polvo que lo cubrían, tuve el presentimiento de que como si realmente se tratara del cofre de un feroz corsario, estuviese a punto de encontrar un tesoro legendario. Luego de violar el oxidado candado que custodiaba lo que reposara en su interior, comencé a levantar la tapa muy lentamente, sintiendo en el estomago un cosquilleo avasallador, que se repetía ahora en tanto me acercaba al féretro de mi padre, podía escuchar los murmullos de la gente en torno a mí, mujeres a las que yo no conocía se encontraban en aquella estancia, de seguro todas ellas protagonistas de sus descarados amoríos. Justo cuando estuve frente a su ataúd me detuve por un instante, tal y como lo había hecho antes de mirar el contenido del baúl, para tras luego de una honda respiración, encontrarme con una inmensa cantidad de hojas, de las cuales tan solo mi padre y yo podríamos entender su valor. Se trataba de una colección de la historieta creada por Edgar Rice Burroughs, verdaderas joyas representadas en aquellas paginas plasmadas con las aventuras de Tarzán, databan del año treinta y uno, época en que cuyo ilustrador era Rex Maxón, aquel amarillento papel había sobrevivido al tiempo y aguardado allí por mí, y al tener entre mis manos ésta y otras historietas como las de Mandrake y El Fantasma que Camina, se arrojó sobre mí la luz de la verdad, al tener entre mis manos el único legado dejado por mi padre, comprendí de dónde provenía mi afición por las historietas. Había heredado de aquel hombre el amor por el noveno arte, sin haberlo sabido yo seguía sus pasos en una afición de hombres incomprendidos, al tener entre mis manos aquel papel con olor a viejo, entendí que luego de su muerte, cuando fuera que ésta sucediese, algo de mi padre continuaría vivo en mí.

Y fue así como viendo su semblante rígido y su tez ya azul, mis ojos comenzaron a humedecerse, y estando sumergido en ese instante de intimidad con el hombre que me dio la vida y la conciencia de ello luego de su muerte, permanecía ajeno a las voces que susurraban tras de mí, “aquel es su hijo”. Y aunque aquel hombre, o cadáver frente a mí, resultaba siéndome un completo desconocido, la verdad es que por un momento me pareció conocerlo más que mis hermanas, incluso más de lo que pudo haberlo conocido la mujer con la que tuvo seis preciosos hijos.

Y aunque me era imposible quererlo o sentir tristeza alguna por su partida hacia el reino de los muertos, lo único cierto es que mis lágrimas se desbordaron, y la vergüenza se apoderó de mí casi tanto como el llanto, el hijo adolorido ofreciendo un triste espectáculo. Una mano sobre mi hombro y una voz comprensiva aunque desconocida, tres palabras me dedica, tres palabras tan llenas de melancolía como vacías, tres palabras convertidas de inmediato en el eco triste de la despedida. “Mi sentido pésame”, uno voz tras otra, voces tan distintas pero palabras siempre las mismas, “Mi sentido pésame”, y con cada pésame el llanto se hace más evidente, no hay gemidos ni sollozos, tan sólo lagrimas mudas que descienden en cascada mientras me niego a admitir que existen, oculto el rostro en vano, las miradas silenciosas me perforan hasta descubrir las mejillas humedecidas, “he allí al hijo, el más amoroso de sus vástagos”.

Mejor callar y permitirles esa idea, por qué hablar y decirles lo contrario, qué sentido tendría explicar la naturaleza de mi llanto, el secreto es sólo mío, tan mío como el llanto mismo, y ambos quedarían allí enterrados, allí, sobre el cofre en que reposa un cuerpo frío; allí, a escasos centímetros de su semblante rígido. La verdadera causa de mis lagrimas está en que me acerqué tanto para convencerme de su aliento extinto que no pudieron contenerse más mis ojos, y simplemente se rindieron al ardor que les causó la fuerte concentración de formol que aplicaron al finado.

martes, 14 de mayo de 2019

AHORA ME FALTA EL ÁRBOL


                                                            (CUADERNO PERSONAL)                                           


El poeta y pensador José Martí escribió la famosa frase, “Hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”. Yo le hice caso, pero como todo en mi vida, empecé en desorden. Primero tuve el hijo, dos hijos para ser exacto. Acabo de publicar mi primer libro, ahora me falta el árbol. Pero centrémonos por esta oportunidad en la historia del libro, la de los hijos la cuento luego, y la del árbol cuando por fin lo plante.

Escribir un libro fue el primero de mis sueños siendo niño. Otros infantes sueñan con ir a la luna, con conocer a Mickey, con que su papá los reconozca, etc. Pero el primer sueño que recuerdo haber tenido, tal como lo leen, fue escribir un libro. A continuación, los pondré en contexto de por qué un anhelo nerdo a tan temprana edad.

Primero que todo, recordemos que pertenezco una generación en la que no existía Netflix, es más, no había ni siquiera televisión por cable, o sí existía, pero en mi casa no teníamos cómo pagarla. Es decir, en semana yo contaba con señal televisiva apenas desde las 4 de la tarde, y era televisión educativa, ¡tómalo, directo en la arteria de la diversión!

Segundo, mi abuelita era bastante sobreprotectora, entonces yo no podía salir mucho que digamos. Y tercero, en mi casa los libros siempre fueron artículos de primera necesidad. Mi papá estaba suscrito a una editorial llamada El Círculo de lectores, por lo que mes a mes recibíamos, sí o sí, un libro nuevo, eso sin contar todos los que él compraba de más. Para mí la biblioteca nunca fue ese mundo hasta el que mis compañeros tenían que desplazarse para poder hacer las investigaciones del colegio. Ellos debían destinar una tarde para ir a la biblioteca Luis Ángel Arango, yo tan solo miraba en los múltiples estantes de la casa y hallaba el dato requerido. Las enciclopedias por tomos de la A, a la Z, fueron mi primer google.

El no tener toda la distracción televisiva de hoy en día, fue suplido por los mundos mágicos a los que podía viajar de la mano de Julio Verne, Emilio Salgari, Jairo Anibal Niño, y muchos más, quizá por ello desde que aprendí a leer a los 5 años, libros y cómics se convirtieron en mis grandes amigos de juegos, y fue desde aquel entonces cuando empecé soñar con ver mi nombre en la portada de uno de ellos.

Tendría ya ocho años cuando llenaba cuaderno con palabras ordenadas en lo que yo consideraba poemas, y mientras escribía uno de ellos, prometí a mi abuelita que algún día escribiría un libro de cuentos. Le dije de cuentos porque era lo que más leía en aquel entonces.

Al llegar la adolescencia me puse manos a la obra en pos del sueño. Me presentaba a concursos literarios convocados por diversas entidades y casas culturales. Escribía cuentos, poemas, ensayos, incluso experimenté la novela breve. Una y otra vez lo intenté, escribir cosas para festivales en los que jamás obtuve ni una mención de honor. Persistí y persistí, pero lo único superior a mi terquedad, fue el rechazo. Y aunque jamás lograba reconocimiento alguno, escribir era tan innato y necesario en mí, que jamás consideré dejar de hacerlo.

Con los años tuve la oportunidad de incursionar escribiendo, por fin con éxito, pero en un escenario completamente inusual, el humorístico. Allí sí que me sonó la flauta, a tal nivel que empecé a ganarme la vida con ello y la aspiración literaria “seria” fue quedando relegada. Me dediqué exclusivamente a ser el comediante que quizá ustedes conozcan.

Tres décadas después de haberle prometido a mi abuelita que escribiría un libro de cuentos, la vida me presentó la oportunidad de cumplirle. Confieso que, si bien ésta ilusión seguía latente en algún rinconcito de mi alma, no había vuelto a considerarlo como algo real, por eso al tener la oportunidad no lo pensé dos veces, y hoy, meses después de una historia que habré de contarles en otra oportunidad, mi libro es una realidad, una bella realidad que me llevó a presentarlo en la pasada Feria del libro en Bogotá.

Este texto puede parecer superfluo pues no detallo a profundidad nada acerca del proceso en su escritura, pero no era ese mi interés. Tan sólo quería compartirles algo que muy posiblemente no sabían de mí, y hablando en términos cinematográficos hacer de éste breve escrito un tráiler para que se interesen en buscar el largometraje, un libro llamado “Cuentos que ni pa qué le cuento”. Se supone está en las principales librerías del país, fue editado por Intermedio Editores, sello que comparte casa con Círculo de lectores, porque la vida es así de bella, estoy vinculado a la editorial que mes a mes nutría mi hogar con sus libros, hoy quizá puede que en alguna casa estén recibiendo el mío.

La otra intensión del presente texto es invitarte a ti, amigo o amiga que me estás leyendo, es muy grande la posibilidad de que compartamos el mismo amor por la escritura, y puede que tengas por allí oculta una obra que el mundo necesita ver, porque lo que tienes por decir sé que es importante. Quiero invitarte a que te animes a escribir tu libro, es más, quiero proponerte un trato, empieza a hacerlo hoy, yo por mi parte empezaré a ver en dónde plantar el árbol, no dejemos pendientes en esta vida.



martes, 27 de noviembre de 2018

POR QUÉ ESCRIBIR


                                                    (CUADERNO PERSONAL)



Desde muy pequeño me gustó la escritura, me cuenta mi papá que a los 5 años escribí mi primer cuento, cosa poco común para un niño de esa edad. No tengo memoria de dicho cuento, pero sí recuerdo fielmente cómo a los 8 años llevaba conmigo un cuaderno en el que plasmaba intentos de poesía, y que fui sorprendido por mi profesora mientras escribía en clase. Después me hizo leer algo ante toda la clase porque ingenuamente pensaba que a mis compañeros les parecería tan admirable como a ella.

Siempre he amado la lectura, y no sólo de cómics como podrían pensar algunos. Leía de todo. Durante mis años de adolescencia fui el comúnmente denominado ratón de biblioteca, cosa que se me facilitaba por la inmensa biblioteca de mi papá. Devoraba clásicos de la literatura, obras contemporáneas, best sellers,  ciencia ficción, hasta libros de auto superación. Fue por aquella época cuando empecé a soñar con convertirme en escritor. Podía verme a mí mismo en un futuro escribiendo novelas como José Saramago. Pero mi imaginación funcionaba mejor imaginándome como escritor que escribiendo realmente. Ideas no mal faltaban, escribía frenéticamente, pero el 95% era basura, literalmente, porque lo hacía con papel y lápiz, de mi puño y letra, y dichas páginas terminaban allí, en la basura.

Participé en cuanto festival o convocatoria pude. Me presenté a festivales de poesía, cuento, ensayo, literatura infantil, incluso uno de novela corta. El resultado: jamás gané ni un madrazo. No obstante, nunca paraba de escribir. Me alentaba la historia de cómo a García Márquez el primer editor que leyó la Hojarasca le dijo que mejor se dedicara a otra cosa porque escribir no era lo suyo.

Con el tiempo la escritura por fin me dio mi primera victoria, pero no de la manera que esperaba. Gané un concurso radial de humor gracias a mis guiones. De allí me animé a participar en otro que también gané, ese a su vez me condujo a otro, y desde entonces han transcurrido 19 años en que no he parado de ganarme la vida con lo que descubrí que sí era bueno escribiendo, humor.

Mi carrera en la comedia me hizo olvidar la aspiración literaria, no obstante, jamás dejé de escribir esas otras cosas de manera paralela, quizá con una frecuencia muchísimo menor, pero siempre han estado allí. Hace años empecé este blog dedicado por completo a textos cómicos. Después las obligaciones laborales quitaron tiempo a estos divertimentos pasionales y lo fui olvidando.  Un par de veces intenté retomarlo, la última ampliando el contenido a más que humor, mezclando otros géneros, incluidos textos mucho más personales, como éste.

Confieso, no sin pena, que parte de la poca dedicación a mi blog en los últimos años obedece al desánimo producido por el escaso eco que tiene mi trabajo aquí. Para nadie es un secreto que la lectura no es un gusto de masas, y el tiempo que el blog demanda, versus el amplio rango de alcance de mis demás ocupaciones, me hacen sentir que todo el esmero depositado aquí, es energía que le robo a lo demás.

Pero estos días he recibido una serie de nuevos impulsos, ejemplos de amigos que se animaron a escribir sus libros y los publicaron, reencuentro con textos que en otrora me inspiraron, y conocer personas cuya aparición sugiere aquellas casualidades que dicen tanto. Quiero intentarlo otra vez. Creo que la escritura, entiéndase no como guiones de programas radiales, televisivos o espectáculos teatrales, sino escritura real, de esta que hablará directamente al público sin artilugios de producción o interpretación en medio, tiene conmigo esa relación de las parejas que separan por épocas, pero con tan solo coincidir en un mismo espacio vuelven a producirse mutuamente los sentimientos que les impiden olvidarse.

Intentaré retomar el blog, y más importante aún, intentaré que no me importe estarlo haciendo tan sólo para ustedes, los tres o cuatro que lo puedan estar leyendo. Por ustedes que me leen intentaré mantenerme en pie. Más importante aún, por mí que lo escribo, intentaré mantenerme en pie. Y es precisamente a ti, amigo o amiga a quien Dios bendiga por dar importancia a mis palabras, a ti quiero hacerte una promesa. No sé qué tan constante vaya a poder ser por este medio, pero el próximo año, 2019, tengo la meta, de sí o sí, por fin escribir mi primer libro. No será una novela y mucho menos una joya literaria, pero sí algo que disfrute escribiendo para que tú le disfrutes leyendo. No seré el José Saramago que de joven me soñaba siendo, pero seré el Iván Marín que jamás soñé podría llegar a ser.


lunes, 31 de julio de 2017

EL DILEMA DE LAS CAJAS

                                                      (ENSAYO)


Siempre se ha dicho que DC y Marvel son los bandos que dividen al universo geek, puede ser, pero el mundo de los coleccionistas tiene otra división: los que sacan sus artículos de la caja, y los que no. Orgullosamente pertenezco a los primeros y me desconciertan los segundos. Aunque en teoría nos gusta lo mismo, en la práctica resulta muy distinto. Lo pondré de esta forma: a ambos nos fascina el sexo, pero unos lo practicamos a nivel físico, otros lo prefieren telefónico.

Tengo amigos dueños de enormes colecciones, fue esta afición la que nos unió; pero un considerable número de ellos conserva sus piezas en las cajas, es esta característica la que nos separa. Cuando voy a sus casas y veo todos esos juguetes de la misma forma que lucían en la tienda, me siento entrando a un local de San Andresito, todo parece intacto para la venta, incluso ellos mismos se ufanan con el argumento: “Si lo sacas de la caja pierde su valor”. Yo los saco de sus cajas porque me importa un carajo cuánto queden costando una vez los haya destapado, una colección personal es algo que no debería ser considerado por su valor su futuro, para eso mejor invirtamos en finca raíz. Que alguien compre un apartamento pensando en cuánto le ganará al cabo de unos años, es un negocio. Si aplicas la misma filosofía a tus cómics, estatuas, figuras de acción, etc, eres un inversionista, no un coleccionista. De mi colección tan sólo me preocupa el qué será de ella después de mí, ¿y cómo enfrento dicha preocupación?, convirtiendo dichas posesiones en herencia verdadera, haciéndolas para mis hijos algo valioso, no por su precio, sino por las mismas razones que lo son para su padre.

Amo el olor de un juguete cuando se destapa, amo sentirlo, apreciar sus detalles, sostenerlo en mis manos, darle vida acomodándolo en posiciones imponentes o divertidas, tomarles fotos y crearles un álbum, divertirme con ellos no solo al momento de adquirirlos. Odio verlos en esa rígida posición eterna donde parecen un dibujo para clases de anatomía humana. La caja es una tumba, y como tal, al estar en ella, descansan en paz, destaparlos es hacer que se levanten de entre los muertos y sean eternos de acuerdo a cómo los cuidemos. Tener una figura de acción y no sacarla de su caja es tener un automóvil lujoso y nunca conducirlo, es comprar un libro y jamás leerlo, es tener una novia hermosa y nunca desnudarla… Es tenerla como Nacho Vidal y sólo usarla para orinar… Ok, esta última comparación no aplica, pero fue divertida.

Yo veo a los juguetes como me los mostró Toy Story. Me gusta soñar con que a media noche, cuando nadie las ve, todas mis figuras descienden de las repisas en que reposan, y juegan, y son felices. Un juguete en una caja está condenado a un eterno encierro, son juguetes tristes, son el niño que castigado en casa se limitaba a ver desde su ventana cómo los demás jugaban. El juguete en la tienda es la mascota en espera de una familia que la adopte, cuando alguien lo compra, el juguete sonríe, halló un hogar, o eso cree, porque llega a la nueva casa, pero su vida no cambia en nada, seguirá encadenado a una caja.

Los coleccionistas, todos, sufrimos el pecado de la avaricia, siempre queremos más, jamás tendremos esa figura que nos haga decir: “Ya no compro más, esta es la definitiva”. Pero tener cosas en caja, por más bellas y geeks que sean, tarde o temprano te llevarán protagonizar un capítulo del programa “Acumuladores compulsivos”. Quienes sí las destapamos, contamos con mayor espacio, la gente puede llegar, acercarse a los juguetes y contemplarlos, es un museo lo que estamos creando.

Por supuesto no pretendo cambiar la mentalidad de los Toy Box Boys, siempre nos miraremos desde distinta orilla, lo importante es disfrutar el sonido que arrastra el río. A los dos nos gusta el fútbol, pero a cada quien distinto equipo, lo importante es gozar el partido y salir abrazados del estadio hayamos ganado o perdido. Por eso mi más preciada colección sigue siendo la de amigos, los colecciono de todo tipo; tengo los que piensan como yo, y tengo los que piensan distinto, me divierto igual con ambos, aunque en casa de algunos me sienta como en local de San Andresito.



Escrito para la Revista Mall Pocket, edición 44.