lunes, 25 de noviembre de 2019

VELORIO DE UN PASADO PRESENTE


                                                            (CUENTO)



Aún me cuesta demasiado recordarlo sin que mis ojos humedezcan por la vívida sensación de entonces.  Por aquellos días se acercaba mi cumpleaños número 16, pero el inexorable paso del tiempo que funge de distintos modos en las personas, había hecho de mí todo un hombre algunos años atrás.

El escenario, la escuelita pública de nuestra vereda, único lugar en kilómetros a la redonda con el que contábamos para nuestros partidos de fútbol, en los pueblos le llamamos fútbol al microfútbol.  Único lugar también, al que podía atribuírsele la facultad de hacernos coincidir a todos en un sitio que no fuese la tienda de Doña Hortensia, a la cual acudíamos copiosamente a liberar nuestros bolsillos del risible peso significado por el salario de nuestros duros jornales.

El pequeño y ya trajinado balón parecía haberse quedado suspendido en el aire, como si poseyendo vida propia tuviese conocimiento previo del fuerte golpe de pierna derecha que le aguardaba al momento en que decidiera abandonar la seguridad brindada por su posición.  Todos los ojos se hallaban fijos en él, y siendo guiados por el recorrido de su descenso se encontraron con mi cuerpo dispuesto en posición de impactarle con una media volea que prometía vencer la custodia hecha por Gabriel a su arco.  Sucedió lo primero, que el balón fue recibido de primera instancia por mi botín derecho; pero la segunda intención, la de batir a mi hermano, se vio frustrada por la influencia que mi pierna ejerció sobre el esférico haciéndolo elevarse a una altura tal que todos los ojos que venían persiguiéndole habrían de ver cómo se perdía tras la humilde construcción que constituía la escuelita. Un sartal de burlas y abucheos se arrojaron hacia éste servidor, el cual jamás logró ocupar un alto lugar en la estima deportiva de los entendidos en el complejo arte del balompié aficionado.

Como hombre acatador de las informales leyes impuestas por nosotros, me di al cumplimiento de la primera y más importante de todas: “El que la bota, la trae”. Hube de pagar mi incompetencia yendo hasta donde la ladera tras la escuelita me indicara que había ido a parar el protagonista de nuestra contienda. En tanto tardaba trayendo el balón, sabía que tardaría un poco más en recobrar la aprobación de los miembros de mi equipo para seguir formando parte del mismo.

Al conquistar nuevamente la cima en que se hallaban aguardando mi regreso, me encontré con extrañeza que todos estaban en perfecto silencio y con la mirada fija en mí. “¿Qué ocurre?”, exclamé creyendo ser presa segura de una broma que se avecinaba; pero no era una broma con lo que me aguardaban.

Sólo entonces reparé en la presencia de mi hermana, y que junto a ella habían ido a reunirse mis hermanos, Gabriel y Jeremías. “¿Qué ocurre?”, pregunté de nuevo en distinto tono de voz, esperando algo que no me agradaría escuchar.  Fue Nicolás quien contestó pues Angela no se sintió capaz de repetir la noticia que acababa de darles.  “Jacinto ha muerto, lo están velando en el pueblo”. 

Jacinto era mi padre, si es que acaso cabía darle aquel inmerecido título.  No sé que razón me movió, pero emprendí por aquel camino sin pavimentar que conducía al pueblo.  Iba seguido por mis hermanos, de los cuales también ignoro la razón que los llevó a hacer lo propio.  Y en tanto mis pasos acortaban la distancia que se interponía entre mi cuerpo con vida y el cuerpo inerte del que fuera mi progenitor, comencé a escarbar en mi memoria, en busca de algún recuerdo que me hiciera sentir a tal hombre como alguien distinto del ser al que hubimos de abandonar por causa de sus malos tratos.

La primera imagen que yo tenía de él era cuanto me había sido referido por mis hermanas mayores, tan solo ellas podían asegurar haberle conocido pues vivieron con él hasta una edad en la que ya poseían conciencia plena, paralelo a la tierna edad de 5 años que yo tenía, fecha misma en que de común acuerdo mis hermanas y madre, con ayuda de algunos parientes, decidieron desterrarlo para siempre del hogar. 

Ellas debieron vivir en carne propia las golpizas y los aberrados acosos sexuales de los cuales fueron víctimas en silencio durante mucho tiempo.  Cuentan que llegaba tarde en la noche, y contrario a lo que se podría pensar, lo hacía en completo estado de sobriedad, pues justo sea decirlo, la bebida jamás fue uno de sus defectos.  Pero a falta del olor a tufo llegaba impregnado de olor a putas, las cuales sí fueron su gran defecto en la vida; no demás está decir que mi santa madre fue la única buena mujer con la que pudo haber tenido trato alguno. Al instante en que aquella abnegada esposa le hacia sus merecidos reclamos, él estallaba en cólera destrozando las cosas, olvidando de momento que sus hijas no podían ser contadas como cosas más. Era tal aquella necesidad de hembra que lo consumía, que mi madre debió estar siempre atenta a lo que pudiera acontecer del contacto de sus lascivas manos con la piel de mis hermanas, pues fue así que sólo supo tocarlas con golpes, o con sucios manoseos que no alcanzaban a recibir el calificativo de caricias. Pero la mayor crueldad era recibida por mi madre, quien al intervenir en defensa de sus hijas terminaba recibiendo todos los azotes que les correspondían, además de los ya destinados para ella.

Fue así como un día, luego de quince años de penurias que incluían doce embarazos, de los cuales prodigiosamente tan solo seis no fueron abortados a causa del salvajismo, mi madre tomó la valiente decisión de enfrentarlo. Ese día, siguiendo su sagrado ritual de cada ocho días, mi padre ataba un alambre al extremo del cable que unía a su radio de onda corta, en busca de recepcionar las emisoras de la ciudad y así seguir las narraciones de Lalo Sarmiento y Gustavo Amor, en lo que constituía su mayor esperanza para salir de la pobreza, eso, junto a la carta enviada años antes a Rockefeller pretendiendo hallar la gracia económica del magnate; pero en tanto aguardaba respuesta a su carta, sus ilusiones de dinero fácil se cifraban en la hípica, por lo que cada domingo se sentaba frente al radio con su formulario de “Cinco y Seis”, juego en el que todos los apostadores veían ir sus ilusiones tras cada carrera que no coincidía con sus designios. Él gritaba los graciosos nombres de los caballos como si en verdad tales vociferaciones pudiesen alentar al animal que corría; en tanto al interior de nuestra humilde casa, la cual no era distinta de tantas otras, con su estructura en guadua y el estucado producto de barro y boñiga, el piso en tierra, y el cuarto que con un fogón en la mitad fungiendo como cocina, tenia sus paredes y techo cubiertos del hollín que no alcanzaba a huir por la pequeña chimenea. Allí, en esa habitación se encontraba mi madre cuando escuchó el colérico grito proferido por mi padre al haber perdido hasta la última carrera del día, tras lo cual se lanzó sobre ella para descargar su ira y le gritaba que era su culpa aquella ruina. Y de repente, en medio de los golpes que le estaban siendo infringidos, cayó sobre la espalda del agresor un barillazo propinado por su hija mayor, acto seguido las otras dos grandes niñas, o por qué no decirlo, pequeñas mujercitas, dieron de palos al hombre que hasta entonces las había subyugado infamemente.

A partir de ese momento la imagen que mis hermanos y yo tuvimos de un padre fue representada por el coraje de nuestras hermanas mayores. Sería muy difícil para mí recordar algo de lo vivido en mis cinco años con ese hombre, más aún lo sería para Gabriel y Jeremías, quienes eran menores. Pero fue así que camino al lugar en que su cuerpo reposaba pasamos frente al río, y el rumor de sus aguas trajo a mí un suceso del cual solo hasta entonces puede decirse enteramente yo haya sido conocedor.

Debió ocurrir algunos meses antes del grito de independencia proferido por las mujeres de la casa. El recuerdo era demasiado difuso como para reproducir las palabras con que se dirigió a mí, también resultaba utópico reconocer en el pasado los pasos que dimos antes de llegar al río, la única certeza que me era transmitida por aquel remoto recuerdo consistía en que alguna noche casi once años atrás, mi padre reparó en el mayor de sus pequeños hijos y lo llevo consigo a lo que fue tal vez el único instante que compartirían: me llevo a pescar con él; y algunos destellos confundidos en la perdida memoria de mi infancia comenzaron a hacerse manifiestos por primera vez sólo años después, cuando el dador de ellos había muerto.

Aquella noche de plenilunio nos sentamos sobre algunas rocas en un recodo de las mansas aguas, que venidas desde lejos traían en su seno el precioso alimento constituido por el nicuro y la mojarra. Recuerdo el modo en que tomó una lombriz y la ensartó en la punta metálica al extremo del nailon que ataba a nuestras cañas caseras hechas con guadua finamente pulida. No recuerdo la gran cantidad de recomendaciones que me hizo para conducir la pesca a un final satisfactorio, tan solo recuerdo el inmenso silencio que reinó durante las largas horas en que permanecimos allí sentados a la espera de sentir que tiraran de mi caña. Y recuerdo cómo mi voz emocionada rompió el silencio gritando que algo había picado, tampoco recuerdo las palabras que él me dirigía en tanto yo enrollaba el nailon para ver cómo en el extremo de mi caña un pequeño pez se movía frenéticamente obligándome a utilizar toda mi fuerza para no permitir que se escapara. Recuerdo cómo las escamas de aquel pez eran bañadas por la intensa luz de la luna llena, haciéndole adquirir un color que se me antojó mágico, haciéndome creer que acababa de atrapar él más hermoso pez que hubiese nadado en aquellas aguas. Recordé cómo lo arrojé a mi canasta y volvimos a casa teniendo como único testigo de mi hazaña a aquel compañero, mi padre, y sólo entonces recordé algo de lo que él me hubiera dicho, cuando posando su mano sobre mi cabeza y desordenando mis cabellos exclamó, “muy bien hecho campeón”.

En tanto mi mente repasaba aquel pasaje, llegamos al lugar en que su cuerpo reposaba rodeado de sus amigos que no eran pocos, y al encontrarme frente al marco de la puerta que me separaba del hombre al cual ya habían separado de mí los años, revivió una emoción que sintiera cuatro años atrás, cuando tras discutir con mi madre sobre el hecho de no querer deshacerme de lo que, tanto ella como mis hermanas consideraban basura, me indicó que guardara entonces mi colección de revistas animadas y recortes de las tiras cómicas en un viejo baúl que había en la parte trasera de la casa como algo que perteneció a mi padre y que  yacía aún allí, tan olvidado como los deseos de recordarlo. Lo encontré en efecto, en un rincón al que jamás prestábamos atención de forma alguna que no fuese la de arrojar allí las cosas consideradas inservibles. Era un baúl rojo, hecho en fina madera, su apariencia me hizo recordar los cofres descritos en las historias de piratas, y en tanto le quitaba de encima toda la chatarra y polvo que lo cubrían, tuve el presentimiento de que como si realmente se tratara del cofre de un feroz corsario, estuviese a punto de encontrar un tesoro legendario. Luego de violar el oxidado candado que custodiaba lo que reposara en su interior, comencé a levantar la tapa muy lentamente, sintiendo en el estomago un cosquilleo avasallador, que se repetía ahora en tanto me acercaba al féretro de mi padre, podía escuchar los murmullos de la gente en torno a mí, mujeres a las que yo no conocía se encontraban en aquella estancia, de seguro todas ellas protagonistas de sus descarados amoríos. Justo cuando estuve frente a su ataúd me detuve por un instante, tal y como lo había hecho antes de mirar el contenido del baúl, para tras luego de una honda respiración, encontrarme con una inmensa cantidad de hojas, de las cuales tan solo mi padre y yo podríamos entender su valor. Se trataba de una colección de la historieta creada por Edgar Rice Burroughs, verdaderas joyas representadas en aquellas paginas plasmadas con las aventuras de Tarzán, databan del año treinta y uno, época en que cuyo ilustrador era Rex Maxón, aquel amarillento papel había sobrevivido al tiempo y aguardado allí por mí, y al tener entre mis manos ésta y otras historietas como las de Mandrake y El Fantasma que Camina, se arrojó sobre mí la luz de la verdad, al tener entre mis manos el único legado dejado por mi padre, comprendí de dónde provenía mi afición por las historietas. Había heredado de aquel hombre el amor por el noveno arte, sin haberlo sabido yo seguía sus pasos en una afición de hombres incomprendidos, al tener entre mis manos aquel papel con olor a viejo, entendí que luego de su muerte, cuando fuera que ésta sucediese, algo de mi padre continuaría vivo en mí.

Y fue así como viendo su semblante rígido y su tez ya azul, mis ojos comenzaron a humedecerse, y estando sumergido en ese instante de intimidad con el hombre que me dio la vida y la conciencia de ello luego de su muerte, permanecía ajeno a las voces que susurraban tras de mí, “aquel es su hijo”. Y aunque aquel hombre, o cadáver frente a mí, resultaba siéndome un completo desconocido, la verdad es que por un momento me pareció conocerlo más que mis hermanas, incluso más de lo que pudo haberlo conocido la mujer con la que tuvo seis preciosos hijos.

Y aunque me era imposible quererlo o sentir tristeza alguna por su partida hacia el reino de los muertos, lo único cierto es que mis lágrimas se desbordaron, y la vergüenza se apoderó de mí casi tanto como el llanto, el hijo adolorido ofreciendo un triste espectáculo. Una mano sobre mi hombro y una voz comprensiva aunque desconocida, tres palabras me dedica, tres palabras tan llenas de melancolía como vacías, tres palabras convertidas de inmediato en el eco triste de la despedida. “Mi sentido pésame”, uno voz tras otra, voces tan distintas pero palabras siempre las mismas, “Mi sentido pésame”, y con cada pésame el llanto se hace más evidente, no hay gemidos ni sollozos, tan sólo lagrimas mudas que descienden en cascada mientras me niego a admitir que existen, oculto el rostro en vano, las miradas silenciosas me perforan hasta descubrir las mejillas humedecidas, “he allí al hijo, el más amoroso de sus vástagos”.

Mejor callar y permitirles esa idea, por qué hablar y decirles lo contrario, qué sentido tendría explicar la naturaleza de mi llanto, el secreto es sólo mío, tan mío como el llanto mismo, y ambos quedarían allí enterrados, allí, sobre el cofre en que reposa un cuerpo frío; allí, a escasos centímetros de su semblante rígido. La verdadera causa de mis lagrimas está en que me acerqué tanto para convencerme de su aliento extinto que no pudieron contenerse más mis ojos, y simplemente se rindieron al ardor que les causó la fuerte concentración de formol que aplicaron al finado.

martes, 14 de mayo de 2019

AHORA ME FALTA EL ÁRBOL


                                                            (CUADERNO PERSONAL)                                           


El poeta y pensador José Martí escribió la famosa frase, “Hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”. Yo le hice caso, pero como todo en mi vida, empecé en desorden. Primero tuve el hijo, dos hijos para ser exacto. Acabo de publicar mi primer libro, ahora me falta el árbol. Pero centrémonos por esta oportunidad en la historia del libro, la de los hijos la cuento luego, y la del árbol cuando por fin lo plante.

Escribir un libro fue el primero de mis sueños siendo niño. Otros infantes sueñan con ir a la luna, con conocer a Mickey, con que su papá los reconozca, etc. Pero el primer sueño que recuerdo haber tenido, tal como lo leen, fue escribir un libro. A continuación, los pondré en contexto de por qué un anhelo nerdo a tan temprana edad.

Primero que todo, recordemos que pertenezco una generación en la que no existía Netflix, es más, no había ni siquiera televisión por cable, o sí existía, pero en mi casa no teníamos cómo pagarla. Es decir, en semana yo contaba con señal televisiva apenas desde las 4 de la tarde, y era televisión educativa, ¡tómalo, directo en la arteria de la diversión!

Segundo, mi abuelita era bastante sobreprotectora, entonces yo no podía salir mucho que digamos. Y tercero, en mi casa los libros siempre fueron artículos de primera necesidad. Mi papá estaba suscrito a una editorial llamada El Círculo de lectores, por lo que mes a mes recibíamos, sí o sí, un libro nuevo, eso sin contar todos los que él compraba de más. Para mí la biblioteca nunca fue ese mundo hasta el que mis compañeros tenían que desplazarse para poder hacer las investigaciones del colegio. Ellos debían destinar una tarde para ir a la biblioteca Luis Ángel Arango, yo tan solo miraba en los múltiples estantes de la casa y hallaba el dato requerido. Las enciclopedias por tomos de la A, a la Z, fueron mi primer google.

El no tener toda la distracción televisiva de hoy en día, fue suplido por los mundos mágicos a los que podía viajar de la mano de Julio Verne, Emilio Salgari, Jairo Anibal Niño, y muchos más, quizá por ello desde que aprendí a leer a los 5 años, libros y cómics se convirtieron en mis grandes amigos de juegos, y fue desde aquel entonces cuando empecé soñar con ver mi nombre en la portada de uno de ellos.

Tendría ya ocho años cuando llenaba cuaderno con palabras ordenadas en lo que yo consideraba poemas, y mientras escribía uno de ellos, prometí a mi abuelita que algún día escribiría un libro de cuentos. Le dije de cuentos porque era lo que más leía en aquel entonces.

Al llegar la adolescencia me puse manos a la obra en pos del sueño. Me presentaba a concursos literarios convocados por diversas entidades y casas culturales. Escribía cuentos, poemas, ensayos, incluso experimenté la novela breve. Una y otra vez lo intenté, escribir cosas para festivales en los que jamás obtuve ni una mención de honor. Persistí y persistí, pero lo único superior a mi terquedad, fue el rechazo. Y aunque jamás lograba reconocimiento alguno, escribir era tan innato y necesario en mí, que jamás consideré dejar de hacerlo.

Con los años tuve la oportunidad de incursionar escribiendo, por fin con éxito, pero en un escenario completamente inusual, el humorístico. Allí sí que me sonó la flauta, a tal nivel que empecé a ganarme la vida con ello y la aspiración literaria “seria” fue quedando relegada. Me dediqué exclusivamente a ser el comediante que quizá ustedes conozcan.

Tres décadas después de haberle prometido a mi abuelita que escribiría un libro de cuentos, la vida me presentó la oportunidad de cumplirle. Confieso que, si bien ésta ilusión seguía latente en algún rinconcito de mi alma, no había vuelto a considerarlo como algo real, por eso al tener la oportunidad no lo pensé dos veces, y hoy, meses después de una historia que habré de contarles en otra oportunidad, mi libro es una realidad, una bella realidad que me llevó a presentarlo en la pasada Feria del libro en Bogotá.

Este texto puede parecer superfluo pues no detallo a profundidad nada acerca del proceso en su escritura, pero no era ese mi interés. Tan sólo quería compartirles algo que muy posiblemente no sabían de mí, y hablando en términos cinematográficos hacer de éste breve escrito un tráiler para que se interesen en buscar el largometraje, un libro llamado “Cuentos que ni pa qué le cuento”. Se supone está en las principales librerías del país, fue editado por Intermedio Editores, sello que comparte casa con Círculo de lectores, porque la vida es así de bella, estoy vinculado a la editorial que mes a mes nutría mi hogar con sus libros, hoy quizá puede que en alguna casa estén recibiendo el mío.

La otra intensión del presente texto es invitarte a ti, amigo o amiga que me estás leyendo, es muy grande la posibilidad de que compartamos el mismo amor por la escritura, y puede que tengas por allí oculta una obra que el mundo necesita ver, porque lo que tienes por decir sé que es importante. Quiero invitarte a que te animes a escribir tu libro, es más, quiero proponerte un trato, empieza a hacerlo hoy, yo por mi parte empezaré a ver en dónde plantar el árbol, no dejemos pendientes en esta vida.



martes, 27 de noviembre de 2018

POR QUÉ ESCRIBIR


                                                    (CUADERNO PERSONAL)



Desde muy pequeño me gustó la escritura, me cuenta mi papá que a los 5 años escribí mi primer cuento, cosa poco común para un niño de esa edad. No tengo memoria de dicho cuento, pero sí recuerdo fielmente cómo a los 8 años llevaba conmigo un cuaderno en el que plasmaba intentos de poesía, y que fui sorprendido por mi profesora mientras escribía en clase. Después me hizo leer algo ante toda la clase porque ingenuamente pensaba que a mis compañeros les parecería tan admirable como a ella.

Siempre he amado la lectura, y no sólo de cómics como podrían pensar algunos. Leía de todo. Durante mis años de adolescencia fui el comúnmente denominado ratón de biblioteca, cosa que se me facilitaba por la inmensa biblioteca de mi papá. Devoraba clásicos de la literatura, obras contemporáneas, best sellers,  ciencia ficción, hasta libros de auto superación. Fue por aquella época cuando empecé a soñar con convertirme en escritor. Podía verme a mí mismo en un futuro escribiendo novelas como José Saramago. Pero mi imaginación funcionaba mejor imaginándome como escritor que escribiendo realmente. Ideas no mal faltaban, escribía frenéticamente, pero el 95% era basura, literalmente, porque lo hacía con papel y lápiz, de mi puño y letra, y dichas páginas terminaban allí, en la basura.

Participé en cuanto festival o convocatoria pude. Me presenté a festivales de poesía, cuento, ensayo, literatura infantil, incluso uno de novela corta. El resultado: jamás gané ni un madrazo. No obstante, nunca paraba de escribir. Me alentaba la historia de cómo a García Márquez el primer editor que leyó la Hojarasca le dijo que mejor se dedicara a otra cosa porque escribir no era lo suyo.

Con el tiempo la escritura por fin me dio mi primera victoria, pero no de la manera que esperaba. Gané un concurso radial de humor gracias a mis guiones. De allí me animé a participar en otro que también gané, ese a su vez me condujo a otro, y desde entonces han transcurrido 19 años en que no he parado de ganarme la vida con lo que descubrí que sí era bueno escribiendo, humor.

Mi carrera en la comedia me hizo olvidar la aspiración literaria, no obstante, jamás dejé de escribir esas otras cosas de manera paralela, quizá con una frecuencia muchísimo menor, pero siempre han estado allí. Hace años empecé este blog dedicado por completo a textos cómicos. Después las obligaciones laborales quitaron tiempo a estos divertimentos pasionales y lo fui olvidando.  Un par de veces intenté retomarlo, la última ampliando el contenido a más que humor, mezclando otros géneros, incluidos textos mucho más personales, como éste.

Confieso, no sin pena, que parte de la poca dedicación a mi blog en los últimos años obedece al desánimo producido por el escaso eco que tiene mi trabajo aquí. Para nadie es un secreto que la lectura no es un gusto de masas, y el tiempo que el blog demanda, versus el amplio rango de alcance de mis demás ocupaciones, me hacen sentir que todo el esmero depositado aquí, es energía que le robo a lo demás.

Pero estos días he recibido una serie de nuevos impulsos, ejemplos de amigos que se animaron a escribir sus libros y los publicaron, reencuentro con textos que en otrora me inspiraron, y conocer personas cuya aparición sugiere aquellas casualidades que dicen tanto. Quiero intentarlo otra vez. Creo que la escritura, entiéndase no como guiones de programas radiales, televisivos o espectáculos teatrales, sino escritura real, de esta que hablará directamente al público sin artilugios de producción o interpretación en medio, tiene conmigo esa relación de las parejas que separan por épocas, pero con tan solo coincidir en un mismo espacio vuelven a producirse mutuamente los sentimientos que les impiden olvidarse.

Intentaré retomar el blog, y más importante aún, intentaré que no me importe estarlo haciendo tan sólo para ustedes, los tres o cuatro que lo puedan estar leyendo. Por ustedes que me leen intentaré mantenerme en pie. Más importante aún, por mí que lo escribo, intentaré mantenerme en pie. Y es precisamente a ti, amigo o amiga a quien Dios bendiga por dar importancia a mis palabras, a ti quiero hacerte una promesa. No sé qué tan constante vaya a poder ser por este medio, pero el próximo año, 2019, tengo la meta, de sí o sí, por fin escribir mi primer libro. No será una novela y mucho menos una joya literaria, pero sí algo que disfrute escribiendo para que tú le disfrutes leyendo. No seré el José Saramago que de joven me soñaba siendo, pero seré el Iván Marín que jamás soñé podría llegar a ser.


lunes, 31 de julio de 2017

EL DILEMA DE LAS CAJAS

                                                      (ENSAYO)


Siempre se ha dicho que DC y Marvel son los bandos que dividen al universo geek, puede ser, pero el mundo de los coleccionistas tiene otra división: los que sacan sus artículos de la caja, y los que no. Orgullosamente pertenezco a los primeros y me desconciertan los segundos. Aunque en teoría nos gusta lo mismo, en la práctica resulta muy distinto. Lo pondré de esta forma: a ambos nos fascina el sexo, pero unos lo practicamos a nivel físico, otros lo prefieren telefónico.

Tengo amigos dueños de enormes colecciones, fue esta afición la que nos unió; pero un considerable número de ellos conserva sus piezas en las cajas, es esta característica la que nos separa. Cuando voy a sus casas y veo todos esos juguetes de la misma forma que lucían en la tienda, me siento entrando a un local de San Andresito, todo parece intacto para la venta, incluso ellos mismos se ufanan con el argumento: “Si lo sacas de la caja pierde su valor”. Yo los saco de sus cajas porque me importa un carajo cuánto queden costando una vez los haya destapado, una colección personal es algo que no debería ser considerado por su valor su futuro, para eso mejor invirtamos en finca raíz. Que alguien compre un apartamento pensando en cuánto le ganará al cabo de unos años, es un negocio. Si aplicas la misma filosofía a tus cómics, estatuas, figuras de acción, etc, eres un inversionista, no un coleccionista. De mi colección tan sólo me preocupa el qué será de ella después de mí, ¿y cómo enfrento dicha preocupación?, convirtiendo dichas posesiones en herencia verdadera, haciéndolas para mis hijos algo valioso, no por su precio, sino por las mismas razones que lo son para su padre.

Amo el olor de un juguete cuando se destapa, amo sentirlo, apreciar sus detalles, sostenerlo en mis manos, darle vida acomodándolo en posiciones imponentes o divertidas, tomarles fotos y crearles un álbum, divertirme con ellos no solo al momento de adquirirlos. Odio verlos en esa rígida posición eterna donde parecen un dibujo para clases de anatomía humana. La caja es una tumba, y como tal, al estar en ella, descansan en paz, destaparlos es hacer que se levanten de entre los muertos y sean eternos de acuerdo a cómo los cuidemos. Tener una figura de acción y no sacarla de su caja es tener un automóvil lujoso y nunca conducirlo, es comprar un libro y jamás leerlo, es tener una novia hermosa y nunca desnudarla… Es tenerla como Nacho Vidal y sólo usarla para orinar… Ok, esta última comparación no aplica, pero fue divertida.

Yo veo a los juguetes como me los mostró Toy Story. Me gusta soñar con que a media noche, cuando nadie las ve, todas mis figuras descienden de las repisas en que reposan, y juegan, y son felices. Un juguete en una caja está condenado a un eterno encierro, son juguetes tristes, son el niño que castigado en casa se limitaba a ver desde su ventana cómo los demás jugaban. El juguete en la tienda es la mascota en espera de una familia que la adopte, cuando alguien lo compra, el juguete sonríe, halló un hogar, o eso cree, porque llega a la nueva casa, pero su vida no cambia en nada, seguirá encadenado a una caja.

Los coleccionistas, todos, sufrimos el pecado de la avaricia, siempre queremos más, jamás tendremos esa figura que nos haga decir: “Ya no compro más, esta es la definitiva”. Pero tener cosas en caja, por más bellas y geeks que sean, tarde o temprano te llevarán protagonizar un capítulo del programa “Acumuladores compulsivos”. Quienes sí las destapamos, contamos con mayor espacio, la gente puede llegar, acercarse a los juguetes y contemplarlos, es un museo lo que estamos creando.

Por supuesto no pretendo cambiar la mentalidad de los Toy Box Boys, siempre nos miraremos desde distinta orilla, lo importante es disfrutar el sonido que arrastra el río. A los dos nos gusta el fútbol, pero a cada quien distinto equipo, lo importante es gozar el partido y salir abrazados del estadio hayamos ganado o perdido. Por eso mi más preciada colección sigue siendo la de amigos, los colecciono de todo tipo; tengo los que piensan como yo, y tengo los que piensan distinto, me divierto igual con ambos, aunque en casa de algunos me sienta como en local de San Andresito.



Escrito para la Revista Mall Pocket, edición 44.


jueves, 18 de mayo de 2017

EL RETO DEL DELFÍN ROSADO

                                                          (HUMOR)



Si usted vive tan despistado que no ha escuchado las noticias sobre “El reto de la ballena azul”, le resumo: Un culicagado ruso al que sus papás no le dieron suficiente correa, se inventó un jueguito que increíblemente se popularizó entre algunos jóvenes alrededor del mundo. Pero no estamos hablando de los juegos que se popularizaban en mi época, el yoyo, el balero, las canicas, la pirinola; No, aquí el administrador de un grupo en Facebook lanza una serie de 50 pruebas, las primeras pueden ser comerse un chile picante sin tomar agua, o echarse limón en los ojos. Hasta ahí, normal, estúpido, pero normal, nada que no hagan los youtubers en busca de likes. Pero los retos empiezan a aumentar su dificultad hasta arriesgar la integridad física de sus jugadores: pararse al borde de un puente haciendo equilibrio en un pie, quedarse quieto en la mitad de una avenida transitada, y la prueba final, atentar contra su propia vida.

Si un degeneradito ruso fue capaz de hacer que tantos buenos chicos se quitaran la vida, me dije, “¿Por qué no intento yo popularizar un juego que les haga amarla?” Según tengo entendido, él bautizó a su reto la ballena azul porque dichos mamíferos se acercan a las costas a morir por decisión propia, pues yo bautizaré al mío “El reto del Delfín Rosado”. ¿Por qué? Porque es un animal en vía de extinción, y estoy seguro de que si entrevistáramos a un Delfín Rosado, él diría: “Pues a pesar de mi color, la verdad es que lo último que quiero es morirme”.

Mis 50 pruebas son tan oscuras que bien podrían llamarse 50 sombras de Marín, pero sé que no se virilizarán como las pruebas suicidas porque las cosas malas suelen esparcirse con mayor eficacia, allí está el ejemplo del reggaetón. Pero escribo esto con la ilusión de que un simple texto tenga la capacidad de distraerlos y hacerles pensar, “Este texto es tan tonto como mi idea de matarme. Mejor voy a salir a vivir la vida y buscar morirme, pero de la risa”.

BIENVENIDOS AL RETO DEL DELFÍN ROSADO

1.    Explica qué quiso decir Ricardo Arjona con la frase: “Dame tus dudas para hacerme una pulsera” … Lo sé, está muy difícil para ser apenas la primera, pero puedes irlo resolviendo por los laditos mientras completas las otras pruebas.
2.    Pasa por lo menos 15 días sin tomarte una selfie. (Si eres mujer se vale una semana, sabemos que para ustedes equivale a una eternidad).
3.    Debes ver un capítulo entero de La Rosa de Guadalupe… Sin reírte.
4.    Encuentra un mimo de parque e imítalo tú a él hasta que se empute y lo hagas hablar.
5.    Entra a una clase de zumba e intenta salir con tu dignidad intacta.
6.    Organiza un grupo autoayuda para todas las personas que jamás lograron superar el final de Lost. Allá nos vemos.
7.    Intenta enseñarle a expresarse a “Epa Colombia” … Tranquilo, dijimos intentar, no esperamos un milagro.
8.    Vaticina cuál será el próximo vaticinio de Los Simpson.
9.    Llega vestid@ como Lady Gaga a una reunión familiar y graba los comentarios que hagan las tías.
10. Ve “El olor de la papaya verde” sin bostezar ni una sola vez. Te lo juro, hay una película que se llama así. Eso sí, no sé si se consigue en una tienda de DVDs o en una plaza de mercado.
11. Asiste a la reunión de un negocio multinivel y diles que no crees poder llegar a “Esmeralda”, pero que desde siempre te han considerado toda una joyita.
12. Convence a un testigo de Jehová de salir a tomarse unas polas.
13. Párate una noche a la entrada de un motel, y a todo el que vaya entrando grítale “¡Sonríe!”, y cuando hagan cara de no entender, tómales la foto.
14. Detecta a alguien que arroje basura a la calle, recógela, síguelo hasta su casa, y vuélvesela a tirar frente a su puerta por cochino.
15. Haz lo mismo de la basura en el punto anterior, pero con la plasta de mierda del que no recoja lo que hace su perrito.
16. Dale un calvazo al que diga que no ve “The Walking Dead” con el argumento de que no le gustan las historias de zombies.
17. Ve a una orgía y escóndele la ropa a todo el mundo.
18. Ve a un juego de golf, y cuando el tipo vaya a golpear la bola grita “¡Gooool!”.
19. Entra desnud@ a una tienda, con cara de preocupación pregunta qué año es, y después di que te urge encontrar a Sarah Connors.
20. Si no entendiste el anterior punto, busca un amigo geek que te lo explique.
21. Sigue las instrucciones de un programa de cocina e intenta que la comida te quede igual que a la del chef.
22. Lee la palabra “Despacito”, e intenta no meterle el ritmo de la canción de Fonsi.
23. Aprende a bailar el Rastastas como la gordita del video.
24. Organiza en el estadio las primeras barras no bravas… Que insulten con decencia con expresiones como: “Oh, señor referí, su decisión errada nos hace considerarlo momentáneamente como un hijo de mujer que brinda servicio sexual”.
25. No olvides el reto de la frase de la canción de Arjona.
26. Mira un vídeo de Maluma sin hacer ningún comentario sarcástico. Si eres mujer, mira un video de Maluma sin morderte los labios.
27. Acércate a la lavadora e intenta adivinar cómo funciona esa vaina.
28. Sal a coger un taxi en plena hora pico. ¡Ojo!, llamar Uber no cuenta, debe ser taxi, por eso se llama reto.
29. Emprende la aventura de ir a un lugar misterioso que los mayores llaman “Biblioteca”, y ya entrados en gastos, entra en contacto con esos extraños objetos a los que les dicen “Libros”.
30. Así no reserves nada, entra a consultar algún hotel en Trivago, hazlo sólo para ver si algún día dejan de pasar ese comercial tan desesperante.
31. Intenta adivinar cuál es la verdadera profesión de Condorito.
32. Busca una utilidad aplicable en la vida real al hecho de saber factorizar. No se vale decir que sirve para escribir otro Algebra de Baldor.
33. Dale a tu cuerpo alegría Macarena, que tu cuerpo es pa´ darle alegra y cosa buena.
34. Busca una sola canción de reggaetón en la que no pronuncien el nombre del artista que la interpreta.
35.  Atrévete a soñar con un mundo mejor… Aunque sea Pandora, el mundo de Avatar.
36. Entra a Youtube y resiste la tentación de terminar viendo el vídeo casero de un bebé, o un gato… O aún peor, de un bebé gato.
37. Planta un árbol… ¿Demasiado sencillo, cierto?... Precisamente por eso todos deberíamos hacerlo sin necesidad de un reto.
38. Ve a Venezuela, disfrázate de vaca y espera a que Nicolás Maduro te ofrezca el cargo de diputada, acepta el trabajo, hazte su mejor amiga y destruye esa dictadura desde adentro. Suena descabellado el plan, pero estamos hablando de Maduro, todo es posible.
39. Ten presente el cumpleaños de un amigo sin que deba ser el Facebook quien te lo recuerde.
40. Comparte de nuevo con tu familia. Juega con ellos un juego de mesa. No se vale sentarse en la mesa a jugar con la Tablet.
41. Llama algún viejo conocido al que le hayas quedado debiendo dinero. Dile que aún no vas a pagarle, pero que lo has pensado mucho.
42. Vuélvete hincha de un equipo de fútbol de Bolivia. ¿Por qué no? Tampoco somos españoles y decimos que somos de Barcelona o del Real.
43. Adopta un perro de la calle, luego pasa con él frente a un restaurante chino y dile: “Mira de lo que te salvé”.
44. Se dice que todos tenemos un doble en el mundo… Busca al tuyo… Y elimínalo, porque como tú no hay dos.
45. Busca la forma de ver “El Oasis”, telenovela que protagonizó Shakira en los 90s. Te devolverá la fe porque ahí verás cuánto puede cambiar la gente.
46. Compra un boleto de lotería y regálaselo a un mendigo. Sin miedo. ¿O crees que él tiene más suerte que tú?
47. Paga seis meses de inscripción a un gimnasio e intenta ir, por lo menos a hacerle la charla al entrenador.
48. Canta a todo pulmón una canción de los Backstreet Boys… Y si no sabes quienes son los Backstreet Boys, será mejor que reconsideres el reto de la ballena azul.
49. En este punto, admite que ya no pudiste, escríbele a Ricardo Arjona y pídele que te explique qué quiso decir con: “Dame tus dudas para hacerme una pulsera”.

50. Asiste a un show de Iván Marín sin pedir cortesías, ríe a carcajadas, y al final de la función párate y grita: “¡Acabo de ganar el reto del delfín rosado!”

viernes, 7 de abril de 2017

PELÍCULAS BÍBLICAS

                                                             (HUMOR)


No sé si a toda mi generación le habrá ocurrido, o si fue por haber sido criado por mi abuelita, pero cuando yo era niño, el plan de semana santa era quedarse en casa viendo películas bíblicas. Uno disfrutaba repitiéndose cada año Jesús de Nazaret, y sufríamos igual, como si en algún lugar del corazón albergáramos la esperanza de que ahora sí lo liberaran a él y crucificaran a Barrabás. Y cada vez que la película terminaba, mi abuelita me repetía sagradamente lo mismo: “mijito, él murió por usted”, a lo que siempre quise responder: “¿Y yo qué culpa tengo de esa trillada que acaban de pegarle?”, pero jamás lo dije, o la trillada me la pegarían a mí.

Lo cierto es que estas cintas me emocionaban mucho, y debo admitirlo, son tal vez el único caso en que he dicho que prefiero ver la película a leer el libro. En mi cabeza se mezclaban con argumentos de otras historias, por ejemplo: en la película de José, el intérprete de sueños, siempre me imaginé que en uno de sus sueños del emperador se aparecía Freddy Kruger y les jodía todo; o que cuando Moisés huía de Egipto, a través del mar rojo lo perseguía Terminator. Yo le contaba a mi abuelita estas versiones alternativas, ella se reía y decía: “mijito, ojalá esa imaginación me le dé para vivir algún día”, y ahí lo tienen, ella resultó ser tan clarividente como el mismo José.

Eso sí, hubo dos películas que no pude ver. La primera: El mártir del calvario. Las señoras del barrio decían que era la mejor película sobre Jesús, pero jamás la dieron en tv, y ahora que lo pienso resulta gracioso recordar cómo ellas discutían qué actor fue un mejor Jesús, hagan de cuenta los frikis de hoy en día argumentando si es mejor el Batman de Ben Afleck o el de Chistian Bale. La segunda película que no logré ver se llama: Quo Vadis. No sé si es algo en su título, pero jamás me atrapó, físicamente me era imposible permanecer frente al televisor cuando la daban, y esa sí la repetían con una insistencia que llegué a pensar la ponían solo esperando que yo por fin la viera.

Con el paso de los años las películas bíblicas fueron evolucionando, mas no nosotros de la mano con ellas. La pasión de Cristo por ejemplo, la versión más cruda y desgarradora sobre el sacrificio de Jesús, pero por más que su director Mel Gibson se esforzó en impactarnos con esta barbarie, la gente en el cine comía crispeta como si nada, las noticias del medio día nos convirtieron en una raza capaz de digerir mejor los alimentos si nos muestran cosas sangrientas. El más impactado escasamente dijo: “uy, pero se le dieron garra a Chuchito”.

En los últimos años Hollywood ha hecho mega producciones bíblicas que irónicamente han alejado a su público objetivo, “Éxodo, dioses y reyes”, por citar una. No sabemos si su director Ridley Scott es ateo y quería destruir la fe desde adentro, pero esta vaina literalmente no logró salvarla ni Dios. Uno veía a Christian Bale pedaleando por sacar adelante ese hueso, y solo habría podido conseguirlo si en el momento de enfrentar a Ramsés, se hubiera puesto la máscara y dicho con voz gutural: “¡Soy Batman!”.

Pero cualquier cosa palidece ante la mamá de las películas enmarihuanadas, “Noé”, cinta de Darren Aronofsky con Russell Crowe como protagonista, sí señores, Russell Crowe, nada más y nada menos que nuestro Maximus en Gladiador (la que sí dirigió bien Ridley Scott). Como que un buen día don Darren pensó: “el problema de las películas bíblicas es que siempre se limitan a contar la versión de la biblia, así que voy a inventarme la mía”, acto seguido se fumó un bareto de un tamaño que habría asustado al mismísimo Bob Marley, y concibió una película que si me pongo a describir en todos sus detalles alucinógenos terminaría escribiendo una tesis, por eso me limitaré a mencionar lo más me marcó de todo. Resulta que para hacer frente a un ejército de bárbaros que quieren quitarle su barquito, Noé termina recibiendo ayuda de unos Transformers gigantes de piedra, si no han visto la película, se los juro, imagínense al tatarabuelo de Optimus Prime boleando puño y pata en una batalla épica que de haber estado en la Biblia, me habría devorado el libro como el señor de los anillos.


Me temo que mis hijos ya jamás compartirán la emoción de sentarse a ver Sansón y Dalila, Ben-Hur, Abraham, El Rey David, y tantas otras. Así que me limitaré a escuchar cómo me cuentan sus propias historias, esas en la que mezcla la trama de Avatar con la de Frozen, y yo pensando que si Darren Aronofky lo hizo, ¿por qué ellos no? Sonreiré y diré, “Ay, mis amores, ojalá esa imaginación me les dé para vivir algún día”.

jueves, 30 de marzo de 2017

SUEÑOS CÍCLICOS

                                                    (CUENTO)


Estaban a punto de besarse, pero justo cuando sus labios se encontraban, él despertó para descubrirse solo en su cama. Sus lágrimas fluyeron mientras se sentía miserable por la forma en que sus sueños lograban confundirlo, haciéndole creerse feliz tan sólo para despertarse luego y descubrir la realidad de su pesadilla.

Y entonces tomó la foto que de ella conservaba junto a su cama, durante unos minutos se quedó mirándola y pensó, quizá no pueda besar ni su cuerpo ni su alma, pero besaré su imagen que para mí es sagrada, dirigió sus labios hacía el retrato y justo cuando iba a depositar allí su suave beso, ocurrió que ella despertó sola en su cama, sintiéndose triste al descubrir que tan sólo era un sueño el que su hombre amado la extrañaba.

Entonces tomó las cartas que de él conservaba, y de nuevo repasó con sus ojos aquellas palabras. No entendía por qué lo hacía si ya su memoria se sabía a la perfección aquellas líneas, no obstante las leía para recordar la época en que él le prometía que por siempre la amaría, y como ocurría cada vez cuando lo hacía, fue habitada por el llanto, una lagrima descendía por su mejilla e iba a caer directamente sobre aquel papel lleno de versos, pero justo antes de tocarlo, él despertó para descubrirse solo en su cama. Sus lágrimas fluyeron mientras se sentía miserable por la forma en que sus sueños lograban confundirlo, haciéndole creerse feliz tan sólo para despertarse luego y descubrir la realidad de su pesadilla. Y entonces tomó la foto que de ella conservaba junto a su cama…