viernes, 12 de junio de 2020

CEGUERA


                                                      (CUENTO)



Por aquellos designios divinos que no logramos comprender, él nació sin vista. Su existencia entera había estado sumida en la penumbra. Pero esos mismos designios que se manifiestan a su antojo, hicieron que fuera elegido para la primera intervención quirúrgica con que se buscaría dar la vista a un ciego de nacimiento.

El hombre fue operado y el experimentó se declaró un éxito. Aquel mundo de luz y formas maravilló al hombre y de inmediato quiso ver todo lo que le fuera posible. Lo pusieron frente al televisor para que en un instante pudiera condensar la mayor cantidad de imágenes, pero la pantalla en ese momento transmitía en las noticias el cubrimiento de la guerra. Fue así como lo primero que este hombre vio, es que al mundo tan sólo le habitan ciegos.


miércoles, 3 de junio de 2020

APOCALIPSIS

                                                                 (CUENTO)



Era una tranquila y bella mañana para el Capitán Chris McBride. Su nave se deslizaba suavemente sobre las aguas del Océano Pacifico. Desde su torre de mando era invadido por pensamientos tan cálidos como el sol que asomaba tras la lejana línea del horizonte. Algunos de sus hombres apostados en cubierta contemplaban el paisaje en medio de amenas pláticas, cuando de repente, su desarrollado instinto de experimentado marino le puso sobre aviso. Escrutó con la mirada en todas las direcciones del inmenso tapete azul que les rodeaba, pero ese primer intento de encontrar el motivo de su inquietud resultó infructuoso. Dio la voz de alarma y los entrenados hombres asumieron sus respectivos puestos sin terminar de comprender lo que pasaba. Los vigías indagaban confundidos sin precisar lo que buscaban. De pronto la voz de un hombre se alzó en medio de la confusión dirigiendo un grito mientras señalaba en dirección al sol. El desconcierto mezclado con terror se extendió velozmente entre los tripulantes, incluido McBride, quien no conseguía dar crédito a la visión en frente suyo, lo ocurrido retaba por completo a la cordura. De no ser por la idéntica expresión dibujada en el rostro de todos sus hombres, habría podido jurar que alucinaba al ver que lentamente el sol volvía sobre su curso ocultándose tras el extremo del mundo del que emergiera escasas horas antes.

Para ese mismo momento Hitoshi Inamoto experimentaba la emoción propia de los astrónomos al ver tras el lente de su potente telescopio lo que pensaba podría ser el gran descubrimiento de su carrera. Pero tan sólo unos instantes cambiaría esa sensación de felicidad por una de estupefacción total advirtiendo que su fenómeno no requería de telescopio alguno para ser avistado, todos bajo el cielo de Osaka estaban en la capacidad de observarlo, y en efecto así lo hacían, los noctámbulos primero por supuesto; para la mayor parte de la población, sumida aún en su placentero sueño, la noche lo seguía siendo. Absolutamente ninguno de los millones de seres humanos que dormían en ese momento podría estar soñando algo más sorprendente a lo que ocurría afuera, el sol ocupaba su lugar en lo alto, pero sin haber dado la vuelta al mundo para reclamarlo.

Por su parte Khamis Al-Ghamdi, debido a la mediana hora del día y a la concentración requerida por la trascendentalidad de su inmediata acción, seguía sin percatarse de mayor variante en el cielo israelí. Estaba próximo al lugar en que su condición de Fedayin le haría inmolarse para cegar cientos de vidas. Fiel creyente de su doctrina tan sólo ocupaba su mente con la idea de alcanzar la gracia tras dar la vida al cumplimento del Corán, le honraba ser un arma guiada por los mandatos de la yihad. Para algunos no basta con su devota oración hacia la Meca como tampoco su ayuno durante el Ramadán, él era de los que ansiaba hacer mucho más para demostrar su amor a Mahoma, y sólo podía lograrlo siendo uno de los caídos en pos de Jerusalén. De repente ocurrió algo tan asombroso que le hizo olvidar de su mortal empresa. La tierra seca empezó a parir extrañas plantas a una velocidad mayor de la que le toma a las aguas del río desbordado barrer con los hogares aledaños. Bajo sus pies y ante su asombro el desierto se tornaba en selva. El fanatismo confundido arrastraba a hombres de uno y otro bando hasta el mayor de los delirios traducido en agresiones superiores a las que intercambiaban casi desde el principio.

En el polo norte la familia esquimal liderada por Nanuk, el padre de ésta, caminaba en contra de las gélidas ventiscas a las que tan habituados se encontraban. Nadie percibió lo ocurrido en el cielo debido al peculiar comportamiento del sol en aquella región donde un día tiene la duración de meses. Sus trineos eran halados por el magnifico grupo de perros a los que consideraban miembros más de la familia, pero los animales detuvieron de repente su marcha de un modo tan abrupto que hicieron chocar los carruajes. Nanuk supo que algo andaba mal, sus perros no harían algo como aquello a menos de percibir un peligro verdadero, y en efecto, uno muy grande se cernía sobre ellos. El suelo comenzó a resquebrajarse sin darles tiempo a ponerse en cubierto, el viento aumentó su ímpetu impidiéndole a Nanuk escuchar los gritos de sus hijos que se confundían con los fuertes ladridos de la tan asustada jauría. Baker, el perro líder, fue arrastrado por una de las grietas que se abrían como las furiosas fauces de un gigante gélido, al precipitarse al abismo fue llevándose consigo uno a uno a los demás canes, quienes infructuosamente intentaban aferrarse al hielo, Nanuk saltó a tierra viendo cómo desaparecían para siempre sus amigos. Aterrado por la inminencia de la muerte pensó que aquella imagen de sus perros perdiéndose en las entrañas de la tierra sería su ultima visión, pero estaba equivocado. Su ultima imagen fue la de cómo esas mismas entrañas parían lo que no podía ser algo distinto a los fantasmas de todos aquellos hombres que a lo largo de los tiempos debieron ir muriendo teniendo a las montañas de hielo como único féretro.

Para los visitantes a las cataratas del Niagara el asombro no podía ser menor, la pronunciada caída de agua se había suspendido de repente como si tal espectáculo no fuese obra de la naturaleza sino una recreación por parte del hombre, quien harto ya del show hubiese decidido cerrar el grifo productor de aquella afluencia liquida. Caso similar a lo presenciado por los veraniegos turistas en las islas Hawaianas, quienes, sorprendidos no solo por la desaparición abrupta del sol, también veían las aguas del mar echarse hacia atrás haciendo ir en aumento la extensión de la arena a sus pies. Por su parte el suelo australiano comenzaba a ser inundado por el agua que al otro extremo del mundo estaban extrañando.

Alrededor del mundo el caos se reproducía con fenómenos de toda índole. El pintor Claude Sagnol, veía cómo la modelo que posaba para su pintura enderezaba su posición haciendo perder validez al nombre que le investía como Torre Inclinada de Pizza, para luego venirse abajo emulando otras gloriosas construcciones que hacían lo propio en tanto. Siberia cesaba en su característica nevada para dar paso a un infernal calor sin precedentes históricos, la gente presenciaba con dramatismo cómo ante sus miradas, despojadas ya de cualquier incredulidad, los líquidos se evaporaban como si el agua fuese la presencia maligna que el calor buscara exorcizar. Los Alpes se derretían en medio de gritos proferidos por los aterrados hombres que se disponían al sueño eterno cobijados por la avalancha y su manto frío. El pueblo New Yorkino asistía impávido a los pasos de la imponente estatua que destruía muelles haciendo uso incontrolado de su verdaderamente recién adquirida libertad. El volcán Vesubio bostezaba lava despertando de su profundo sueño e invocando otros dragones de piedra también dormidos. Los cascos polares sufrían la metamorfosis en que su gigantesca escarcha se desprendía para unirse al océano que marchaba al encuentro de las inmensas porciones de tierra que lentamente desaparecían bajo su creciente. Sobre selvas africanas se desataban tormentas eléctricas tan fuertes que los arboles explotaban arrojando esquirlas como si fuesen granadas disparadas por malignos ángeles y los animales corrían despavoridos formando las huestes encargadas de barrer las desprotegidas aldeas. En diversas regiones la tierra se sacudía con idéntico frenesí al de los arboles agitados por feroces huracanes. La faz de la existencia tronaba en la tétrica sinfonía del último día.

Todo aquello sucedía mientras muy por encima del mundo, muy por encima incluso del universo, un ser tan inmenso al que todo plural de la fe desde antaño ha venido pretendiendo, se divierte plácidamente y escucha que alguien muy superior a él le pregunta qué está haciendo, a lo que el interrogado, quien en realidad resulta ser no tan inmenso sino sólo un niño pequeño, responde ingenuamente: “Estoy jugando al Apocalipsis”.

martes, 26 de mayo de 2020

NO ENTENDÍA


                                                           (CUENTO)


 
A pesar de su inmenso conocimiento sobre las cosas, no entendía por qué. A pesar de toda la fe depositada en él, no conseguía una respuesta. La incertidumbre lo aquejaba, la naturaleza humana desconcierta.
Se hallaba allí, olvidado entre sombras a pesar de ser quien era. No entendía por qué, se sentía como la tela que la araña abandonó algún día. Repasaba una a una sus ultimas acciones, incluidas sus debidas omisiones. Se preguntaba si había hecho algo mal, ¿pero en qué podría haberse equivocado? Se consideraba a sí mismo un buen amigo, de esos que saben escuchar, e incluso en ocasiones, hacer favores, favores tan especiales que los beneficiarios de ellos los consideraban como milagros.
No entendía, y era aún mayor su desasosiego al también ignorar por qué antes de ser relegado a un rincón oscuro le infringieron el dolor de quemar sus pies, con horror los vio quemarse cual si fuera mártir resistiéndose al tirano.
No entendía por qué ella obró de tal manera. Él, esa figura de San Judas Tadeo no lo entiende, ignora el que a ella nadie le enseñó que, las velas se prenden, no tan cerca que queme santo ni tan lejos que no lo alumbre.

lunes, 18 de mayo de 2020

EL UMBRAL

                                                              (CUENTO)


Sus ojos intentaron adaptarse a la oscuridad, estaba tan solo como aterrado, quién advertiría su ausencia a tiempo, y de hacerlo, qué más daría otra víctima de la violencia enferma. Las paredes del lugar, llenas de sangre invocaban más, parecían cobrar vida para lanzarse sobre él, su respiración se agitaba tan sólo ante la idea, la fragilidad humana era puesta en evidencia. Ignoraba cuánto tiempo llevaba allí, pero aún en contra de su fe, cierto presentimiento le dictaba algo, sus minutos ya estaban contados. No podía precisar la cantidad de hombres dispuestos a hacerle daño, poco importaba si era uno o acaso varios, en dichas condiciones defenderse era tan ridículo como esperar que el becerro dé muerte al carnicero. Sentía los brazos pesados, no respondían sus piernas, y en general todo su organismo dibujaba laconismo; le era imposible no verse a sí mismo como un simple amasijo de tendones, el capricho de unos músculos desvalidos. Se sabía abandonado a su suerte, no la del destino y sus designios, sino a la suerte decidida para él por quien en breve tendría en frente.

Intentó evocar bellos recuerdos, pero sólo uno se presentó a su mente inquieta, solo tuvo memoria para ella, su madre, esa mujer a la que jamás dedicó un “Te amo”, y lamentó ese silencio que entre ellos dos parecía pactado. Intentó pensar en alguien más, otra persona  de las muchas a las que su amor nunca había expresado, pero era tal el miedo de la inminente tortura que sus pensamientos se volcaban hacia una posible fuga. La salvación se traducía en imposible; disminuido en sus fuerzas, completamente desnudo y sin saber en dónde, con solo una salida, la misma que su asesino utilizaría, la idea de sobrevivir era una locura, pero en instantes que la violenta muerte golpea a nuestra puerta la locura es bienvenida y con suma deferencia es atendida.

Sumido en la angustia pensó en gritar con desespero, pero la razón volvió a su cuerpo, ellos sabían de antemano lo que le harían, no llevarían a cabo tal sadismo  en un lugar donde se escucharan los gritos del herido. Y consiente de ello se hizo un juramento dispuesto a no romperlo, sin importar cuanto dolor le infringieran, jamás gritaría o maldeciría, si lo hiciera le habrían vencido en su alma, aquel lugar bendito. Podían privarlo uno a uno de sus miembros, podían arrebatarle hasta el ultimo aliento, pero necesitarían mucho más que abominaciones inquisidoras para quitarle su valor, su coraje de guerrero.

Absorto en aquel propósito se vio interrumpido por el momento fatídico, un rayo de luz emergió de pronto hiriendo sus también mal trechos ojos. Allí estaba el verdugo que ocultaba el rostro tras la máscara. Prefirió no mirarlo por temor a revelar el sentimiento que lo invadía, el terror de abandonar así la vida. También huyó con su mirada hacia el mundo de ilusiones que en su mente recreaba. Para qué mirar el arma si en segundos él y ella serían uno, cuando le penetrara en las entrañas llevándose lo más valioso que poseía.

Sintió deseos de llorar, pero de inmediato se lo prohibió, una sola lágrima derramada tendría el eco de una sonrisa en el rostro del emisario oscuro. La voz habló, mas él la ignoró, para qué conocer las palabras vacías que no dicen nada. Quiso interpretar una melodía en su cabeza, algo alegre distinto al tétrico sonido de los huesos desprendidos, un réquiem en su honor con el que expresaría a los ángeles el amor que siempre tuvo por la vida. Tan sólo llevaba cuatro notas de la pieza cuando sintió estremecer sus piernas, el infierno sobre su cuerpo se desataba.

Describir con palabras tal tormento es labor insulsa, y en caso de poderlo sería un pecado hacerlo. El arma desconocida le privaba de sus piernas, en sus oídos rechinaba el ruido de la carne que se aferra, la voz del cuerpo que se niega a dejar de ser mientras un grito imperceptible para el humano retumba en el infinito, donde solo las almas son testigo. Apretando los labios se despide de sus piernas, el llanto en su silencio no es tanto de perderlas como de saber que sus pasos ya no le guiaran a casa luego del trabajo, ya no podrá dirigirse a sus hijos y abrazarlos. Y en medio del dolor que sólo los mártires tienen derecho a comentar, se eleva hasta lo más alto de su alma la promesa, el verdugo no escucha de su víctima una sola queja.

Se despide de su sangre que fluye ahora a raudales, siente cada gota que lo abandona. Una punzada luego en el pecho, el calvario va en aumento. Algo frío como el metal entra en su cuerpo y algo cálido como la vida está de salida. Se abandona a su tragedia y con las fuerzas que le restan ve pasar en un segundo frente a sus ojos, no las cosas que hizo como la película que se rebobina, sino las cosas que juro algún día haría. Le pide a Dios la oportunidad de no fallarle, es muy pronto para marcharse, antes de ver apagada la luz de su existencia le ruega a Dios clemencia, no es demasiado tarde para salvarle, quiere seguir viviendo, aunque ya sin brazos y sin piernas, una sola oportunidad le basta para demostrar que la vida es bella cuando se quiere hacer tal de ella. Quizá en el más allá la oportunidad le sea concedida, aquí en cambio, el aborto había terminado

lunes, 11 de mayo de 2020

NAUFRAGO


                                                            (CUENTO)




Transcurridos cuatro días desde el accidente ya consideraba al sol como su compañero de viaje; los rayos ultravioletas se derramaban sobre su piel tatuándola con el dolor ardiente de su constancia, y tal abrazo ininterrumpido lo conducía velozmente a través de los cruentos padecimientos de la deshidratación. Aun así, aquel astro luminoso que tan orgulloso se inclinaba con garbo tras el poniente, era también su único guía en aquella travesía. Sólo en él podía confiar para indicarle alguna cardinalidad, y sólo él parecía prestar completa atención a los soliloquios con que se esforzaba por mantener la cordura. No le bastaba sumergirse en laberintos dubitativos para considerarse a sí mismo poseedor de la razón suficiente capaz de llevarlo a la supervivencia, sentía también la necesidad de escuchar su voz formulando los discernimientos de su mente. Y para no ser víctima de la opresiva soledad causada por saberse orador sin escucha, atribuyó al siempre expectante sol la capacidad de asimilar sus palabras con el interés propio de un interlocutor animado. Excepto aquella locura misma, su lucidez mental se conservaba intacta a pesar de los fatídicos sucesos que le condujeron al naufragio.

El cómo llegó a ser aquel hombre ínfimo en la inmensidad del océano era un recuerdo que su mente no se esforzaba por evocar, al contrario, canalizaba sus pensamientos hacia el sentido temporal contrario, sólo el futuro ocupaba lugar en su cerebro. Flotando a la deriva sobre aquella frágil barca fantaseaba ilusionando el momento de su llegada a la playa, le verían como a un verdadero héroe, los seres humanos siempre consideran héroe a quien sobrevive cualquier tragedia, aunque la razón de su supervivencia no obedezca a los méritos propios del heroísmo; pero tal no era su caso, había sabido comportarse como una persona merecedora de llegar hasta el final para contar la historia.

Por momentos cerraba los ojos teniendo a bien el olvidar que su frágil humanidad se hallaba sujeta a los caprichos de las olas, y aprovechando ser Poseidon único de las corrientes marítimas en su imaginación, aquella barca era llevada al sitio requerido por su heroico destino. Podía ver tan claramente como si fuera una pantalla de cine el momento en que con prodigioso equilibrio se ponía de pie sobre la embarcación, luego, utilizando su mano derecha protegía sus ojos del sol para poder escrutar con la vista el horizonte, descubriendo así la aparición magnifica de una playa atestada de personas, las cuales no dando crédito a lo ocurrido se arrojaban a socorrerlo dándole la bienvenida a tierra firme. Le extendían todo tipo de bebidas y alimentos mientras ansiosos aguardaban escuchar de primera fuente los pormenores de su hazaña. Los niños lo observaban admirados y las mujeres le profesaban el deseo propio del que son dueños los héroes. Los medios acudirían copiosamente para lograr la preciada entrevista con el protagonista de una verdadera odisea, saldría en todos los noticieros alrededor del mundo contando su historia, escritores le solicitarían el privilegio de llevar a la inmortalidad de un libro su aventura, y así como la de Luis Alejandro Velasco fue contada por Gabriel García Marquez, quizá algún nuevo Nobel sería el encargado de describir con magia retórica uno a uno los instantes de su epopeya. O podría ser incluso que algún productor de Hollywood viera en él una mina de oro, siempre es bueno llevar a la pantalla una historia épica que hable de la determinación humana por alzarse con la victoria frente a las pérfidas intenciones de la muerte, sería interpretado por un actor importante como Tom Hanks, sin importar el que ya hubiera sido nominado al Oscar por estar en la piel de otro naufrago cuando fue Chuk Nolan en Castle Rock, pero ese era un personaje ficticio, no como él, un verdadero naufrago, uno de carne y hueso.

De repente, un rumor extraño que parecía viajar en el viento le trajo de nuevo a la realidad, se incorporó de inmediato mientras su corazón latía fuertemente al verse poseído de un poderoso presentimiento. Sus ojos rasgaron las tonalidades azules predominantes de la inmensidad y descubrió a lo lejos una línea divisoria entre el cielo y el mar, era la tan añorada tierra, lo había logrado, escasas horas dividían lo que fuera una tragedia de lo que sería la incuestionable gloria de la vida cuando se perpetúa. Levantó la mirada hacia el sol y agradeció a aquel silencioso amigo su fiel compañía, en poco tiempo viviría en carne propia lo ya vivido en su mundo de fantasía.

Treinta minutos luego podía apreciar detalles exactos de su lugar de arribo, era una playa hermosa con presencia humana y unos cuantos yates que reposaban en sus inmediaciones, todo estaba saliendo de acuerdo a su predicción. Tal y como ocurrió en el sueño se incorporó sobre la balsa mientras su brazo derecho agitaba una camiseta para atraer la atención de las personas. Las más cercanas a él, unos jóvenes que descansaban en su yate, se incorporaron violentamente de los asientos dirigiendo sus miradas hacia el lugar del que provenían los gritos del naufrago, éste sonrió al saberse descubierto, pero de repente advirtió en el rostro de los jóvenes una incomprensible expresión de terror, acto seguido sintió que las tranquilas aguas se agitaban en medio de un fuerte sonido que iba en aumento, la barca se desestabilizó haciéndole perder el equilibrio de manera que cayo de rodillas, de inmediato desvió la mirada en dirección al camino que hasta hace un momento dictara su recorrido. El raudal de pensamientos que acudieron a su mente fue tan inmenso como el tamaño de la ola marítima que inexorable avanzaba hacia su encuentro.

Lo último que vio fue aquella muralla de agua que lo barría todo a su paso arremetiendo con ira. 24 horas luego, parte de su sueño se había cumplido, estaba en los noticieros, su imagen recorría el mundo entero junto a otros miles de cadáveres que inmortalizarían la historia acerca del tsunami que depositó su besó mortal sobre las costas asiáticas.


lunes, 4 de mayo de 2020

EL ENCIERRO



                                                           (CUENTO)



¿Cuánto tiempo ha durado este encierro? La verdad lo ignoro, hace rato dejé de llevar la cuenta de los días. Qué sentido tiene hacerlo si los viernes se disfrazan de miércoles, los lunes se ponen pijamas y sudaderas propias de los domingos; los días en general son un batido que se vierte en la licuadora del tiempo, una que irónicamente gira a velocidad tan lenta que termina mezclándolos hasta confundirlos.

Es increíble descubrir cómo puedes extrañar cosas que antes ni advertías, o lo que es peor, incluso despreciabas. Hoy mi piel extraña el sol del que tantas veces renegué por sentir que me había quemado, extraño incluso el hecho de alzar la vista al cielo y verlo nublado. Extraño, por más increíble que suene, los tumultos del transporte público y el tráfico que dificultaba llegar a nuestro destino en las horas pico.

Recuerdo con vergüenza las tantas ocasiones en que algún vecino o compañero del trabajo me saludaban con un abrazo y yo incomodo por el gesto me limitaba a imitarlos con desgano. Cuando todo esto pase juro que saludaré a los demás expresando de manera física mi afecto. ¿Por qué a veces el ser humano necesita ser privado de algo para valorarlo?

Algunas personas lidian con el encierro mejor que otras, quisiera creer que me cuento entre quienes saben manejarlo, pero empieza a preocuparme este punto en que ya los pensamientos se reiteran una y otra vez en un bucle que pareciera no tener nada más por ofrecer. Alguna vez leí que tan solo basta un mal día para ser arrojado a la locura, pero jamás mencionaron cuántos malos días puede soportar quien se rehúsa a caer en brazos de ella. Cada amanecer me llega con el temor de que tal sea en el que por fin sucumba, pero 72 horas después, que es el tiempo que parecen durar ahora los días, me duermo con la promesa de seguir postergando el adiós a la cordura.

Tan solo una vez desde que estoy aquí sentí que realmente podría enloquecer. Fue esta mañana, cuando José, como se hace llamar el hombre de la capucha que me trae la comida, me contó que allá afuera está ocurriendo algo que nadie habría imaginado. Se desató una pandemia que tiene a todos en cuarentena, según me cuenta cerraron los colegios, centros comerciales, teatros, incluso el aeropuerto, todos afuera comparten de alguna manera este encierro. Casi enloquezco de pensar que el mundo allí afuera puede estar acercándose a su fin y yo me lo perdería por estar aquí, víctima de un secuestro.


lunes, 20 de abril de 2020

ADIOS SEÑOR DONOSO


                                                  (CUADERNO PERSONAL)



Hace pocos días falleció Carlos Donoso, el ventrílocuo venezolano que tantas sonrisas arrancó a toda Latinoamérica. No puedo mentir y decirles que tengo un montón de anécdotas vividas junto a él, a decir verdad, son muy pocas, pero el día de su deceso vino a mi mente un recuerdo muy especial que quiero compartirles al final de estas líneas.

Primero les cuento que él venía padeciendo un cáncer que fue el que terminó con su vida. Lamentablemente si situación económica al final de sus días no era la mejor, motivo por el que un par de meses antes la Gordita Fabiola nos contactó a varios humoristas para que hiciéramos una función a beneficio de Carlos y ayudarlo a pagar su tratamiento. Un importante grupo respondió al llamado y la función se realizaría a principios de abril, lamentablemente por el coronavirus el show tuvo que suspenderse, pero estábamos pendientes de realizarlo en cuanto se levantara la cuarentena, dicha función por su puesto ya jamás podrá ser. Lo primero que pensé fue en lo desafortunado que había sido que coincidiera con este aislamiento impidiéndonos ayudarlo, pero al poco tiempo reflexioné que él terminó yéndose el mismo mes en que estaba programada originalmente la presentación, es decir, aun llevándola a cabo, poco habríamos podido hacer para cambiar su destino.

La primera vez que lo vi en persona me hallaba en los inicios de mi carrera y coincidimos en la función de otro artista que ambos íbamos a ver. Ese día simplemente nos presentaron, me dio la mano, nos dimos el popular “mucho gusto” y ya. Un año después mi primera manager lo invitó para que fuera a verme en el R101, un pequeño teatro en el que tuve mi primera temporada. Ese día yo estaba muy nervioso porque quería sorprender a unos de los humoristas más reconocidos, me parecía increíble que fuera yo quien estuviera a punto de actuar para él.

Ese día el show salió muy bien. Las pocas veces que miré en dirección hacia él lo vi sonreír. Al terminar lo busqué para preguntarle cómo le había parecido, todos al empezar buscamos la aprobación de nuestros ídolos, cosa que, sin decir que esté necesariamente mal, con el tiempo comprendí que es un error. Fue amable en decirme que le había parecido chévere, pero su respuesta fue así de escueta, se despidió y allí quedó el pasaje, con mi sin sabor de sus palabras. Ahí es donde radica el error que les comentaba, pues al no recibir la reacción esperada puede ocurrir que, nos deprimamos pensando “no le gustó, por ende, no soy tan bueno”, cosa que no necesariamente es así; o podemos pensar también, “qué tipo tan creído, le costó admitir lo bueno que soy”, cosa que puede estar igual de alejada a la realidad. Sinceramente no recuerdo cuál de las dos opciones vino a mi mente, pero sé que estuve equivocado en la que haya sido.

Unos buenos años después viajé a presentarme por primera vez en Miami durante dos noches junto a otros 7 humoristas en un festival de humor hispano. Para ese momento yo ya era un poquito menos don nadie, pero seguía igual de emocionado por alternar con tan grandes nombres como los que lo hice, entre ellos por supuesto, Donoso. Pero ocurrió que las dos noches tuve que presenciar cómo tres de los comediantes, artistas muchísimo más grandes en reconocimiento y trayectoria, terminaron peleando entre ellos por quién debía ir primero que el otro, y por qué fulanito se había demorado en el escenario 5 minutos más que sutanito. Uno de los indispuestos, nuestro ventrílocuo favorito, motivo por el que este recuerdo terminó volviéndose gracioso, pero tampoco me dio mayor oportunidad de estrechar un fuerte vínculo con él.

Acabo de relatarles las que fueron mis experiencias más cercanas con él. como pueden ver, ninguna presenta un pasaje excepcional, ¿entonces por qué lloré el día que falleció? Tuve que escarbar en mi memoria para desentrañar la razón de algo que yo mismo no tenía presente.

Cuando era niño crecí viendo el Festival internacional del humor organizado por Alfonso Lizarazo, fue allí donde los de mi generación conocimos a los Midachi, Julio Sabala, Moreno Michael, Micky McPhantom, Virulo, el colectivo Maski, Lucho Navarro, entre muchos otros. Sus talentos eran muy variados y todos excepcionales, pero entre ellos destacaba un señor que no hacía absolutamente nada, simplemente se sentaba a hablar con un miquito llamado Kini. Yo no entendía por qué don Alfonso anunciaba con bombos y platillos a ese tal Donoso si el gracioso era el mico. Este carismático primate arrugaba la trompa, escupía y decía “me saca la piedra”, y todos nos moríamos de risa, pero los aplausos eran para el señor que lo sentaba en sus piernas. Incluso el mono tenía otro amigo, un muñequito amanerado llamado Lalo, al que Kini se refería como “cabeza de incendio”. Este segundo personaje también era más gracioso que el señor que simplemente se limitaba a meter la cucharada de vez en cuando en la divertida conversación de los otros dos. Solo vine a comprender cuando mi tío Fernando me explicó que era aquel señor quien les daba vida haciéndolos hablar sin mover sus labios. Quede alucinado.

El Festival del humor se convirtió en toda una institución de la televisión colombiana y en una ocasión convencí a mis primos de que jugáramos a ser esos humoristas que me tenían fascinado. Las personas que me siguen de tiempo atrás quizá conozcan la historia de un osito de peluche llamado Grillo, el cual me acompaña desde los 8 años, si no la conocen, ya dedicaré otra columna a hablarles de él. Lo cierto es que, esa noche de juego con mis primos, interpreté a Carlos Donoso y mi osito era Kini. Obviamente cuando el oso hablaba mis labios se movían más que si estuviera almorzando, pero recuerdo haber hecho carcajear a Juan Felipe, José Alejandro y Cristian Camilo. Hoy por fin logro comprender la tristeza que me dejó su partida, aquella fue la primera vez en la vida que actué para un público. Mis primos fueron las primeras sonrisas que arranqué, y ese señor con su mico, mi primer intento de ser humorista ignorando que años después dedicaría mi vida a ello. Gracias por tan bello recuerdo señor Donoso.