jueves, 10 de septiembre de 2020

QUE DIOS NOS COJA CONFESADOS

 

                                                                    (HUMOR)


Señores y señores, llegó el día que tanto habíamos esperado y temido al mismo tiempo: la alcaldía anunció el final de la cuarentena. A lo largo de estos meses hemos atravesado por las siguientes etapas.
 
Aislamiento preventivo: hacer lo que nos diera la gana afirmando que lo hacíamos con cuidado.
 
Aislamiento obligatorio: hacer lo que nos diera la gana, pero a escondidas.
 
Aislamiento obligatorio con restricciones: hacer lo que nos diera la gana con uno que otro pero.
 
Aislamiento obligatorio sin restricciones: hacer lo que nos diera la gana, pero con más ganas.
 
Aislamiento inteligente: jaja, pónganse serios.
 
Aislamiento selectivo: hacer lo que nos diera la gana por raticos.
 
Y es así como finalmente llegamos a esta nueva etapa, la cual puede ser denominada, Aislamiento que Dios nos coja confesados.
 
Estamos a años luz de retornar a nuestras vidas, porque eso de la “nueva normalidad” suena a término inventado por Cantinflas, lo cierto es que nos dijeron, palabras más, palabras menos: “salgan, pero cuídense”; que es como decirle a un niño en Halloween “comete los dulces con moderación”.
 
Nos piden a los colombianos que nos cuidemos nosotros mismos. ¡Ojo! Le dicen eso al pueblo que cuando escucha una balacera se asoma a la ventana para ver entre quienes son los tiros. Le piden cuidarse a la misma gente que ve en las noticias cómo un bus de Transmilenio levantó a alguien por correr a la colarse a la estación y lo primero que piensa es, “es que le faltó echar pique más rápido”. Le piden cuidarse a los mismos seres que compran sin miedo un posible trago adulterado pues a ellos no les pasa nada porque “tienen fuertes las defensas”. Le piden que se cuiden a los mismos que en diciembre ven las cifras de quemados con pólvora y ahí mismo echan un volador para celebrar que a ellos sí no les ha pasado nada. Nos piden cuidarnos a nosotros mismos cuando no podemos ver una camiseta de fútbol de otro equipo porque arremetemos con más furia que el toro a la muleta, cuando vemos que el carro de adelante pone la direccional y en lugar de ceder el paso aceleramos, cuando al conductor borracho le pedimos que entregue las llaves y responde llevándose las manos al paquete “venga le entrego éste”.
 
Mejor dicho, si nuestra seguridad depende de nosotros mismos y esa capacidad innata de acatar las normas, creo que es hora de exclamar en coro: “Oh, ¿y ahora quién podrá defendernos?” Aunque ya ni el Chapulin acudirá a ayudarnos porque dejaron de emitir Chespirito a nivel mundial. Es decir, estamos solos.
 
 

 
Escrito para el periódico “Sector H”.


sábado, 15 de agosto de 2020

EL DURMIENTE

                                                     (CUENTO)


La nueva enfermera entró a la habitación con la expectativa normal de la ocasión, por fin conocería al Durmiente, como le bautizaron desde el primer momento los medios, ese hombre sin precedentes en la historia que reposaba con un indescifrable secreto adentro, aquel paciente que desde mucho tiempo atrás tenía completamente desconcertado al mundo de la ciencia. Su caso seguía siendo objeto de estudio por parte de los más renombrados doctores en todas las áreas, sobre él se habían escrito un sin número de ensayos médicos y con su cuerpo realizado todo tipo de experimentos; pero cada nueva pieza agregada al rompecabezas de éste misterio, tan sólo conseguía aumentar el asombro en todos aquellos prominentes cerebros que le investigaban llenos de desconcierto. 

Fue asignada a su cuidado gracias al sobresaliente grado con honores que acababa de recibir, producto de la dedicación constante durante todos esos años cursados. Recién culminaba su carrera y recibía ese premio, trabajar cuidando a Juan Murcia era un sueño hecho realidad, no solo para ella, prácticamente para cualquier otra enfermera. Era muy difícil precisar la cantidad de mujeres que le habían tenido bajo su cargo, todas llegaban esperanzadas en tratarlo, pero así mismo, con el paso del tiempo perdían sus esperanzas de verle en otro estado, por lo que finalmente todas, unas más tarde otras más temprano, terminaban pidiendo traslado. Pero ella quería ser distinta a las que habían pasado, aun sabiendo que la sola idea ya era un mal comienzo, pues sus antecesoras comenzaron con el mismo pensamiento.

En su memoria se conservaba fresco el recuerdo de la primera vez en que oyó hablar de Juan Murcia, tendría once años cuando su maestra de sexto grado les habló de él. Lo primero que pensó al escuchar la historia fue que su profesora menospreciaba el pensamiento de los niños por verlos pequeños, supuso que la historia era en realidad un invento, que él sería tan sólo un personaje fantástico, como El Sastrecillo Valiente, Pinocho o El Pastorcito Mentiroso. Pero al llegar a casa le contó a su papá la historia y éste le confirmó su veracidad, incluso le dio a leer algunos artículos sobre el asunto y solo entonces se convenció, obligándose a sí misma a dar crédito de cuanto aquellas revistas científicas decían. Después comenzó a conocer la literatura fantástica que fue sumándose a la leyenda, novelas de ciencia ficción en las que exploraban teorías como la de que él fuera en realidad un ser venido de otro planeta, e incluso literatura esotérica en la que le llamaron emisario del cielo, lo que dio pie a uno que otro culto religioso.

En cuanto le vio creyó sentir un dejavú, en su mente idealizó tanto aquel momento que, ya tendría que haberlo vivido por lo menos un millón de veces con su pensamiento. Obviamente sabía con qué se encontraría, pero verle en aquel estado la afectó demasiado y se apoderó de ella una repentina aprensión, le resultaba un hecho realmente triste el ver aquel ser tan especial reducido a una cama, intubado para que un ventilador respirara por él, recibiendo suero intravenoso y alimentado por nutrición enteral, expulsando liquido por una sonda uretral y sujeto a electrodos responsables de registrar su actividad cardiaca. Era en   efecto una imagen no muy alentadora, razón por la que en algún momento se suspendieron los recorridos turísticos para verlo, por eso y por el caos generado en un hospital congestionado por miles de turistas diarios, venidos desde el último rincón del mundo y quienes guiados por la excitación olvidaban que en aquel cuerpo suspendido de emoción existía un ser humano, indiscriminadamente se tomaban fotografías con él, sin detenerse por un segundo a considerar el tan denigrante hecho de estarlo reduciendo a la condición de una estatua junto a la que todos posan, porque de ser posible que en medio de su letargo El Durmiente tuviera conciencia de su entorno inmediato, seguramente así se sentiría, como una estatua a la que tan sólo falta que le caguen las palomas.

Se dio un minuto para contemplarlo, le veía hermoso a pesar de encontrarse en aquel estado, cuidadosamente dio unos cuantos pasos hacía él, y lo hizo en tan estricto silencio como si temiese despertarlo, entonces se percató del absurdo y recobró su compostura, desechó cualquier idea ajena a su oficio y dio inicio a las tareas que durante un tiempo indeterminado se convertirían en su rutina, supervisar los latidos en el monitor, remplazar las bolsas de la orina y nutrición enteral, cambiar el pañal e intentar no reír por el gracioso cuadro de verle acostado calzando los tenis que hacían las veces de férulas.

Mientras llevaba a cabo tales tareas recordó las palabras de la enfermera saliente: “El tiempo junto a él transcurre tan lento, las horas marchan sin que ocurra nada, y cuando lo adviertes, él sigue allí dormido sin que algo haya cambiado, excepto que inconscientemente has caído en el mismo sueño”. Ella se refería al triste hecho de que las enfermeras asignadas al Durmiente tienen como labor exclusiva su cuidado, su única responsabilidad es para con él, y la verdad sea dicha, un hombre en estado de coma no ofrece mucha actividad, excepto el aseo a sus ininterrumpidas excreciones.

Se encontraba dedicada precisamente a tales labores mientras pensaba en él y el misterioso origen de su condición, un hombre que inexplicablemente cae en dicho estado, sin ningún traumatismo que lo originara como tampoco un aneurisma, y desde entonces eran innumerables las biopsias que le habían practicado, pues sumado al tiempo que llevaba sumido en aquel limbo, estaba el misterio de que su cuerpo no evidenciara señal alguna de envejecimiento.

Dominada por un extraño impulso se inclinó sobre el Durmiente, y sin ser capaz de explicarse el motivo de sus acciones, empezó a susurrarle cosas al oído. Sabía que no era la primera en hacerlo, a decir verdad, suponía que todas debieron hacerlo en su momento, pero las palabras que procedió a decirle tal vez fueron las primeras que alguien le dijera a esos oídos medio muertos: “Mi amor, despierta”. Y obedeciendo a un misterioso decreto de su instinto, mucho más inexplicable que aquellas tres palabras, posó sus labios vivos sobre la mejilla fría del hombre con sus párpados caídos. En ese instante se aceleraron los latidos que el monitor leía, ella dirigió su mirada hacia la pantalla completamente sorprendida e inmediatamente debió reprimir un grito al descubrir que los ojos del Durmiente, abiertos por completo, la miraban fijamente.

Había visualizado aquel momento desde la primera vez en que pisó un aula en la escuela de enfermería, fue la más destacada de su clase y en cada cosa que aprendía sentía que se preparaba para recibir al Durmiente luego de su sueño; pero cuando sus ojos se clavaron en ella, olvidó todo lo que dictaba el procedimiento, la abandonó el dominio de sí misma y el pánico la hizo enmudecer. Mas reaccionó de nuevo al verle asustado por el tubo de respiración que entraba por su boca. Recuperó el control de la situación mientras hacía un esfuerzo por no abandonarse a la emoción, cuidadosamente le retiró el ventilador para permitirle hablar, pues al parecer era esa su intención, y en efecto lo hizo en un muy débil, casi inexistente tono de voz.

--- Eres tú. -- fueron las palabras portadas por su susurro.

--- No se esfuerce, su cuerpo se encuentra débil y debemos despertarlo poco a poco con terapias, traeré a un doctor de inmediato para que...

--- Eres tú. --- la interrumpió --- Sabía que volverías.

--- ¿Perdón?... --- exclamó la enfermera con la voz entrecortada mientras se esforzaba por contener el temblor en sus manos --- Don Juan, me confunde con otra persona, es normal debido a lo que ha vivido. Llamaré al doctor para que...

--- ¿A qué te refieres? --- dijo mientras miraba extrañado los aparatos a los que estaba conectado. --- ¿Por qué me encuentro aquí?

La enfermera en tanto tomaba un intercomunicador ubicado en el cuarto y exclamaba emocionada:

--- ¡El Durmiente ha despertado!

Él alcanzaba a escuchar cómo la voz al otro extremo de la línea respondía con enfado que allí no se toleran bromas, pero ella insistió en que era cierto, y por la manera excitada en que lo hacía la otra persona comprendió que no mentía.

--- ¿Qué me ha ocurrido? --- repitió el hombre forzando su voz con la intención de ser determinado.

--- Lo que sucede es que usted... no sé cómo decírselo... --- la enfermera vacilaba mientras hablaba --- Usted ha estado dormido... en un coma profundo.

--- ¿Cuánto tiempo? --- dijo el hombre sin perder la calma.

--- Lo mejor será esperar a los doctores --- respondió nerviosa mientras intentaba alejarse.

--- Aguarda, ¿cuánto tiempo llevo dormido?

--- No se preocupe por nada, --- dijo ella volviendo a su lado para calmarlo --- nosotros nos haremos cargo de usted y averiguaremos qué le sucedió durante todo éste tiempo.

--- ¿Cuánto tiempo he estado dormido? --- volvió a preguntar ignorando el tono evasivo de la enfermera.

--- Yo… no sé si debo…

--- Por favor… ¿cuánto?

--- Usted ha permanecido en coma a lo largo de... doscientos ochenta y cuatro años.

El hombre emitió un profundo suspiro mientras cerraba los ojos por un segundo. Le parecía imposible lo que acababa de escuchar, no por lo increíble, sino porque aquellos años que presuntamente habría dormido le parecieron tan breves como aquel segundo mismo. Los abrió de nuevo para contemplarla y asegurarse de que fuera ella. Y sí, lo era. No importa cuánto tiempo hubiera transcurrido, era ella y ninguna otra. La misma mujer a la que juró esperar todo el tiempo que fuera necesario justo antes de caer en su letargo, era ella y estaba allí para despertarlo. Don Juan, aún sin escucharle decir su nombre, estaba tan seguro de que era ella, que justo antes de ver la invasión de doctores a la habitación, la miró y atinó a decirle: “Es increíble lo que ocurre cuando me acuesto a soñar contigo”.


miércoles, 5 de agosto de 2020

A TODOS LOS DIOSES


                                                                  (CUENTO)


En el Olimpo, hogar de los dioses de la mitología griega, se encontraban reunidos varios de ellos, Zeus, Apolo y Atenea departían sentados a la mesa. Reían comentando anécdotas sobre las ocurrencias de los mortales cuando llegó Hermes, el mensajero de los dioses, se quitó el casco y descendió de su moto, se acercó a ellos y entregó a cada uno una misiva. La leyeron extrañados y descubrieron que a todos llegó exactamente la misma. Preguntaron a Hermes si se trataba de una broma, a lo cual contestó que no, agregando que lo mismo preguntó Poseidón cuando le entregó la suya en el océano.


Mientras tanto en el Walhalla, hogar de los dioses y héroes de la mitología escandinava, Odín y Thor conversaban y bebían hidromiel mientras recordaban anécdotas de batalla. Junto a ellos, su amigo Balder, dios de la luz y la verdad, dormía en la silla como efecto de la bebida. De pronto se acercó a ellos una walkiria para despertar a Balder y entregar una carta a cada uno. La nota que era igual para los tres, les dejó extrañados. Justo en ese momento, Odín recibió una llamada de Dannae, madre de la mitología celta, quien le contó sobre una extraña carta que habían recibido ella y su amiga Kalí, diosa de la venganza en mitología hindú. Odín le contó que él había recibido la misma, y mientras ellos dos hablaban Thor hacía otro tanto, conversaba telefónicamente con su amigo el dios hindú Ghanesha, a quien la misma carta le tenía intrigado.


En otro lugar mientras tanto, Camulus, dios de la muerte en mitología celta, chateaba con Bachue y Bochica, dioses de la mitología chibcha, y con Cautha, deidad solar de la mitología etrusca; todos se contaban de las cartas, y en ese momento se conectó también Anwe, dios de dioses en la literatura Tolkien, trayendo un chisme nuevo, quien envía las cartas quiere asegurarse tanto de que sean entregadas que, diligenciaba dos al dios que tuviera más de un nombre, por ejemplo, Zeus recibió una carta como dios griego y otra a nombre de Júpiter como le llamaban los romanos, también Ades recibió otra con el nombre de Plutón, así como Cronos y Saturno recibieron dos siendo el mismo.


Mientras esto ocurría en los reinos de los dioses, en el mundo de los humanos sucedía algo. Un hombre se postraba en tierra y oraba desesperado, rogando que por lo menos uno de todos aquellos dioses a los que había escrito pidiendo un milagro hiciera algo, que al menos uno de ellos escuchara su suplica, que al menos uno, cualquiera, le ayudara a conseguir el amor de ella. 


lunes, 27 de julio de 2020

TRIUNFOS Y DERROTAS


                                                      (CUENTO)



Durante toda su vida aquel hombre trabajó supremamente duro, pero en todos los trabajos por los que pasaba sólo conseguía que le pagaran con “Derrotas”, unas monedas demasiado grandes, pesadas y ordinarias. Mientras otros hombres, con menos méritos, recibían de salario “Triunfos”, unos billetes demasiado valorados y sencillos de portar.

No obstante, cada vez el hombre se empeñaba en hacer mejor las cosas, recibía su salario y lo echaba en el pesado morral donde cargaba todas sus “Derrotas”. Sin importar lo pesadas, para él no dejaban de ser valiosas si las sumaba todas.

Un buen día encontró que estaba en venta el lugar de sus sueños, una preciosa propiedad llamada “El Éxito”, pero muchos otros hombres iban también tras ella. Se inició entonces una subasta en la que los demás ofrecían uno, dos o hasta tres “Triunfos”, entonces él puso su pesado saco sobre la mesa y ofreció pagar con mil “Derrotas”.

La venta fue inmediata, el hombre obtuvo al fin “El Éxito” que tanto deseaba. Quien vendía conocía la velocidad con que se consume el valor de un “Triunfo”, en cambio jamás se pierde lo que se adquiere con una “Derrota” bien llevada.


viernes, 12 de junio de 2020

CEGUERA


                                                      (CUENTO)



Por aquellos designios divinos que no logramos comprender, él nació sin vista. Su existencia entera había estado sumida en la penumbra. Pero esos mismos designios que se manifiestan a su antojo, hicieron que fuera elegido para la primera intervención quirúrgica con que se buscaría dar la vista a un ciego de nacimiento.

El hombre fue operado y el experimentó se declaró un éxito. Aquel mundo de luz y formas maravilló al hombre y de inmediato quiso ver todo lo que le fuera posible. Lo pusieron frente al televisor para que en un instante pudiera condensar la mayor cantidad de imágenes, pero la pantalla en ese momento transmitía en las noticias el cubrimiento de la guerra. Fue así como lo primero que este hombre vio, es que al mundo tan sólo le habitan ciegos.


miércoles, 3 de junio de 2020

APOCALIPSIS

                                                                 (CUENTO)



Era una tranquila y bella mañana para el Capitán Chris McBride. Su nave se deslizaba suavemente sobre las aguas del Océano Pacifico. Desde su torre de mando era invadido por pensamientos tan cálidos como el sol que asomaba tras la lejana línea del horizonte. Algunos de sus hombres apostados en cubierta contemplaban el paisaje en medio de amenas pláticas, cuando de repente, su desarrollado instinto de experimentado marino le puso sobre aviso. Escrutó con la mirada en todas las direcciones del inmenso tapete azul que les rodeaba, pero ese primer intento de encontrar el motivo de su inquietud resultó infructuoso. Dio la voz de alarma y los entrenados hombres asumieron sus respectivos puestos sin terminar de comprender lo que pasaba. Los vigías indagaban confundidos sin precisar lo que buscaban. De pronto la voz de un hombre se alzó en medio de la confusión dirigiendo un grito mientras señalaba en dirección al sol. El desconcierto mezclado con terror se extendió velozmente entre los tripulantes, incluido McBride, quien no conseguía dar crédito a la visión en frente suyo, lo ocurrido retaba por completo a la cordura. De no ser por la idéntica expresión dibujada en el rostro de todos sus hombres, habría podido jurar que alucinaba al ver que lentamente el sol volvía sobre su curso ocultándose tras el extremo del mundo del que emergiera escasas horas antes.

Para ese mismo momento Hitoshi Inamoto experimentaba la emoción propia de los astrónomos al ver tras el lente de su potente telescopio lo que pensaba podría ser el gran descubrimiento de su carrera. Pero tan sólo unos instantes cambiaría esa sensación de felicidad por una de estupefacción total advirtiendo que su fenómeno no requería de telescopio alguno para ser avistado, todos bajo el cielo de Osaka estaban en la capacidad de observarlo, y en efecto así lo hacían, los noctámbulos primero por supuesto; para la mayor parte de la población, sumida aún en su placentero sueño, la noche lo seguía siendo. Absolutamente ninguno de los millones de seres humanos que dormían en ese momento podría estar soñando algo más sorprendente a lo que ocurría afuera, el sol ocupaba su lugar en lo alto, pero sin haber dado la vuelta al mundo para reclamarlo.

Por su parte Khamis Al-Ghamdi, debido a la mediana hora del día y a la concentración requerida por la trascendentalidad de su inmediata acción, seguía sin percatarse de mayor variante en el cielo israelí. Estaba próximo al lugar en que su condición de Fedayin le haría inmolarse para cegar cientos de vidas. Fiel creyente de su doctrina tan sólo ocupaba su mente con la idea de alcanzar la gracia tras dar la vida al cumplimento del Corán, le honraba ser un arma guiada por los mandatos de la yihad. Para algunos no basta con su devota oración hacia la Meca como tampoco su ayuno durante el Ramadán, él era de los que ansiaba hacer mucho más para demostrar su amor a Mahoma, y sólo podía lograrlo siendo uno de los caídos en pos de Jerusalén. De repente ocurrió algo tan asombroso que le hizo olvidar de su mortal empresa. La tierra seca empezó a parir extrañas plantas a una velocidad mayor de la que le toma a las aguas del río desbordado barrer con los hogares aledaños. Bajo sus pies y ante su asombro el desierto se tornaba en selva. El fanatismo confundido arrastraba a hombres de uno y otro bando hasta el mayor de los delirios traducido en agresiones superiores a las que intercambiaban casi desde el principio.

En el polo norte la familia esquimal liderada por Nanuk, el padre de ésta, caminaba en contra de las gélidas ventiscas a las que tan habituados se encontraban. Nadie percibió lo ocurrido en el cielo debido al peculiar comportamiento del sol en aquella región donde un día tiene la duración de meses. Sus trineos eran halados por el magnifico grupo de perros a los que consideraban miembros más de la familia, pero los animales detuvieron de repente su marcha de un modo tan abrupto que hicieron chocar los carruajes. Nanuk supo que algo andaba mal, sus perros no harían algo como aquello a menos de percibir un peligro verdadero, y en efecto, uno muy grande se cernía sobre ellos. El suelo comenzó a resquebrajarse sin darles tiempo a ponerse en cubierto, el viento aumentó su ímpetu impidiéndole a Nanuk escuchar los gritos de sus hijos que se confundían con los fuertes ladridos de la tan asustada jauría. Baker, el perro líder, fue arrastrado por una de las grietas que se abrían como las furiosas fauces de un gigante gélido, al precipitarse al abismo fue llevándose consigo uno a uno a los demás canes, quienes infructuosamente intentaban aferrarse al hielo, Nanuk saltó a tierra viendo cómo desaparecían para siempre sus amigos. Aterrado por la inminencia de la muerte pensó que aquella imagen de sus perros perdiéndose en las entrañas de la tierra sería su ultima visión, pero estaba equivocado. Su ultima imagen fue la de cómo esas mismas entrañas parían lo que no podía ser algo distinto a los fantasmas de todos aquellos hombres que a lo largo de los tiempos debieron ir muriendo teniendo a las montañas de hielo como único féretro.

Para los visitantes a las cataratas del Niagara el asombro no podía ser menor, la pronunciada caída de agua se había suspendido de repente como si tal espectáculo no fuese obra de la naturaleza sino una recreación por parte del hombre, quien harto ya del show hubiese decidido cerrar el grifo productor de aquella afluencia liquida. Caso similar a lo presenciado por los veraniegos turistas en las islas Hawaianas, quienes, sorprendidos no solo por la desaparición abrupta del sol, también veían las aguas del mar echarse hacia atrás haciendo ir en aumento la extensión de la arena a sus pies. Por su parte el suelo australiano comenzaba a ser inundado por el agua que al otro extremo del mundo estaban extrañando.

Alrededor del mundo el caos se reproducía con fenómenos de toda índole. El pintor Claude Sagnol, veía cómo la modelo que posaba para su pintura enderezaba su posición haciendo perder validez al nombre que le investía como Torre Inclinada de Pizza, para luego venirse abajo emulando otras gloriosas construcciones que hacían lo propio en tanto. Siberia cesaba en su característica nevada para dar paso a un infernal calor sin precedentes históricos, la gente presenciaba con dramatismo cómo ante sus miradas, despojadas ya de cualquier incredulidad, los líquidos se evaporaban como si el agua fuese la presencia maligna que el calor buscara exorcizar. Los Alpes se derretían en medio de gritos proferidos por los aterrados hombres que se disponían al sueño eterno cobijados por la avalancha y su manto frío. El pueblo New Yorkino asistía impávido a los pasos de la imponente estatua que destruía muelles haciendo uso incontrolado de su verdaderamente recién adquirida libertad. El volcán Vesubio bostezaba lava despertando de su profundo sueño e invocando otros dragones de piedra también dormidos. Los cascos polares sufrían la metamorfosis en que su gigantesca escarcha se desprendía para unirse al océano que marchaba al encuentro de las inmensas porciones de tierra que lentamente desaparecían bajo su creciente. Sobre selvas africanas se desataban tormentas eléctricas tan fuertes que los arboles explotaban arrojando esquirlas como si fuesen granadas disparadas por malignos ángeles y los animales corrían despavoridos formando las huestes encargadas de barrer las desprotegidas aldeas. En diversas regiones la tierra se sacudía con idéntico frenesí al de los arboles agitados por feroces huracanes. La faz de la existencia tronaba en la tétrica sinfonía del último día.

Todo aquello sucedía mientras muy por encima del mundo, muy por encima incluso del universo, un ser tan inmenso al que todo plural de la fe desde antaño ha venido pretendiendo, se divierte plácidamente y escucha que alguien muy superior a él le pregunta qué está haciendo, a lo que el interrogado, quien en realidad resulta ser no tan inmenso sino sólo un niño pequeño, responde ingenuamente: “Estoy jugando al Apocalipsis”.

martes, 26 de mayo de 2020

NO ENTENDÍA


                                                           (CUENTO)


 
A pesar de su inmenso conocimiento sobre las cosas, no entendía por qué. A pesar de toda la fe depositada en él, no conseguía una respuesta. La incertidumbre lo aquejaba, la naturaleza humana desconcierta.
Se hallaba allí, olvidado entre sombras a pesar de ser quien era. No entendía por qué, se sentía como la tela que la araña abandonó algún día. Repasaba una a una sus ultimas acciones, incluidas sus debidas omisiones. Se preguntaba si había hecho algo mal, ¿pero en qué podría haberse equivocado? Se consideraba a sí mismo un buen amigo, de esos que saben escuchar, e incluso en ocasiones, hacer favores, favores tan especiales que los beneficiarios de ellos los consideraban como milagros.
No entendía, y era aún mayor su desasosiego al también ignorar por qué antes de ser relegado a un rincón oscuro le infringieron el dolor de quemar sus pies, con horror los vio quemarse cual si fuera mártir resistiéndose al tirano.
No entendía por qué ella obró de tal manera. Él, esa figura de San Judas Tadeo no lo entiende, ignora el que a ella nadie le enseñó que, las velas se prenden, no tan cerca que queme santo ni tan lejos que no lo alumbre.