viernes, 7 de abril de 2017

PELÍCULAS BÍBLICAS

                                                             (HUMOR)


No sé si a toda mi generación le habrá ocurrido, o si fue por haber sido criado por mi abuelita, pero cuando yo era niño, el plan de semana santa era quedarse en casa viendo películas bíblicas. Uno disfrutaba repitiéndose cada año Jesús de Nazaret, y sufríamos igual, como si en algún lugar del corazón albergáramos la esperanza de que ahora sí lo liberaran a él y crucificaran a Barrabás. Y cada vez que la película terminaba, mi abuelita me repetía sagradamente lo mismo: “mijito, él murió por usted”, a lo que siempre quise responder: “¿Y yo qué culpa tengo de esa trillada que acaban de pegarle?”, pero jamás lo dije, o la trillada me la pegarían a mí.

Lo cierto es que estas cintas me emocionaban mucho, y debo admitirlo, son tal vez el único caso en que he dicho que prefiero ver la película a leer el libro. En mi cabeza se mezclaban con argumentos de otras historias, por ejemplo: en la película de José, el intérprete de sueños, siempre me imaginé que en uno de sus sueños del emperador se aparecía Freddy Kruger y les jodía todo; o que cuando Moisés huía de Egipto, a través del mar rojo lo perseguía Terminator. Yo le contaba a mi abuelita estas versiones alternativas, ella se reía y decía: “mijito, ojalá esa imaginación me le dé para vivir algún día”, y ahí lo tienen, ella resultó ser tan clarividente como el mismo José.

Eso sí, hubo dos películas que no pude ver. La primera: El mártir del calvario. Las señoras del barrio decían que era la mejor película sobre Jesús, pero jamás la dieron en tv, y ahora que lo pienso resulta gracioso recordar cómo ellas discutían qué actor fue un mejor Jesús, hagan de cuenta los frikis de hoy en día argumentando si es mejor el Batman de Ben Afleck o el de Chistian Bale. La segunda película que no logré ver se llama: Quo Vadis. No sé si es algo en su título, pero jamás me atrapó, físicamente me era imposible permanecer frente al televisor cuando la daban, y esa sí la repetían con una insistencia que llegué a pensar la ponían solo esperando que yo por fin la viera.

Con el paso de los años las películas bíblicas fueron evolucionando, mas no nosotros de la mano con ellas. La pasión de Cristo por ejemplo, la versión más cruda y desgarradora sobre el sacrificio de Jesús, pero por más que su director Mel Gibson se esforzó en impactarnos con esta barbarie, la gente en el cine comía crispeta como si nada, las noticias del medio día nos convirtieron en una raza capaz de digerir mejor los alimentos si nos muestran cosas sangrientas. El más impactado escasamente dijo: “uy, pero se le dieron garra a Chuchito”.

En los últimos años Hollywood ha hecho mega producciones bíblicas que irónicamente han alejado a su público objetivo, “Éxodo, dioses y reyes”, por citar una. No sabemos si su director Ridley Scott es ateo y quería destruir la fe desde adentro, pero esta vaina literalmente no logró salvarla ni Dios. Uno veía a Christian Bale pedaleando por sacar adelante ese hueso, y solo habría podido conseguirlo si en el momento de enfrentar a Ramsés, se hubiera puesto la máscara y dicho con voz gutural: “¡Soy Batman!”.

Pero cualquier cosa palidece ante la mamá de las películas enmarihuanadas, “Noé”, cinta de Darren Aronofsky con Russell Crowe como protagonista, sí señores, Russell Crowe, nada más y nada menos que nuestro Maximus en Gladiador (la que sí dirigió bien Ridley Scott). Como que un buen día don Darren pensó: “el problema de las películas bíblicas es que siempre se limitan a contar la versión de la biblia, así que voy a inventarme la mía”, acto seguido se fumó un bareto de un tamaño que habría asustado al mismísimo Bob Marley, y concibió una película que si me pongo a describir en todos sus detalles alucinógenos terminaría escribiendo una tesis, por eso me limitaré a mencionar lo más me marcó de todo. Resulta que para hacer frente a un ejército de bárbaros que quieren quitarle su barquito, Noé termina recibiendo ayuda de unos Transformers gigantes de piedra, si no han visto la película, se los juro, imagínense al tatarabuelo de Optimus Prime boleando puño y pata en una batalla épica que de haber estado en la Biblia, me habría devorado el libro como el señor de los anillos.


Me temo que mis hijos ya jamás compartirán la emoción de sentarse a ver Sansón y Dalila, Ben-Hur, Abraham, El Rey David, y tantas otras. Así que me limitaré a escuchar cómo me cuentan sus propias historias, esas en la que mezcla la trama de Avatar con la de Frozen, y yo pensando que si Darren Aronofky lo hizo, ¿por qué ellos no? Sonreiré y diré, “Ay, mis amores, ojalá esa imaginación me les dé para vivir algún día”.