viernes, 28 de marzo de 2014

COLOMBIANOS SOMOS 1

(HUMOR)



Los colombianos somos una raza única, extraña pero única. Sin lugar a dudas un colombiano sobresale en cualquier parte del mundo, bien sea porque toma fotos por igual, tanto a todo lo que se mueva, como a lo que se quede quieto; o porque es el único que aplaude cuando el avión aterriza (Créanme, a pesar de las muchas burlas al respecto, hay quienes aún lo hacen). Por eso, durante mis ratos de ocio realicé una investigación exhaustiva intentando determinar qué es lo que hace tan diferentes a los colombianos, y cuál es la raíz de dichos comportamientos, que paradójicamente, nos hacen encantadores.

¿A qué otro atrevido escultor en el mundo se le habría ocurrió rendirle culto a la tantas veces discriminada obesidad femenina?... ¡A ninguno!, solamente al muy colombiano Fernando Botero, quien seguramente tenía bien grabado en su disco duro, el cuento de que ser gordo es ser ‘alentado’, que uno tiene que comer de todo lo que le den, y que botar la comida es pecado.  

¿A qué joven enamorado en el mundo se le ocurre dedicar una canción por teléfono?... ¡A ninguno!, solamente a un colombiano cobarde. Sí, cobarde, porque la poca tolerancia de los padres colombianos vuelve a sus hijos prisioneros del miedo, evasores del fracaso. Un tipo que pone una canción por teléfono está delegando a una incómoda bocina telefónica lo que él tendría que estar haciendo en persona. Una mujer inteligente debería colgarle de por vida, ya que un tipo con estas características terminará colgado, con la factura del teléfono.     

¿A qué otra familia en el mundo se le ocurre hacer un paseo de olla a un charco exponiéndose a todos los peligros e incomodidades habidas que ofrece el hábitat?... ¡A ninguna!, solo a una familia colombiana, que cree que disfrutar de la naturaleza es ir a sufrir por cuenta del clima y los mosquitos. Los paseos de olla son motivados sin lugar a dudas por el espíritu de aventurero frustrado que vive en todos nosotros, por esto el programa incluye la búsqueda del lugar de campamento, la búsqueda de la leña, y la búsqueda de los niños que desaparecen bajo las aguas del peligroso charco. Uno jamás ve a una familia gringa apostada a orillas del río Hudson preparando un ajiaco, y si los ve, ¿qué creen que son? Inmigrantes colombianos.

¿En qué país del mundo se tiene por costumbre trasladar las fiestas de fin de año a las vías públicas?... ¡En ninguno!, solamente aquí, y todo porque los padres colombianos no fueron entrenados para darles afecto a sus hijos, sino para trabajar. Esta carencia afectiva genera – o más bien degenera - en el colombiano, una constante necesidad de reconocimiento. Al colombiano no le sirve matar un marrano si el resto de sus vecinos no se da cuenta, no le sirve darle un carro a control remoto a su hijo si éste no lo puede enseñar a los demás niños de la cuadra para que se mueran de la cochina envidia.

¿En qué otro país del mundo se deposita con tanta avidez la semilla de la avaricia en un niño?... ¡En ninguno más! Cuando en una piñata el pequeño infante muestra orgulloso el botín que consta de 5 canicas, 13 confites, una perinola, 8 vaqueros, 7 soldados, 4 indios, - porque solo en las piñatas soldados e indios conviven sin problema - dos ciclistas, dos carritos, un avión, tres bombitas inflables, un rompecabezas y una alcancía sin hueco… para tan sólo obtener por parte de su madre la instrucción: “vaya papito y coja más”.

¿En qué otra parte podrá encontrarse un modo de aliviar el dolor infringiendo más del mismo?... ¡en ninguna sino en Colombia!, patria especializada en callar el llanto de los niños con la tajante expresión: “Deje de llorar o le pego para que berrie por algo”.

De igual manera tan solo en suelo colombiano ocurre que los niños forjen temple y carácter mediante juegos dedicados a hacernos entender el maltrato físico como un sano divertimento. Dicho sea el caso del consabido “gafiado” - también llamado “cuca patada” o “virgo pata”, dependiendo la región - “los ponchados”, o el traumático “pico botella”, nefasto juego que puede llegar a ser el peor de todos cuando la penitencia en cuestión determina que el primer beso de nuestra vida sea dado a la niña de brackets fabricados con alambre de púas.

En la próxima entrega profundizaré aún más en esta investigación sobre nuestro pueblo, una especie cuya una de sus más evidentes características radica en el ego, aquel que nos hace encabezar una columna diciendo: “Los colombianos somos una raza única”… como si las demás tuvieran el ombligo en una axila.