domingo, 11 de abril de 2010

SOMOS TAN FELICES

                                        (HUMOR)


¿Qué es la felicidad? Algo tan diverso como la cantidad de seres dispuestos a responder la pregunta. Ejemplo: la gente pobre, en su mayoría, opina que el dinero no es felicidad; para los ricos por su parte, la felicidad radica precisamente en que los pobres piensen de esa manera. Ejemplifiquemos aún más la variedad de interpretaciones. Para un eunuco, la felicidad puede estar en descubrir que el sultán padece disfunción eréctil. Para cierto sector de individuos ataviados con sotana puede serlo la legalización de la pederastia. Para un porcino la felicidad quizá radique en que la humanidad abrace el vegetarianismo. O para un mosquito, cuya existencia es tan efímera, felicidad puede ser la prolongación de su vida a la eternidad de un mes. Y así continuaríamos perennemente definiendo el término de acuerdo al individuo, pero la idea del presente texto no es definir la felicidad, sino contarles algo maravilloso acerca de ella.

Según el World Database of Happiness (juro que el dato suministrado a continuación no pertenece a la inventiva del autor), un registro permanente de estudios e indicadores sobre la felicidad realizado en 112 países por la Universidad Erasmus de Holanda: Colombia es el cuarto país más feliz del mundo (el alma nacional es un abismo insondable). De acuerdo al estudio, el 73% de los colombianos afirman ser felices, lo cuál me lleva a concluir, en cálculos muy someros, que somos unos 32 millones de compatriotas muy excéntricos. Pero tras un exhaustivo análisis que me llevó a sumergirme en lo más profundo de nuestra identidad cultural, di con la clave del misterio y expongo a continuación los por qué de la felicidad colombiana.

Señoras y señores, cómo no ser felices en un país donde tenemos privilegios tales como el shopping sobre ruedas, que consiste en subirse a un bus, lo cuál ya es un motivo más que suficiente de regocijo eterno, y disponerse a disfrutar con el desfile de los más excelsos vendedores dispuestos a ofrecernos una increíble diversidad de productos coincidentes en su generoso precio. Gracias a ello contamos con la oportunidad, negada a un italiano, de bajar del bus sosteniendo en las manos artículos tan atractivos como: paquetes de agujas y alfileres, esferos hechos de material reciclable, abanicos con papagayos pintados a mano, carritos y aviones fabricados con ladrillitos y un corazón que dice “te amo”, credenciales sin olor, cuadernillos ilustrados con vocabulario en ingles, cartillas de historia, anatomía y geografía, paquetes de incienso con un olor para cada día de la semana, hojitas con el lenguaje de las manos para sordo mudos, poemas de autores desconocidos que se morirán siéndolo, DVDs educativos del dinosaurio Barny, galletitas de chocolate, paquetes de masmelos, maní dulce, maní salado, y en no pocas ocasiones, algo intangible pero invaluable como la satisfacción de haber dado dinero sin adquirir nada a cambio.

Cómo no sentir el alma pletórica de alegría viviendo en un país donde ostentan la gentileza de comunicarte a domicilio que tienes una cuenta de servicios públicos que no podrás pagar. O quién no debe reprimir el impulso de dar brincos emocionados cada vez que en un hospital le niegan la atención. El solo pensar en estas bendiciones hace que de mis ojos broten lagrimas de agradecimiento por haber nacido aquí. Pero contengamos la emoción y sigamos desglosando los motivos para sentirnos embargados por la dicha.

Sinceramente no logro comprender cómo hacen para vivir los europeos sin la dicha diaria de caminar prevenidamente entre multitudes con una mano en la billetera y otra en el celular; cómo consiguen sobre llevar la tediosa rutina de no rehuir callejones ni potreros, o no necesitar apurar el paso para evitar que los coja la noche en la calle; cómo pueden privarse del placer que constituye llegar a casa y echar doble llave además de poner pasador y encender la alarma; o peor aún, cómo son capaces de encender un televisor sabiendo que no tienen ni la más remota posibilidad de encontrarse la noticia de un secuestro, un robo, un enfrentamiento armado, o alguna de esas tantas cosas con que se condimenta la nunca simple realidad colombiana.

Contamos con la única guerrilla pacifista del mundo, es tan pacifista que ha puesto a millones a descansar en paz. Ostentamos reconocimientos mundiales que nos hacen henchir el pecho de orgullo, como el de ser potencia exportadora de flores y café, y de otra cosa que es mezcla de ambas, porque brota de la tierra como las flores y estimula a mucha gente como el café.

Somos gente dichosa porque contamos con un cielo lleno de mágicas formas gracias a que el precio de la gasolina y la canasta familiar se hallan por las nubes. El invierno otorga a muchas de nuestras regiones características europeas asemejándolas a Venecia. El trajín del día a día no nos mella el entusiasmo porque disponemos de terapéuticos instantes de meditación profunda durante trancones interminables, los que dicho sea de paso, también nos libran de llegar temprano a un destino en que descubriríamos que no hay nadie más porque todos se hallan en su respectivo trance vehicular.

Oh gloria inmarcesible, oh júbilo inmortal, nos asalta la alegría cada vez que nos asaltan, porque aquel es el momento en que aflora la solidaridad, todos los testigos del atraco se solidarizan con el hampón haciéndose los de la vista gorda. Y de igual forma elevamos la mirada a Dios como hijos obedientes de sus preceptos porque conocemos el perdón, nuestras leyes perdonan a todo el que las viola. Y respetamos tanto a los zurdos que, si hemos de violar, violamos los derechos humanos.

Nos reímos como ninguna otra comunidad porque asistimos al cómico espectáculo ofrecido por nuestros dirigentes, show que vive en constante amenaza de ser opacado por el que protagonizan once jugadores de fútbol, que además de causarnos gracia, dan alegría a las selecciones vecinas que siempre se llevan nuestros puntos.

Gozamos como infantes cada vez que los huecos de las calles causan estragos en los carros, que a su vez permanecen como recién salidos del concesionario gracias a que en cada semáforo disponemos de quién limpie los vidrios con una espuma y agua de caño. Estos tiernos personajes aman tanto limpiar tu vehiculo que incluso llegan a enfadarse si tú se los impides. ¿Y por qué ponen tanta dedicación a lo que hacen? Por la felicidad que les produce tener la membresía de miembros oficiales en el club de desempleados al que tan sólo pueden pertenecer ocho millones de habitantes.

Como pueden ver, las razones son más que obvias. Por eso tan sólo Malta, Dinamarca y Suiza, nos superan como las naciones más felices del globo terráqueo. Imagínense cómo serán las cosas por allá para permitirles sentirse tan felices: deben estar como nosotros, pero al superlativo. Que disfruten del reinado mientras puedan, porque de acuerdo a las encuestas nuestra situación va en una mejoría irrefrenable. En ese orden de ideas, para el próximo estudio que sobre el tema se realice, la gente entenderá que decir, “colombiano feliz”, es redundar.

1 comentario:

  1. Buen texto, este humor irreverente es el que necesitamos para dar fe al lema :

    Sprite las cosas como son . xD

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