domingo, 11 de abril de 2010

EL SUICIDIO COMO FORMA DE VIDA

                                          (HUMOR)


La Organización Mundial de la Salud arrojó una reveladora estadística. Ojo al dato: “Unas 3.000 personas se suicidan a diario en el mundo, lo cual significa que cada tres segundos una persona se quita la vida”. Es decir que, en el tiempo que me tomó escribir estas escasas líneas, hemos perdido a alguien más, y prepárense, porque antes de terminar el párrafo, otro más será ultimado por sí mismo. Ni hagamos cuentas del número de caídos que habrá sumado el record oficial para cuando termine la columna. Mejor dicho, Pearl Harbor nos quedó chiquito.

Así mismo, la entidad sanitaria de la ONU, estima que la mayoría del más de 1,1 millones de suicidios acontecidos anualmente, podrían ser previstos y evitados. La capital colombiana es ejemplo en el intento por combatir este mal, el único que aqueja por igual a victimas y victimarios. El año pasado la secretaría Distrital de salud de Bogota, dispuso una línea de atención a los potenciales suicidas, quienes pueden recibir ayuda en la solución de sus conflictos marcando a la línea en cuestión (omito el número pues puede haber cambiado para cuando este escrito llegue a sus manos), la cual brinda un servicio completamente serio, nada parecido al centro de atención al suicida de los siempre geniales, Les Luthiers, en el que la persona que llama es atendida por el contestador automático que anuncia: “En este momento todos nuestros operadores se encuentran ocupados, pero su llamada es muy importante para nosotros, por favor espere un momento en la línea, no cuelgue, y no se cuelgue”.

Al enterarme de la cifra arrojada por el estudio, mi primera reacción fue de escepticismo. Me negaba a creer que la población suicida fuese tan numerosa, aunque paradójicamente, cada vez que alguien se suma a la comunidad suicida, ésta misma disminuye en uno. Pero seguí reflexionando y me di cuenta de que el suicidio puede ser tan antiguo como la prostitución, nos acompaña desde épocas bíblicas. Recordemos que Judas se colgó luego de traicionar a Jesús. Y desde entonces esta modalidad de suicidio ha evolucionado, hoy en día la mayoría se cuelga, pero en el pago de cuotas de su préstamo bancario.

Aunque el suicidio de Judas fue motivado por el arrepentimiento, muchos lo condenan, pues podría haber hecho algo con su vida para rectificar el error cometido, pero hay errores de errores: tomemos el caso de Yocasta, quien se quitó la vida tras enterarse que había cometido incesto con su hijo Edipo (ejemplo que debería ser seguido por tanto desalmado pederasta que anda por ahí suelto). La decisión de Yocasta es muy entendible, imagínense la incomodidad que podrían sentir en las reuniones familiares.

¿Será entonces el suicidio una vía valida para expiar nuestras culpas? Lo ignoro. Para mí lo único cierto, es que al igual que los malos hábitos, tiene como desenlace el fin de la existencia propia. Aunque a comparación de estos, lo bueno del suicidio es que no tiene oportunidad de desarrollarse como habito.

Ahora bien, basados en lo dicho del suicidio como producto de la culpa, surge una inquietud. Algunas religiones lo condenan, y en ese orden de ideas, si la persona era creyente, habrá sumado otro cargo de conciencia en el más allá por haber cometido un acto señalado de pecado. Pero hagamos una pausa en esta apreciación que tiene del suicidio, por ejemplo, el catolicismo. Hasta donde tengo entendido, porque así se me ha dicho, es el único acto que no perdona Dios. Cosa que confieso, escapa a mi comprensión. Formulo la siguiente pregunta: ¿Es decir que, según los católicos, el tipo que en un enceguecido acto de celos mata a su esposa y luego se suicida. Se condena, no por quitarle la vida a una buena mujer, y sí por hacer lo propio con un desgraciado? Me perdonan la posible falta de respeto las religiones que respondan afirmativamente a la inquietud, pero es que como yo lo veo, puesto en esos términos, ocurre lo siguiente:

El hombre asesina a la esposa mientras su ángel de la guarda asiste a la escena como silencioso espectador, admitiendo con tristeza el indebido proceder de su protegido, pero tranquilo por saber que cuenta con el recurso del perdón que le otorgará el Señor, cuando don Asesino, confiese su crimen, no a la policía, sino a un sacerdote por supuesto. Pero al pobre ángel de la guarda le sale el tiro por la culata. Ocurre que luego de su oprobioso acto, nuestro ultimador decide llevarse el revolver a la sien para terminar por igual con su existencia, dándole al ser etéreo un verdadero motivo de preocupación, porque si don Asesino hala el gatillo, ¡se jodió, no hay abogado celestial que pueda sacarlo de ese atolladero! Así que en medio del desespero comienza a gritarle con sus labios inmateriales: “¡Hombre, no vaya a cometer una estupidez, vea que ahí sí la embarra. Quitarle la vida a los demás es una nimiedad que vaya y venga, eso lo perdonan, pero quitársela a usted mismo, eso sí es ponerse la soga al cuello… al cuello de su alma!”. Sin saberse cómo, el hombre le escucha, y replica: “Los mandamientos dicen, ¡no matarás!, pero por ninguna parte dicen, ¡no te matarás!”. A lo que el ángel responde: “¡Por eso mismo, porque los mandamientos son ley divina, y las leyes se hicieron para ser violadas. En cambio lo que no aparece ahí, eso sí debe respetarse por sobre todas las cosas!”.

El tema amerita un complejo debate de creencias, y como lo ultimo que deseo es entrar en polémicas subjetivas donde con seguridad mi alma será vista con desdeño, prefiero seguir desglosando las causas del suicido. Además de la culpa, hay quienes deciden dejar de ser, por motivo de una profunda decepción o tristeza. Tal es el caso de Egeo. Les refresco la memoria. Teseo, hijo de Egeo, viaja al reino de Minos para matar al Minotauro. El barco en que parte tiene velas negras, por lo que antes de hacerse a la mar, su padre le solicita que una vez obtenido el éxito en la complicada empresa, reemplace las velas negras por unas blancas para anunciar así su victoria al momento del regreso. El zagal, valiente como pocos, pero desmemoriado como muchos, vence al Minotauro y olvida cambiar las velas. Cuando Egeo divisa en lontananza el color negro en las velas, supone de inmediato que su hijo ha muerto, y en la actitud más culipronta que ha conocido la historia, opta por arrojarse al mar que heredaría su nombre. Moraleja, el suicidio es mal consejero. Nada cuesta esperar un momentico para ver cómo se solucionan las cosas.

Una muerte tan absurda como la de Egeo es una verdadera locura, y efectivamente hallamos en la locura otra causa del suicidio. Conservemos la línea mitológica y recordemos a Áyax el grande, quien tras haber luchado y sobrevivido a la guerra de Troya, enloquece porque los griegos le niegan el derecho a quedarse con las armas del caído Aquiles, acto seguido se quita la vida con la espada que le obsequiara Héctor. Si la muerte de Egeo fue una monumental culiprontez, la de Áyax se constituye en la pataleta más memorable de la que se tenga registro.

Miremos ahora el papel desempeñado por el suicido en las obras literarias. Shakespeare, por ejemplo, dio vida a 46 personajes suicidas (qué cruel, les dio vida sólo para hacer que se la quitaran). De lo cual deducimos que, sin este recurso, Shakespeare se habría jodido. Veamos un claro ejemplo de lo que habría ocurrido si el famoso dramaturgo no hubiese podido contar con el suicidio como resolución de una de sus más celebres obras:

Romeo, sin poder suicidarse, tras ver el cuerpo sin vida de Julieta, se dirige a la primera taberna dedicándose a beber hasta convertirse en un borracho llorón y peleador, que termina por supuesto, gastando la plata en putas. Julieta, mientras tanto, despierta muy campante de su presunta muerte, siendo declarada descendiente directa de Lázaro, y por ende, canonizada. Lo cual no la exonera de casarse con Paris, de quien tiene un precioso hijo al que llaman Milciades, en honor a un tío de Julieta que siempre le leía cuentos cuando era niña. A la postre, ella descubre que Paris es el amor de su vida, y que aquel peladito de apellido Montesco fue tan sólo uno arrebato de juventud. Romeo por su parte, en medio de sus correrías por los burdeles, queda completamente encoñado de una puta que obedece al nombre de Micaela, y ella, cumpliendo con su labor, se encarga de hacerle comprar todo el trago posible cada vez que éste la visita al prostíbulo, por lo que irremediablemente, nuestro joven enamorado muere aquejado por la cirrosis; mientras Julieta, la abnegada esposa de Paris y madre de Milciades, alterna sus labores del hogar con atender las romerías de personas que la visitan para ser tocados por la mujer que resucitó gracias a la voluntad divina.

Repasemos entonces. Culpa, tristeza, locura, recurso literario. Si el suicidio es justificable o no, es una discusión en la que podríamos extendernos sin concluir mayor cosa. Hay para quienes en efecto lo es, ejemplo claro: los japoneses. Para ellos el harakiri es la mejor manera de lavar la deshonra; o los kamikazes, para quienes el más grande honor lo constituía montarse en un avión e irse de bruces contra el mundo (metodología aplicada luego con ciertas variantes por los talibanes).

Lo irrefutable es que es el suicidio y sus practicantes existen, y en Colombia contamos con una línea telefónica dispuesta a disuadirlos de lo contrario, cosa complicada porque hay gente tan dispuesta a suicidarse que es capaz de matarse dos veces: Séneca y Hitler, por citar dos casos. Séneca bebió cicuta y se cortó las venas; mientras Hitler tomó cianuro y se pegó un tiro, no contento con eso, dio la orden de que quemaran su cuerpo. Tan decidido estaba a visitar el más allá, que se especula sus ultimas palabras fueron: “¡Moriré, aunque sea lo ultimo que haga!”.

Pero la misión de los operadores de ésta línea de atención es convencer al suicida potencial de no hacerlo, para ello deben hablarle de las cosas bellas que hay en la vida, de cómo los problemas siempre tienen solución, y de cómo, pese a lo que puedan estar pensando, sus vidas valen demasiado. Labor titánica en algunos casos. Imaginemos cómo tendría que haber actuado el operador telefónico que atendiera la llamada hecha por Hitler desde su bunker momentos antes de suicidarse:

“A ver don Adolfo, no todo puede ser tan malo. Sí, se le fue un poquito la mano con el cuento éste de los campos de concentración, el exterminio y todo eso de lo que ya ni vale la pena hablar. Pero don Adolfo, errar es humanos, todos cometemos errores, usted reiteró los suyos unas 11 millones de veces, lo cual lo vuelve más humano que ninguno, seguro que los aliados sabrán entenderlo. Cuando vayan a atraparlo dígales: “¡quien esté libre de holocausto que arroje la primera piedra!”. Don Adolfo, su vida vale demasiado, y no lo digo porque Roosevelt le haya puesto precio a su cabeza, ni mucho menos. Me refiero a que si usted se lo propone, con toda seguridad será capaz de inventarse un nuevo movimiento regido por patrones no tan nacistas. Diversifique un poco su nuevo club de amigos, hay gente que sin ser aria, es muy agradable de tratar. Vaya, mírese al espejo y repita varias veces: “yo soy un ser único en el universo, la prueba es que nadie más en el universo cometería genocidio semejante”. Luego replantee su entorno, déle vida, reemplace la cruz esvástica por una carita feliz. Hágame caso y descubrirá que es un nuevo ser”.

Magnifico discurso, el problema radicaría en que al momento de colgar, el operador, muy cordialmente se despediría diciendo: “Shabat Shalom”, y Hitler se daría un tiro.

Desde aquí les envío mi más sincera admiración a los operadores que se encargan de tan loable empresa. Me declaro emocionalmente incapaz de llevar a cabo tal asignación, soy demasiado afectable, y si me la pasara el día entero escuchando desgracias ajenas, correría el riesgo de terminar cortándome las venas.

1 comentario:

  1. Y pensar que faltaban muy pocos dias para el suicidio de Lina Marulanda, cuyo suceso gasto rios de tinta en los MASS MEDIOS. Fue un escrito profetico.

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